El Lugar sin límites- José Donoso

El  Lugar sin Límites
1967.

En la obra de José Donoso El Lugar sin límites, la Manuela huye inútilmente a la Estancia de Don Alejo, el dueño de El Olivo, para morir en manos de sus dos perseguidores Pancho y su cuñado Octavio. Se consuma así una atracción fatal entre Pancho y la Manuela, al caer bajo la mirada escrutadora de su cuñado quien descubre su “marcada”  al besar  a la otra mientras ella baila artísticamente,  que la forma de resarcir la hombría se ejerce con la eliminación de quien ejerce la atracción.

 

 Pancho quiere: “Que Octavio no sepa. No se dé cuenta. Que nadie se dé cuenta. Que no lo vean dejándose tocar y sobar por las contorsiones y las manos histéricas que no lo tocan, dejándose sí, pero desde aquí desde la silla donde está sentado nadie ve lo que sucede debajo de la mesa, pero no puede ser, no puede ser y toma una mano dormida de la Lucy y la pone allí, donde arde.”[1]

 

Manuela sabe desde el inicio de que Pancho volverá,  un bruto, pero al que se siente  atracción, pues con esas  manazas  sueña: “pero hoy Pancho. Un año llevaba soñando con él. Soñando que la hacía sufrir, que le pegaba, que la violentaba, pero en esa violencia, debajo de ella o adentro de ella, encontraba con qué vencer el frío del invierno”[2].

 

 

¿Quien es Manuela? ¿Hombre o Mujer? Tejiendo y conservando su vestido rojo de lunares para el baile español porque ella sabe quién es mujer y cómo se es mujer, una artista, su forma de ser nombrada ya es todo un juego de disfraces. Ella misma dice que sólo tiene “un hace pipi para orinar”, pero paradójicamente la Japonesita   Grande, una prostituta, “curtida en hombres”, logra ganarle la apuesta a Don Alejo mientras se celebraba  su victoria como senador en el burdel. Bajo su mirada,  la Japonesita Grande logra acostarse con una “loca” que parecía irredimible, y adquirir la propiedad del burdel que compartirá con la Manuela:  “ dime que nunca con ninguna mujer antes que yo, que soy la primera, la única, y así voy a poder gozarme linda, mi alma, Manuelita, voy a gozar, me gusta tu cuerpo aterrado y todos tus miedos y quisiera romper tu miedo… yo te estoy haciendo gozar porque soy la macha y tú la hembra, te quiero porque eres todo, y siento el calor de ella que me engulle, a mí, a un yo que no existe, y ella me guía riéndose, conmigo porque yo me río también, muertos de la risa los dos para cubrir la vergüenza de las agitaciones, y mi lengua en su boca y que importa que estén mirándonos desde la ventana, mejor así, más rico, hasta estremecerse y quedar mutilado, desangrándome dentro de ella mientras ella grita y me aprieta y luego cae, mijito lindo, qué cosa más rica, hacía tanto tiempo, tanto, y las palabras se disuelven y se evaporan los olores y las redondeles se repliegan, quedo yo, durmiendo sobre ella, y ella me dice al oído, como entre sueños: mijita, mijito, confundidas sus palabras con la almohada[3].”

 

La japonesa Grande desengañada de los hombres  piensa a la Manuela como hombre: “Fácil quererlo. Quizá llegaría a sufrir por él, pero de otra manera, no con ese alarido de dolor cuando un hombre deja de quererla, ese descuartizarse sola noche a noche porque el hombre se va con otra o la engaña, o le saca plata, o se aprovecha de ella y ella, para que no se vaya, hace como si no supiera nada, apenas atreviéndose a respirar en la noche junto a ese cuerpo que de pronto podía decirle que no, que nunca más, que hasta aquí llegaban… ella puede excitarlo, está segura, casi sin necesidad de esfuerzo porque el pobre tipo por dentro y sin saberlo ya está respondiendo a su calor. Si no fuera así jamás se hubiera fijado en él para nada.[4]

 

La japonesita, mujer más bien desaliñada  hereda el burdel, después de la muerte de su madre, y aunque se  referirá a la Manuela como su padre, se puede sospechar que el verdadero  es Don Alejo, le ofrece los vinos más baratos  y hereda la avaricia de consignar semanalmente en Talca lo producido en el negocio, e incluso le cortará su ambición por negarse a venderle la casa, y así  aumentar los viñedos en un pueblo fantasmal sin luz eléctrica.

 

La Manuela choca contra la japonesita al llamarle padre, se juega una rivalidad por alcanzar lo femenino: “Déjame tranquila. Papá de nadie. La Manuela nomás, la que puede bailar hasta la madrugada y hacer reír de una pieza llena de borrachos y con la risa hacer que olviden a sus mujeres moquillentas mientras ella, una artista, recibe aplausos, y la luz estalla en un sinfín de estrellas.”[5] La japonesita lucha con su ambigüedad: “Podía odiarlo, como hace un rato. Y no odiarlo. Un niño, un pájaro. Cualquier cosa menos un hombre. El mismo decía que era muy mujer. Pero tampoco era verdad. En fin, tiene razón. Si voy a ser puta mejor comenzar con Pancho.”[6]

 

La Manuela fija sus principios de autodestrucción desde el inicio redimiéndose de su soledad con un hombre que le parecía atractivo, pero un estúpido, y ya de loca vieja sigue soñando, repitiendo: “Que hagan lo que quieran con ella, trienta hombres. Ojalá tuviera otra edad para aguantar. Pero no. Duelen las encías. Y las coyunturas, ay, como duelen las coyunturas y los huesos y las rodillas en la mañana, que ganas de quedarse en la mañana, que ganas de quedarse en la cama para siempre, para siempre, y que me cuiden”[7].

 

Deleuze insiste que el origen del masoquismo es la fantasia[8], y que no existe repetición sin repetidor, ni repetido  sin alma repetidora[9]. El destino de la Manuela parece cifrado y las siguientes frases de la japonesita cantan su fin premonitorio: “Los hombre  le convidan trago, él baila, se vuelve loco y sale de fiesta con ellos por ahí… es que se le calienta la jeta con vino y van a Talca y a veces más lejos”.[10]

 

Pancho vive sometido a deudas, primero con Don Alejo por la compra de un camión y luego con su cuñado Octavio. Ya está muerto: “… porque don Alejo ya no podía controlarlo, yo daría vuelta al volante un poquito más, doblar apenas las muñecas, pero lo suficiente para que el camión salga del camino, salte y me vuelque y quede como un borrón de fierros humeantes silenciosos al borde del camino. Si se me antoja, y a nadie tengo que explicarle nada”.[11]

 

Manuela incapaz de confrontar el deseo de Pancho, presa de su fantasma, al contrario se esconde en un gallinero,  y sólo sale para enfrentar lo inevitable. Pancho esconde y rechaza su parte femenina para convertirse en verdugo:  “  desde su infancia por jugar con muñecas con Moniquita , la hija del patrón, le decían marica, marica  yo arrullado a la muñeca en mis brazos porque la Moniquita dicen que así lo hacen los papá y los chiquillos se ríen, marica, marica, jugando a las muñecas como las mujeres-, no quiero volver nunca más pero me obligan porque me dan de comer y me visten pero yo prefiero pasar hambre y espío desde el cerco de ligustros porque quisiera ir de nuevo pero no quiero que me digan que soy el novio de la hija del patrón”[12].

 

Manuela como ave que va al matadero cae sin incluso darse cuenta del desprecio del otro: “ Aplaudiendo, Pancho se acercó para tratar de besarla y abrazarla riéndose a carcajadas de esta loca patuleca, de ese maricón arrugado como una pasa, gritando que sí, mi alma, que ahora sí, mi alma, que ahora sí que iba a comenzar la fiesta de veras.”[13]

 

 


 

[1] José Donoso. El Lugar sin Límites(sin más datos). P170.

[2] Ibid. P. 66

[3] Ibid. P. 146 y 147.

[4] Ibid. P. 118.

[5] Ibid, p. 149

[6] Ibid, p 67

[7] José Donoso. El Lugar sin Límites. ( sin más datos). P. 151.

[8] Gilles Deleuze. Presentación de Sacher- Masoch. Lo frío y lo cruel. Buenos Aires: Amorrortu, 2001.

[9]  Gilles Deleuze. Repetición y diferencia. Op.cit. p. 97

[10]  José Donoso. Op cit. P. 186.

[11] Ibid, p. 160,161.

[12] Ibid, p 130,131

[13] Ibid, p 167.

La felicidad

 
 
    

La felicidad.

Lecciones de una nueva Ciencia.

Richard  Layard.

Editorial Taurus: 2005.

 

 

Las siguientes palabras gustaron , a pesar que su concepción de Ciencia no deja de ser limitada y que las mismas frases quedan sujetas a discusión.

 

 

-Nada se tiene, todo está perdido cuando nuestro deseo se colma sin placer. Lady Macbeth.

 

-Aunque las sociedades occidentales se han hecho más ricas, las personas que las forman no son más felices.

 

-La mejor sociedad sostenía Bentham, es aquella en la que los ciudadanos son más felices. Por tanto, la mejor política será la que genere mayor felicidad; y, cuando se trate de la conducta privada, la acción moral más correcta será aquella que dé más felicidad.

 

-Ya en siglo XX, las creencias religiosas perdieron fuerza, como también lo hizo a finales del mismo la creencia en la religión laica del socialismo. En consecuencia, no quedó en pie ningún sistema de creencia éticas ampliamente aceptado, por lo que, aprovechándose del vacío, se introdujo la “ no filosofía” del individualismo rampante.

 

-Si realmente queremos ser felices, necesitamos un cierto concepto del bien común al que aportar nuestra contribución.

 

-El bien común se define como la mayor de las felicidades, exigiéndonos que nos preocupemos por los demás tanto como por nosotros mismos; promueve también un cierto compañerismo hacia los otros, que es en sí mismo susceptible de aumentar nuestra felicidad y disminuir nuestro aislamiento.

 

-La felicidad es sentirse bien, disfrutar de la vida y desear que ese sentimiento se mantenga; y la desdicha sentirse mal y desear que las cosas sean de otra manera.

 

-¿ Cómo es posible mantener la confianza cuando la movilidad y el anonimato aumentan cada vez más en la sociedad?

 

-Somos seres eminentemente sociales y nuestra felicidad depende de la calidad de nuestras relaciones con los demás.

 

-La felicidad depende no sólo de nuestra situación y de nuestras relaciones externas; lo hace asimismo nuestras actitudes. A partir  de la experiencia en Auschwitz, Victor Frankl concluía que, en última instancia, “ al hombre se le puede arrebatar todo, salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante cualquier conjunto de circunstancias”.

 

-Nuestros pensamientos afectan nuestros sentimientos, las personas son más felices si son compasivas. También son más felices si se muestran agradecidas por lo que tienen.

 

-Los seres humanos han conquistado en gran parte  la naturaleza, pero todavía tienen que conquistarse a sí mismos.

 

-Los sentimientos positivos apagan los sentimientos negativos y viceversa.

 

-Las personas que consiguen dar sentido a la vida son más felices que las que viven picoteando de placer en placer.

 

-Nos sentimos atraídos por aquellos elementos de nuestras circunstancias que nos agradan, y nos repelen los que no nos gustan. Este modelo de acercamiento y rechazo resulta clave para nuestra conducta.

 

-El instinto humano es atraer hacia sí lo agradable y apartar lo que se desea evitar.

 

-Cuando las personas se hacen más ricas en relación con otras, son también más felices. Pero cuando las sociedades en su conjunto las que se hacen más ricas, no se vuelve por ello más felices.

 

-Veremos una clara tendencia de los países más ricos a ser más felices que los pobres. En este mismo sentido, a medida que países como India, México, Filipinas, Brasil y Corea del Sur van experimentando un crecimiento económico, se observa alguna evidencia de que la felicidad media también ha aumentado. La razón es clara: los ingresos adicionales son realmente valiosos cuando sirven para elevar a las personas por encima del umbral de la verdadera pobreza física.

 

-Que el aumento de la felicidad derivado de los ingresos adicionales es mayor cuando se es pobre y desciende a ritmo constante a medida que se es más rico.

 

-La  gente tiene muy en cuenta sus ingresos relativos, y estaría dispuesta a aceptar una reducción significativa de su nivel de vida si pudiera ascender en relación con los demás. Otro punto de comparación respecto a los ingresos es aquello a lo que se está acostumbrado. Cuando se le  pregunta a alguien qué ingresos necesita, las personas ricas siempre dicen necesitar más que las pobres.

 

-En cualquier sociedad los ricos son más felices que los pobres, pero con el tiempo las sociedades más ricas no son más felices que las más pobres.

 

-Por eso en las competencias olímpicas los medallistas que ganan el bronce se sienten más felices que los que ganan la plata, porque los que han ganado la medalla de bronce se comparan  con los que no han llegado a la medalla, mientras que los que ganan la plata piensan que podrían haber alcanzado el oro.

 

-En las empresas, a veces la única manera de mantener la calma es que los sueldos permanezcan en secreto.

 

-Por tanto, uno de los secretos de la felicidad es evitar las comparaciones con personas de más éxito que nosotros: compararse siempre con los de abajo, no con los de arriba.

 

-Y algunas cosas buenas no llegan a cansar nunca, como el sexo, los amigos e incluso hasta cierto punto el matrimonio. El secreto de la felicidad está en buscar aquellas cosas buenas a las que nunca podremos adoptar del todo.

 

-Las cosas a las que nos acostumbramos más fácilmente y que la mayoría dan por  supuestas son nuestras posesiones materiales: nuestro coche, nuestra casa. Los publicistas lo saben y nos invitan a “ alimentar nuestra adicción” gastando cada vez más.

 

-Que el dinero extra les resulta más indiferente a los ricos que a los pobres, el resultado es  que el beneficio derivado de los ingresos extra es en efecto menor cuanto más rica sea la persona. Por la misma razón, los ingresos extra suponen una mayor diferencia, en lo que a la felicidad se refiere , en los países pobres que en los ricos.

 

-Así pues, un país tendrá un mayor nivel de felicidad media cuanto más equitativa esté distribuida la renta, manteniendo la igualdad en las condiciones restantes.

 

-La desigualdad es mala porque los ingresos extra representan menos beneficios a los ricos que a los pobres.

 

-Las sociedades menos clasistas del mundo son las escandinavas, donde los impuestos son altos, la educación es muy buena y existe una cultura del respeto mutuo.

 

-Uno de los secretos de la felicidad  es disfrutar de las cosas tal y como son, sin compararlas con otras mejores. Otra consiste en descubrir que cosas nos hacen verdaderamente felices.

 

-Lo que importa es la calidad y la estabilidad de las relaciones, no su forma. Necesitamos a los demás y necesitamos que nos necesiten. Cada vez más, la investigación confirma la importancia primordial del amor. Las personas que mantienen relaciones amorosas con otro adulto tienen un mejor equilibrio hormonal y una mejor salud y son, por supuesto, más felices.

 

-Necesitamos sentir que estamos contribuyendo a la sociedad en su sentido más amplio. Por tanto, el trabajo no sólo nos proporciona ingresos, sino un mayor significado para nuestra vida. Por eso el desempleo supone tal desastre: reduce los ingresos, pero también reduce la felicidad al destruir de una forma directa el respeto mutuo por uno mismo y las relaciones sociales que se establecen en el trabajo. Por ello, cualquier sociedad debe perseguir el objetivo de un desempleo bajo y estable.

 

-El trabajo es vital cuando se quiere trabajar; pero también es importante que el trabajo sea satisfactorio. Quizá la cuestión primordial sea en qué medida tenemos control sobre lo que hacemos. Dentro de cada uno de nosotros existe una chispa creativa que, si no encuentra salida, se vuelve dañina.

 

-Según el filósofo Epicuro, “ de todas las cosas que la sabiduría nos porta para ser felices a lo largo de toda nuestra vida, lo más importante con diferencia es la amistad”-

 

-De todos los males sociales, uno de los que puede causar mayor infelicidad es la guerra: el terror y la pérdida personal que desencadena son imposibles de cuantificar. Durante el siglo pasado, más de cien personas murieron por su causa.

 

La descripción del hombre feliz de sir Henry Wotton:

 

-Este hombre está libre de ataduras serviles, de la esperanza de ascender o el miedo de caer, es señor de sí mismo, que no de territorios, y aun sin tener nada lo tiene todo.

 

-Lo que importa no es lo que la vida te da, sino lo que tú das a la vida.

 

-Si pensamos en cualquier persona feliz, encontramos detrás un proyecto. Si nuestras metas son demasiado bajas nos aburrimos, pero si son demasiado altas, nos frustramos. . La mayor felicidad procede de dejarse absorber por alguna meta externa a nosotros mismos.

 

-Una de las pruebas de la felicidad es preguntarnos si el mundo nos parece un lugar agradable.

 

-Si no somos capaces de ensanchar nuestras simpatías, podemos ver obstaculizada nuestra felicidad a pesar de nuestra riquezas: el cáncer de la envidia las devorará. En cambio, si somos capaces de disfrutar el bienestar ajeno, seremos más felices.

 

– Resulta más importante reducir el sufrimiento que generar felicidad extrema

 

-La caridad bien entendida comienza por uno mismo.

 

-Cambie de política, dicen, si las ventajas de hacerlo superan  a los inconvenientes, si no, manténgala.

 

-Deberíamos dejar de elevar la tasa impositiva mucho antes de que se alcanzara la igualdad completa. El grado óptimo está allí donde los beneficios de una mayor redistribución se vean compensados por las pérdidas derivadas de la disminución del pastel.

 

-Si obtenemos más felicidad del bienestar ajeno, haremos más para promoverlo y a su vez nos beneficiaremos de éste mayor felicidad del prójimo, pero si los economistas se dedican a alabar los éxitos del egoísmo, probablemente no estén fomentando una sociedad feliz.

 

-Los sujetos prefirieren arriesgarse a altas probabilidades de sufrir graves pérdidas con tal de no asumir la certeza de pérdidas mucho más modestas.

 

-No deberíamos vacilar, por tanto, a la hora de gravar gastos malsanos y también adictivos. Los impuestos claramente realizan una función  útil más allá de la de recaudar dinero con el que sustentar el gasto público: ayudan a reprimir nuestras tentaciones de llevar un modo de vida aún más febril.

 

-Por tanto, debemos considerar con bastante seriedad el argumento de que al aumentar los incentivos financieros estamos disminuyendo los incentivos de una persona para dar lo mejor de sí y sentirse digna en su profesión. La ética profesional es una motivación preciosa que no debería dejar de cultivarse.

 

-Los incentivos financieros surten efecto a la hora de escoger carrera o jefe. Pero, una vez que alguien se ha unido a una organización, tiene compañeros cuyo respeto constituye para él un móvil poderoso. Deberíamos explotarlo.

 

-Si queremos un empleo mejor, deberíamos enseñar a nuestros hijos que la satisfacción que nuestra profesión nos proporciona nace del trabajo bien hecho y no de ir por delante. Y no se trata de una opinión socialista: proviene más bien de la universal experiencia humana.

 

-Porque nuestro problema fundamental hoy en día es la ausencia de un sentimiento que una a la gente en lugar de esa noción que la vida es esencialmente una lucha competitiva.

 

-Ya lo dijo lord Keynes “ Durante demasiado tiempo nos han preparado para esforzarnos y no para disfrutar”. Tanto la seguridad como la paz de espíritu son bienes que deberían aumentar y no disminuir cuando la gente se vuelve más rica.

 

-La enfermedad más extendida hoy no es la lepra ni la tuberculosis, sino más bien la sensación de que nadie nos necesita, de que nadie se ocupa de nosotros, de que todos nos han abandonado: Madre Teresa.

 

-Los altibajos en el empleo y la llegada de la vejez constituyen las dos mayores amenazas para obtener ingresos estables. Y precisamente dos de los logros clave del Estado moderno han sido la mayor estabilidad económica y un mejor sistema de pensiones de jubilación.

 

-Un estado compasivo protege a las víctimas del cambio económico.

 

-Si la gente vive cerca del lugar donde se crió, cerca de sus padres y de sus viejos amigos, tiene mucho menos probabilidad quebrar sus vidas, pues cuenta  con una red de apoyo social. La delincuencia se reduce cuanto más sedentaria y homogénea es la comunidad.

 

-Como enseña la naturaleza, la felicidad depende menos de las cosas externas de lo que la gente cree.

 

En el fondo la mayoría de la gente es feliz como decide ser: Abraham Lincoln.

 

-A nadie se le puede hacer sentir inferior sin su consentimiento: Eleanor Roosevelt.

 

-Es imposible ser feliz sin desarrollar una perspectiva positiva y una sensación íntima de poseer un espacio que en última instancia es impermeable a los acontecimientos exteriores.

 

-Como explica Dalai Lama: Por experiencia propia veo que, cuando practico la compasión, recibo un beneficio directo e inmediato… recibo un beneficio del cien por cien, mientras que para otros no pase del cincuenta por ciento.

 

-En los matrimonios estables, la gente menciona cinco pensamientos positivos por cada uno negativo, mientras en los matrimonios fracasados la proporción es inferior a uno.

 

-La perla está oculta en el campo y el campo está en vuestros corazones y allí debéis cavar para encontrarla; y cuando hayáis cavado hondo y la encontréis, véndelo todo para comprar y redimir ese campo: George Fox, fundador del cuaquerismo.

 

-El concepto budista de interés por lo que ocurre a nuestro alrededor encierra un mensaje para todos nosotros.. Dice así: cultiva tu capacidad de sobrecogerte y maravillarte; saborea las cosas de hoy y mira a tu alrededor con el mismo interés con el que mirarías una película o harías una fotografía; relaciónate con el mundo y con los que te rodean. En cierto sentido, como decía León Tolstoi, la persona más importante del mundo es la que tiene delante en un momento dado.

 

Como escribió Ezra Pound: “ Cuanto  amas bien, perdura; el resto se esfuma”.

 

 Como el dice el rey Teseo en El sueño de una noche de verano:

 

El loco, el amante y el poeta son de imaginación completa; y los tres aprehenden más de lo que la razón sola alguna vez comprende.

 

 

 

 

Una Historia de la felicidad.

DARRIN M. MCMAHON. UNA HISTORIA DE LA FELICIDAD. MADIRID: EDITORIAL TAURUS, 2006.

La llave mágica de la felicidad en el ser humano hasta hora sigue siendo un misterio, pero Occidente desde la antigüedad  ha dado algunas respuestas. No podemos negar el peso de la Fortuna que se juega desde que nacemos, los padres no se eligen ni la época en la que se nace, pero  los filósofos griegos, Sócrates, Platón y Aristóteles principalmente, nos recuerdan el papel de la paideia, que  podemos educar nuestros deseos y con nuestras acciones ser menos invulnerables a los caprichos del destino. Los Estoicos y los Epicúreos  llevan al máximo dicho planteamiento, pero cada vez se cuestiona la exigencia tan alta en dichas regulaciones. Si bien el hombre de la modernidad se presenta cada vez más escindido,  a la vez que se le impone el derecho y el deber de ser feliz, cada vez queda más rezagado en sus placeres individuales. Rousseau , los socialistas utópicos  y Marx estarán en la vertiente opuesta propulsando  una religión secularizada, que recupera las virtudes sociales . Schopenhauer y Nietzsche nuevamente destacan el papel de lo singular. Tal vez la búsqueda de un justo medio entre las libertades individuales y las exigencias sociales seguirá siendo la búsqueda de los pensadores contemporáneos.

Se Ofrece así, flashes del libro, impresiones subjetivas, profundamente incompleto si se quiere, que espero los motive o enriquezca sus propias experiencias de un tema donde las respuestas son siempre tentativas.   

Sustenta mis pasos en tus caminos para que mis pies no resbalen. Salmos 17,5.

La propia lucha por alcanzar la cima basta para llenar el corazón del hombre.

 Camus. El mito de Sísifo.

Prólogo.

George Wilhelm Friedrich Hegel: “ pero la historia no es la tierra en la que la felicidad crece. Los períodos de felicidad son las páginas en blanco de la historia”.

Immanuel Kant:  “ el concepto de la felicidad es tan indeterminado que aunque todo el mundo desee conseguirla, nadie puede decir de forma definitiva y firme qué es lo que realmente desea y persigue”.

Sigmund Freud: “ la felicidad es algo esencialmente subjetivo”

Una historia de la felicidad, señaló el historiador  Howard Mumford Jones, sería “no sólo una historia de la humanidad,  sino también una historia de la ética, la filosofía y el pensamiento religioso”.

La felicidad, como observó el crítico social Thomas Carlyle es una: “ sombra de nosotros mismos”.

La tragedia de la Felicidad

Gozar del favor de los Dioses, ser bienaventurado, es tener la fortuna de nuestra parte.

Hesiodo declara: Feliz el hombre que conoce y respeta los días sagrados, sabe interpretar los augurios, evita la transgresión y hace su trabajo sin ofender a los inmortales dioses.

Compuesta del prefijo eu (bueno) y daimon (dios, espíritu, demonio), eudamonia engloba cierta noción de fortuna- porque tener un daímon benefactor de tu parte, un espíritu que te guíe, es ser afortunado, y cierta noción de divinidad, ya que daímon  es un emisario de los dioses que cuida de cada uno de nosotros, actuando de forma invisible en nombre de los Olímpicos. Daímon es un poder oculto, una fuerza que hace avanzar a los hombres, y cuyo agente es desconocido.

La diosa considera que una buena muerte es lo mejor que un hombre puede aspirar, y por tanto les premia con ella.

Como nos advierte Solón: “ a muchos a quienes el dios ha concedido contemplar la felicidad en un momento dado, al final les ha arrebatado la fortuna”.

La felicidad no es sino una caracterización de la vida entera, que sólo puede evaluarse en el momento de la muerte. Creerse feliz entretanto es prematuro y probablemente ilusorio, ya que el mundo es cruel e impredecible y está gobernado por fuerzas que escapan a nuestro control.

En la tradición trágica, la felicidad es prácticamente un milagro y requiere de la intervención directa de lo divino.

El coro de cíclope es claro a es este respecto: “ Feliz el hombre que lanza el grito báquico y se entrega al gozoso y bienamado vino dando viento a sus velas. Su brazo rodea a su fiel amigo y tiene esperándole el joven y fresco cuerpo de su voluptuosa amante en la cama, y con sus cabellos brillante cubiertos de mirra exclama: “ ¿ Quién me abrirá la puerta? La amistad, el amor, emborracharse de vino, tal vez, como sugiere el sátiro, “ bailar y olvidar las preocupaciones”, siempre han estado a mano para aliviar el dolor de la existencia.

El destino es decretado y nadie puede escapar a él. Cuando la actuación humana se ve frustrada, las posibilidades de elección son contradictorias y el sufrimiento inevitable, la felicidad, caso de que nos llegue, es en gran medida algo que nos sucede; éste es el conflicto trágico.

La felicidad tiene sus raíces en el terreno del azar.

Como observó Aristóteles, una vida de felicidad “ sería superior al nivel humano” y equivalente a lo divino.

El bien supremo

Esta visión sostenía básicamente que los seres humanos podían influir en su destino a través de sus propias acciones.

Alcman de Esparta: “ pero bienaventurado aquel que escapa feliz de las lágrimas todos los días de su vida”.

Liberados gracias a la prosperidad ateniense de que la vida se rija exclusivamente por la búsqueda de la supervivencia, unos pocos afortunados podían permitirse dirigir su atención a la búsqueda de otras cosas.

Sócrates adoptó como punto de partida la hipótesis de que la felicidad está al alcance de los humanos, dado que todos deseamos ser felices se pregunta: ¿cómo podemos ser felices?

Para Sócrates, la buena educación conlleva necesariamente la educación del deseo.

Agatón concluye  que aunque todos los dioses son felices, Eros es el más feliz, puesto que es el más bello y el mejor.

La felicidad de la raza humana se encuentra concluye Aristófanes, “ en encontrar el éxito en la búsqueda del amor”. Eros es el gran benefactor que “ nos devolverá a nuestra condición original, curándonos, y bendiciéndonos con la felicidad perfecta”.

Eros es hijo de la Pobreza, que acude a las fiestas sin ser invitada, como un mendigo, y del dios de la abundancia, un huésped siempre bien recibido que en esta ocasión había perdido el conocimiento por culpa de la bebida.

¿ Qué otra cosa es deseo sino el reconocimiento humano de la propia necesidad, de las propias carencias? Como explica Sócrates: “ el hombre que desea algo, desea lo que no es accesible y lo que todavía no posee. ¿ Y que es lo que le falta a Eros? Precisamente aquellas cualidades que le rodeaban en el momento de su divina concepción, unas cualidades propias de los dioses autosuficientes: la bondad y la belleza; en una palabra, la felicidad, ya que ser feliz significa estar en posesión de lo bueno y lo bello”.

Eros se encuentra también dividido “ entre la sabiduría y la locura”, lo que convierte al deseo en una fuerza volátil.

En la República Platón por boca de Sócrates dice que: “ existe una forma peligrosa, salvaje e incontrolada de deseo en cada uno de nosotros”.

Sócrates no deja de insistir en que el verdadero amante de la sabiduría debe mostrarse invulnerable tanto a las penurias físicas como a los caprichos del azar.

La figura de Alcibiades  con su alma tendiente a las pasiones violentas y gobernada por un frenesí sexual “ patológico”, se presenta como testimonio de los peligros del deseo malentendido.

Platón creía que el deseo humano se desviaba con excesiva facilidad. Sólo en circunstancias muy especiales pueden nuestros desbocados apetitos ser lo suficientemente disciplinados para buscar la verdad, y sólo en dicha circunstancias pueden educar nuestro deseo para que persevere en la búsqueda del bien que anhela.

Dice Sócrates, la felicidad es “ una fuerza poderosa e imprevisible.”

La felicidad, concluye Aristóteles, es una actividad del alma que expresa la virtud.

En la Retórica Aristóteles dice: “ podemos definir la felicidad como la prosperidad; o como la independencia en la vida; o como el buen estado de nuestras posesiones y nuestro cuerpo junto con la capacidad de conservar y utilizar ambas cosas. Que la felicidad es una o varias de estas cosas es algo en lo que prácticamente todos están de acuerdo.

Finalmente, para Aristóteles la vida de pura contemplación es la que más se parece a los dioses. Es superior en el ámbito humano. Lo mejor del ser humano es la oportunidad de liberarse del ser humano.

Los argumentos filosóficos que no constituyen un tratamiento terapéutico para el sentimiento humano son vacuos, sostenía Epicúreo  y añadía: “ Así como la medicina es inútil si no erradica las enfermedades del cuerpo, también lo es la filosofía si no expulsa el sufrimiento del alma.”

Zenón y Epicuro creen que el destino y la fortuna están bajo control: “ Me he anticipado a ti, Fortuna”, afirma Epicuro y “ te he cerrado la entrada. No dejaremos que ni tú ni ninguna otra circunstancia nos tenga cautivos”.

El hombre feliz se conforma con su suerte, “sea lo que sea”, sostiene Seneca. Cicerón llega a afirmar que el hombre cuya virtud es perfecta será feliz incluso aunque se encuentre bajo tortura o en la peor de las situaciones. El bienestar del hombre feliz es completamente impermeable a los más crueles reveses del destino.

¿ Por qué deseamos esto o lo otro? ¿ Puede la satisfacción a corto plazo ser compensada por el sufrimiento a largo plazo? ¿ Por qué elegimos rehusar una determinada oportunidad y aceptar otra? ¿Qué nos empuja hacia delante y por qué? Si somos sinceros con nosotros mismos, opina Epicuro, analíticos y rigurosos en nuestras respuestas, veremos que la mayoría de nuestros deseos son frívolos e inútiles, irrelevantes para la salud física o la paz de la mente, objetivos de una vida feliz. La singular tarea del seguidor de Epicuro consiste en aprender a discernir y clasificar, separando los deseos necesarios de aquellos que nos hacen descarriarnos del camino. El autoconocimiento, así como el conocimiento del mundo, nos permite liberarnos de las fuentes del dolor.

La voz de la carne clama: “ líbrame del hambre, la sed y el frío” escribe Epicuro.

 “ El hombre que tiene cubiertas estas necesidades y espera tenerlas siempre rivalizaría en felicidad incluso con Zeus. La comida y la bebida frugales, ya que los platos sencillos proporcionan el mismo placer que los más sofisticados, el cobijo y una mínima seguridad deberían bastar para satisfacer a cualquiera cuyos deseos sean ordenados. En cambio, “ el que no se siente satisfecho con poco, no se siente satisfecho con nada”.

Epicuro nos recuerda extraordinariamente a los estoicos, así como cuando señala que: “ todo dolor físico es insignificante, ya que cuando es intenso dura poco, y cuando el malestar es crónico no alcanza gran intensidad».

Aquel que es feliz, asegura Epictecto, “ debe poseer por completo todo lo que desea, como el que al estar plenamente saciado no puede sentir hambre ni sed”.

Cabe preguntarse cuantos tienen éxito en alcanzar este estado de renuncia.

La felicidad Perpetua.

Cuanto más crece el dinero, más crece la codicia y la ansiedad que ella genera, señalaba Horacio.

Horacio: “ Sólo es feliz aquel/ que porta su corona seguro, sin dejarse tentar por todos los tesoros del mundo.” Feliz entre todos el hombre, que es dueño de su presente; y que seguro en su interior puede afirmar: ya puede el mañana depararme lo peor, porque hoy he vivido.

Horacio: Carpe diem. Aprovecha el momento. Exprime el zumo de las uvas de la vida.

Horacio: Gula, libertinaje, concupiscencia, envidia: “ por eso,  rara vez se encuentra un hombre que diga haber tenido una vida feliz y que, llegada  su hora, abandone satisfecho este mundo como un comensal que ha comido hasta saciarse”.

San Agustin: ¿ Es que puede desearse algo por alguna razón que no sea la de alcanzar la felicidad?  ¿Cómo puede un hombre escapar de la desdicha si adora a la Felicidad como divinidad y reniega de Dios, proveedor de ella?

Eclesiastés: Comprendo que no hay para el hombre más felicidad que alegrarse y buscar el bienestar en su vida. Y que todo hombre coma y beba y disfrute bien en medio de sus fatigas, eso es don de Dios.

Alegraos y regocijaos, dice Jesús en el Sermón de la Montaña, “ porque vuestra recompensa será grande en el cielo ( Mateo 5, 12)

Ermitaño: » El hombre que estudia la felicidad debe sentarse solo, como un gorrión en lo alto de un tejado, como un pelícano en un páramo.»

San Buenaventura: “ Dado que la felicidad no es otra cosa que el goce supremo del Dios supremo, y que el Dios supremo se encuentra por encima de nosotros, nadie puede gozar de la felicidad a menos que se eleve sobre sí mismo.

San Francisco: “ glorificarse en la cruz de la tribulación y las aflicciones con una devoción sin fisuras. Tampoco  podía luchar sin desmayo por ser siempre feliz llevando una vida de renuncia. El siervo de Dios no debe mostrar tristeza ni un rostro taciturno».

Aquino considera la vida como un largo proceso de curación o, volviendo a la metáfora de la escalera, como un constante proceso de ascenso en el que cada vez nos acercamos más a Dios.

¿ No prometía el cristianismo exactamente lo mismo que negaba, “ un torrente de placer perpetuo, una vida inánime de eterna dicha? Si el deseo humano se veía satisfecho entonces, ¿ por qué debería ser tan radicalmente rechazado el aquí y ahora?

Del cielo a la Tierra

Lotario: Un transeúnte en la tierra y un caminante que soporta el mundo como si fuera un lugar de exilio, confinado en el cuerpo como una prisión”

 Le dice Dios a Adán al inicio de la obra de Pico de la Mirándola: “ no te ciñes a límite alguno y tú mismo fijarás los límites de la naturaleza, para que desde allí puedas de la forma más conveniente mirar a tu alrededor y ver todo lo que está en él. Ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal te hemos hecho. Tú, cuál juez nombrado por su honorabilidad,  eres modelador y hacedor de ti mismo. Tú puedes moldearte hasta adoptar la forma que prefieras.”

Lutero: Porque la soledad y la tristeza son simplemente veneno y muerte, sobre todo para un hombre joven. La alegría y el buen humor, con humor y corrección, son la mejor medicina para un hombre joven, y sin duda para todos los hombres. Yo, que hasta el momento me he pasado la vida en el duelo y en la tristeza, ahora  busco y acepto la alegría dondequiera que la encuentro.

Lutero: El pecado es la infelicidad pura, el perdón la felicidad pura. Hacer lo que está dentro de uno mismo. Sé todo lo que puedas ser.

Por qué –se preguntaban varios destacados despotricadotes- habrá de Dios de condenar a la humanidad por un solo delito cometido hace tiempo por un hombre( Adán) a quien ningún ser vivo ha conocido? el cielo reside dentro de nosotros, no cargamos con pecado alguno.

Y aunque, al fin y al cabo, el éxtasis divino- la felicidad del cielo-sea inconcebible, Locke presupone que cualitativamente es equiparable a los placeres que conocemos aquí en la tierra. El anticipo del deleite celestial no es un elevado logro intelectual- no es un pasajero atisbo de beatitud- sino algo que podemos saborear, disfrutar y sentir.

Por tanto, era de suma importancia que el buscador de felicidad se mantuviera alerta a la hora de calibrar los placeres y los dolores. “Esta es la bisagra en la que gira la libertad de los seres intelectuales, afirmaba Locke.

Apostemos por la existencia del cielo, sostiene Locke, y nunca perderemos. Comamos y bebamos, disfrutemos lo que nos deleita, que mañana moriremos.

Thomas Hobbes: En realidad, la felicidad era un “ progreso continuo el deseo, que va de un objeto a otro y que, para alcanzar el primero, no puede sino caminar hacia el segundo. El éxito continuo a la hora de obtener las cosas que de vez en cuando el hombre desea, es decir, prosperar continuamente, es lo que los hombres llaman felicidad. Porque, mientras vivamos aquí, no existe lo que se llama sosiego perpetuo de la mente; porque la propia vida no es sino movimiento y, del mismo modo que no puede carecer de sentido, nunca podrá estar exenta de deseo ni de miedo”.

Lorenzo de Medicis: “ Cuán encantadora es la juventud, pero se esfuma; si eres feliz, no dejes de serlo. Del mañana nadie sabe.

Si la felicidad era un estado natural, ¿ por qué no podía lograrse enteramente por medio naturales, sin orientación divina alguna?

Verdades que saltan a la vista

Claude –Adrien helvetius “ El infierno ya no existe; ahora es el cielo en la tierra.

Alexander Pope:

Oh, felicidad, fin y objetivo de nuestro ser!

Bien, loplacer, comodidad, contento! Cualquiera que sea el nombre:

Ese algo que aún induce el suspiro eterno,

Por el que aguantamos la vida o morir nos atrevemos.

Marquesa de Chatelet: para ser feliz “ es preciso ser sensible a las ilusiones, porque es a las ilusiones a las que les debemos la mayoría de nuestros placeres. Infeliz es el que las ha perdido.”

Como observó el ministro y filósofo francés Anne-Robert-Jacques Turgot, en las modernas sociedades comerciales, “la gente por así decirlo, compraba y vendía felicidad”.

Los hombres y las mujeres buscaban la felicidad tal como Locke y Hobbes lo habían descrito como un “ progreso continuo del deseo, que va de un objeto a otro y que, para alcanzar el primero, no puede sino caminar hacia el segundo”.

La felicidad en el siglo XVIII no era la eudamonía clásica. Epicuro en el fondo era un asceta, que más que maximizar el placer trataba de minimizar el dolor. Aunque el placer era bueno según Epicuro, siempre estaba subordinado al objetivo mayor de alcanzar la paz, un estado de autosuficiencia. Maximizar el placer y minimizar el dolor- en ese orden eran preocupaciones típicas de la ilustración.

La Mettrie:

La felicidad radica en el placer, sólo en el placer, y todos los que sugieran otra cosa eran enemigos de la humanidad, charlatanes o ambas cosas. La religión era una fábula, el estoicismo un peligroso veneno, la virtud del dolor una terrible mentira. El placer era una cuestión pura y simplemente orgánica: relativa a los sentidos, a la sensación de la materia.

La Mettrie:

Revolcaos en el cieno como cerdos y a su manera seréis felices, que la felicidad de un hombre era el dolor de otro.

 Es decir, que para La Mettrie  la razón fría congela la imaginación y expulsa los placeres. De tal manera, que si la sensación era la única fuerza que movía la máquina humana, la razón como humilde camarero, debía ser relegada al servicio.

Casanova:

El placer es el disfrute sensual inmediato; es la completa satisfacción de todos sus deseos que concedemos a nuestros sentidos, y cuando exhaustos o cansados, nuestros  deseos quieren reposar, ya sea para cobrar fuerzas o para vivir, el placer se torna en imaginación; la imaginación se complace en trabajar la felicidad que su tranquilidad le procura.

Marques de Sade:

Y el placer nunca era mas dulce ni más intenso que cuando era lascivo. Que ninguna voz salvo de las pasiones pueda conducirnos a la felicidad.

Rousseau:

Donde el presente fluye indefinidamente pero en su duración pasa desapercibida, sin signos del paso del tiempo y sin ningún otro de sentimiento de privación o de entretenimiento, de placer o de dolor, ningún deseo o miedo que no sea la sensación de existir, una sensación que llena el alma por completo y que, mientras dura, podemos decir que nos hace felices, no con una felicidad pobre, incompleta y relativa como la que proporcionan los placeres de la vida, sino como una felicidad suficientemente completa y perfecta que no deja vacío alguno que llenar en el alma. Ese es el estado que con frecuencia experimenté en la isla de Saint-Pierre.

Tan pronto como me encuentro bajo los árboles  y rodeado de follaje, me siento como si estuviera en el paraíso terrenal y experimento el intenso placer íntimo del más feliz de los hombres.

El progreso- con su horizonte de posibilidades siempre en expansión-socava continuamente nuestra paz. A fuerza de agitarnos con el fin de aumentar nuestra felicidad es la como la convertimos en infelicidad. Al dejar la humanidad a la deriva en medio de un lujo material que multiplicaba las falsas necesidades, el tan cacareado progreso de la época nos privaba al mismo tiempo que necesitábamos para salir a flote. Socavaba la fe religiosa; perturbaba a la comunidad y el amor a la patria; minaba la valentía, la intrínseca decencia y la virtud moral, y por doquier nos arrebataba lo natural, lo sencillo y lo bueno. Si la felicidad, tal como proclamaba la ilustración, era nuestro derecho natural, simplemente, la civilización moderna no era natural.

Rousseau también sabía que vivir como un extraño entre los hombres era un medio imperfecto de escapar. En sus momentos de mayor lucidez, sospechaba que hasta sus ensoñaciones de una felicidad perfecta en la isla de Saint-Pierre eran las de un hombre desgraciado, el consuelo de un náufrago, la compensación por los goces humanos que realmente deseaba.

La felicidad no es el placer, declaró Rousseau tajantemente, rechazando lo que para Bentham y Helvetius, y para muchos otros era una verdad innegable. Ni siquiera en nuestros más excelsos placeres hay un solo momento en el que el corazón pueda decir sinceramente: ¡ ojalá este momento durara para siempre!  ¿ cómo podemos dar el nombre de felicidad a un estado efímero que deja nuestros corazones todavía vacíos y ansiosos, arrepintiéndose de algo que está en el pasado o deseando algo que está por venir?

Al dudar de la viabilidad de la felicidad y desconfiar abiertamente del placer, Rouseau se erigía en crítico de la ilustración predominante. Pero, también era, inequívocamente, hijo suyo, y esto nunca queda más claro que cuando supera sus reservas y proclama su fe en que el individuo: “ debe ser feliz”.

Kant desarrolló este pensamiento con mucho más detalle, llegando a la conclusión de que la felicidad, “ por lo menos en esta vida” no era el plan de la naturaleza. Por el contrario, la virtud moral, el desarrollo de la buena voluntad es lo que la razón reconocía como función práctica suprema, y la razón insistía no era compatible con la felicidad.

Según el imperativo moral de Kant, nuestro deber en esta vida era actuar de modo que nos hiciéramos merecedores de la felicidad. Entonces podríamos legítimamente confiar en participar en ella, en algún estado concordante con nuestro valor. Pero Kant reconocía que éste siempre debía ser un acto de fe.

Cuando los hombres de poca fe creen con certeza de los fanáticos que los seres humanos pueden ser felices como dioses, la felicidad suele ser lo primero que se sacrifica, en su propio nombre.

Un rito moderno

  Lequino: El borracho siempre tiene resaca a la mañana siguiente, el libertino sufre mil padecimientos a causa de su incontinencia. Y el deseo de placer- subjetivo y efímero, ya sea físico o mental, nunca puede satisfacerse. En cuanto tenemos una cosa queremos otra, y al hombre su inquietud y su ambición le empujan a buscar más y más, corriendo de un deseo a otro. Ese hombre terminará su carrera habiendo siempre imaginado que iba a ser feliz cuando, en realidad, sólo ha experimentado una tempestuosa sucesión de placeres y repulsiones, de deseos y remordimientos. No ciudadanos, la felicidad, no existe en jouissances personales, en los placeres personales. Es algo más noble.

 

Lequino: Es a través de esta ilusión mental, a través de la promesa de una vida futura, como los impostores han gobernado a la gente ignorante y crédula del mundo, manteniéndola en la esclavitud y en el sufrimiento, al tiempo que frustraban su esparcimiento en el aquí y el ahora con la falsa promesa de una felicidad eterna.

 

El pueblo no se había atrevido a soñar con la igualdad social, ni tampoco a soñar que el hombre rico sólo lo es por el trabajo del pueblo. Una nueva sociedad precisaba de un hombre nuevo. Lequino advirtió que serían vanas si la revolución social no iba acompañada de una revolución moral en la mente y los corazones de la gente.

 

¿Dónde tenemos que buscar la felicidad?  ¿Dónde ciudadanos? Dentro de nosotros, en el fondo de nuestro corazón, en la abnegación, en el trabajo, en el amor al prójimo. Este es el secreto. Según Lequino, mediante el trabajo nos hacemos independientes, útiles para nuestros congéneres, sanos y merecedores de su estima. Sacrificándonos nos inmunizamos a los golpes de la fortuna, porque un alma armada frente a las penalidades se alzará por encima de las vicisitudes del azar, las inconstancias de las perturbaciones políticas y las incertidumbres de la salud.

 

Y qué pensarían de la exhortación de Lequino a que el “ sagrado amor a la patria” obligara a todos los ciudadanos  a buscar la felicidad de un único modo? El nuevo hombre que Lequino proclama desde el púlpito, encuentra la felicidad en una vida dedicada por completo a la felicidad ajena, aun a costa del sufrimiento personal o de su propia muerte.

 

La felicidad se ha convertido en el único horizonte de nuestras democracias, en una visión que muchos consideraban la medida de todas las cosas. Mientras que en los albores de la época moderna la felicidad para muchos hombres y mujeres era Dios, desde entonces la felicidad se ha convertido en nuestro Dios.

 

El cuestionamiento de las evidencias

 

Por qué , después del largo periodo ilustrado, apareció esta novedosa voluntad de ver el mundo a través de las lágrimas?

 

El dolor, acompañante necesario de un mundo caído, era un hecho de la existencia que había que aceptar y soportar, preferiblemente con alegría.

 

El sufrimiento, replicaban los románticos, era una verdad inherente al mundo y por tanto debía reconocerse abiertamente a la luz del día. Como expresaba Schiller, debemos: “ enfrentarnos cara a cara con el maligno destino”.

 

En una palabra, el dolor era trasformador. Humillaba el orgullo individual, ofreciéndonos la posibilidad de identificarnos y compadecernos. E inoculaba en nosotros el reconocimiento del destino común de la humanidad.

 

Keats sabía que el mundo, un “ lugar donde el corazón debe sentir y sufrir de mil formas diferentes, era un valle para el desarrollo del alma”.

 

De los versos de Coleridge se desprende que la alegría es la luz, la alegría es la gloria, la alegría se reserva para los puros del corazón. Y cuando su dulce música se propaga por el alma, nos trasforma y trasforma el mundo, haciendo un Cielo y Tierra nuevos, desposando al yo con la naturaleza.

 

Holderlin: Unirnos con la naturaleza para formar un todo sin fin. Ésa es la meta de todos nuestros afanes.

 

La imaginación colorea y ordena el mundo. En la acepción de Coleridge, no es lo que nos hace ver lo que no puede verse, imaginar lo que no está presente. Mas bien la imaginación nos permite ver como tendrámos que ver, como deberíamos ver.

 

 Coleridge: Tener genio es vivir en lo universal, no conocer más que yo que el que se refleja  no sólo en los rostros de todos los que nos rodean, nuestros congéneres, sino en las flores, los árboles, los  animales, y en verdad en las superficie de las aguas y las arenas del desierto.

  Para ser realmente nosotros mismos, tenemos que liberarnos de nuestro yo. Para acceder a nuestra alegría privada y personal debemos conectar con la alegría universal que anima el mundo.

 

¿ qué es la alegría romántica sino el sueño parcialmente secularizado de experimentar el Cielo en la tierra, el sueño de recuperar el niño perdido, como el nuevo Adán, cada día susurra en nuestro interior, hablándonos de lo que fuimos y de lo que podríamos ser otra vez? 

 

La felicidad no podía comprarse con un penique. Al desear ser Dios, el hombre cae por debajo de su propia naturaleza, observa Baudelaire refiriéndose a sus propio experimentos con el hachis.

 

Para Schopenhauer la voluntad era una fuerza que no podemos representar con precisión, una fuerza que surge imperiosa y que cala en todos los seres vivientes, animando el universo como un todo. En suma, la voluntad es ciega y simplemente lucha sin ningún propósito o fin para reproducirse, para continuar y seguir adelante.

 A menudo no sabemos lo que deseamos o tememos, y que los genitales son el centro de la voluntad declaraba Schopenhauer.

 En la mayoría de los casos, el sufrimiento es el único proceso de purificación por el que el hombre se santifica, dicho de otro modo, por el que abandona el camino del errar de la voluntad de vivir.

 

El liberalismo y sus descontentos

 

Franklin creía que en la vida era necesario contar con ciertas comodidades mínimas para tener una buena vida. En que consiste la felicidad de una criatura racional?  se preguntaba:  “ en tener una mente sensata, un cuerpo sano y suficientes necesidades y comodidades vitales cubiertas, junto al favor de Dios y el amor a la humanidad».

 

En la tierra de las oportunidades, en el nuevo  Mundo de leche y miel, “ el gusto por los placeres físicos” era la causa principal de la inquietud estadounidense.

 

Cuanto más iguales sean los hombres, concluye Tocqueville, más insaciable será su anhelo de igualdad.

 

La construcción de mundo felices

 

Una comunidad estrechamente unida, un trabajo decidido, una idea de Divinidad: ésos eran los requisitos necesarios, tan  evidentes en la Inglaterra de la edad media y tan ausentes en el mundo del momento.

 

Finalmente, el evangelio del dinero negaba la más grande necesidad humana: la de Dios o la de la divinidad del hombre. Las leyes de Dios se han convertido en un principio de la mayor felicidad, se lamentaba Carlyle. No hay religión; no hay Dios; el hombre ha perdido su alma.

 

Esta es la situación de Inglaterra según Carlyle. Una perezosa aristocracia terrateniente… una aristocracia trabajadora sumergida en el culto al dinero, una pandilla de bucaneros y piratas industriales. Un parlamento elegido por el soborno, una filosofía basada únicamente en la observación, en no hacer nada, en el laissez faire; una religión que se desgasta, que se derrumba; una desaparición absoluta de todo interés humano general, la desesperanza total de encontrar verdad y humanidad, y en consecuencia un aislamiento universal de los hombres en su propia “ tosca individualidad”, una confusión caótica, salvaje, de todos los aspectos de la vida, una guerra de todos contra todos, una muerte generalizada del espíritu, una escasez de alma, es decir, de cualquier conciencia humana; una clase obrera desproporcionadamente fuerte, en una opresión  y una desdicha intolerables.

 

La abolición de la esclavitud, la igualdad y la fraternidad de los hombres y del pueblo, la liberación de la mujer, la abolición de la opulencia y la miseria, la destrucción del poder clerical y, finalmente, la comunidad de bienes. Como Cabet recalcaba en viaje por Icaria y de nuevo con detalle en su tratado de 1846, el verdadero cristianismo, el comunismo era lo mismo que el cristianismo en su pureza de origen.

 

En relación con los primeros escritos de Fourier “ el socialismo” comenzó como un intento de descubrir un sucesor… para la iglesia cristiana.

 

La Gran enciclopedia soviética definía la Felicidad como:

 

Conciencia del espíritu humano de ese estado de ser que se corresponde con la mayor satisfacción interior respecto a la situación en la propia conciencia, con una vida plena y con sentido, y con la realización del proyecto vital individual.

 

Marx: Si en la vida hemos elegido aquella posición desde la que más podemos hacer por la humanidad, ninguna carga podrá doblegarnos, porque siempre serán sacrificios por el bien de todos; así que no experimentaremos una alegría insignificante, limitada o egoísta, sino que nuestra felicidad permanecerá a millones de personas, nuestros actos vivirán silenciosa pero permanentemente en el trabajo, y sobre nuestras cenizas se verterán las cálidas lágrimas de la gente noble.

 

Marx: superar la religión como felicidad ilusoria del pueblo es exigir su autentica felicidad.

 

Al igual que durante siglos los creyentes se habían sacrificado por Cristo, ahora a los individuos se les pedía que se inclinaran ante el hombre. Según Stirner, la asunción de una vocación, la obligación de servir a la humanidad, se derivaban únicamente de una concepción del deber religioso.

 

Engels “ todos los individuos luchan por ser felices y la felicidad del individuo es inseparable de la felicidad colectiva.

 

Benjamín. “ La reflexión nos demuestra que nuestra imagen de la felicidad está profundamente coloreada por el tiempo que el curso de nuestra propia existencia nos ha asignado. El tipo de felicidad que puede despertar nuestra envidia sólo existe en el aire que hemos respirado, entre personas a las que podríamos haber hablado, en mujeres que se nos podían haber entregado. Dicho de otro modo, nuestra imagen de felicidad está indudablemente vinculada a la imagen de redención.

 

La Gaya Ciencia.

 

Darwin: los seres humanos quizá estuvieran cautivos de los motivos ocultos que los gobernaba, quizá fueran esclavos de su animal interior.

 

Schopenhauer despertó en Nietzsche un anhelo de liberación, un anhelo de convertirse en lo que era y en lo que podía ser. Y, lo más importante, también planteaba la posibilidad de que el arte pudiera ser el vehículo para su transformación.

 

Para Nietzsche Sócrates es el gran ejemplar del hombre teorético, el arquetipo del optimista teorético, que se atrevió, sin ayuda de nadie, a cuestionar todo el mundo helénico.

 

Para Nietzsche, ésta es la grandiosa ilusión metafísca que ocupa el núcleo de las enseñanzas socráticas, animando su trinidad capital. La virtud es el conocimiento; todos los pecados surgen de la ignorancia; sólo los virtuosos son felices.

 

Nietzsche: Así es como al animal hombre se le acaba por enseñar a avergonzarse de todos sus instintos. De camino hacia su conversión en ángel… el hombre ha ofendido el estómago y ha ensuciado su lengua hasta el punto de que no sólo la alegría y la inocencia de los animales les parece repugnantes, sino que la propia vida le resulta desagradable.

 

La alegría se quiere a sí misma, dice Zaratustra, quiere eternidad, quiere recurrencia, quiere que todo sea idénticamente eterno.

 

Vivir es luchar, sufrir y anhelar, y que, al fin y al cabo, la felicidad humana está relacionada con esa lucha. Que poco sabéis de la felicidad humana vosotros, personas cómodas y benevolentes, porque la felicidad y la infelicidad son hermanas e incluso gemelas que, o crecen juntas o, como en nuestro caso, nunca crecen. El hombre no lucha por el placer, sino por el poder, añade Nietzsche.

 

La satisfacción sin límites de cualquier necesidad se presenta como el método más tentador de conducir la propia vida, reconocía Freud, pero comporta poner el disfrute por delante de la precaución y no tarda en propinar su propio castigo.

 

Freud tenía en mente la clase de renuncia ascética practicada por los santos. Pero, una vez más, juzgaba que la estrategia era deficiente. Si triunfa, el sujeto también ha… renunciado a todas las demás actividades: ha sacrificado su vida; y siguiendo otra senda, sólo ha logrado, una vez más, la felicidad de la quietud. El remedio era peor que la dolencia que pretendía curar.

 

Mucho más prometedores, según Freud, eran los placeres que se podían obtener mediante la sublimación y los saludables desplazamientos de la libido que conlleva trabajo creativo y productivo. Freud recomendaba la actividad profesional, especialmente el trabajo físico e intelectual, por ser fuente de especial satisfacción, sobre todo cuando se elige libremente. Ninguna otra técnica de conducta vital vincula al individuo tan firmemente a la realidad, sostenía. Y aunque el trabajo para Freud  no estaba suficientemente valorado por los hombres como vía hacia la felicidad, merecía serlo.

 

Según Freud, la felicidad es la realización tardía de un deseo prehistórico o infantil. En cualquier caso, aceptaba que quizá el amor erótico se acerque más a este objetivo ( el de la realización positiva de la felicidad) que cualquier otro método.

 

Freud: nunca estamos tan indefensos frente al sufrimiento como cuando amamos, nunca tan absolutamente infelices como cuando hemos perdido al objeto amado o su amor.

 

Un mundo feliz de Huxley sigue conmocionado con su retrato de una anodina sociedad de consumo regida por el principio de placer, la gratificación inmediata y el culto a la juventud. A los ciudadanos se les alienta a erradicar en la medida de lo posible lo desagradable, en lugar de aprender a soportarlo, los conduce el indefectible atractivo de la prosperidad, la satisfacción sexual y la eterna juventud, y los condiciona la necesidad de abolir la culpa, la memoria y el remordimiento. Esta es la felicidad de los últimos hombres de Nietzsche: una felicidad, que libres de sus vínculos finales con la virtud, la trascendencia y el desarrollo de uno mismo, se ve reducida por fin y únicamente a la comodidad de sentirse bien.

 

Primo Levi: Durante la vida, tarde o temprano se descubre que la felicidad perfecta es irrealizable, pero sólo unos pocos se paran o piensan en la antítesis: que la infelicidad perfecta es igualmente inalcanzable. Los obstáculos que impiden la realización de estos estados extremos son de la misma naturaleza: proceden de nuestra condición humana, opuesta a todo lo infinito. Nuestro conocimiento del futuro, siempre insuficiente, se opone a ello, y a esto se llama en unos casos esperanza y en otros incertidumbre sobre el día siguiente. La certeza de la muerte se opone a ello, porque pone límites a todas las alegrías, pero también a todos los sufrimientos. Los inevitables afanes materiales se oponen a ello, porque al envenenar cualquier felicidad duradera, con la misma diligencia nos apartan de nuestros infortunios, y hacen que nuestra conciencia de ellos sea intermitente, y por tanto, soportable.

 

Victor Frankl, por su propia experiencia en Auschwitz le llevó a la conclusión que las dimensiones del sufrimiento humano son absolutamente relativas. Que una cosa insignificante puede reportar la mayor de las alegrías. Vislumbrar una montaña o contemplar el espectáculo de una puesta de sol constituía sublimes recordatorios de lo hermoso que podía ser el mundo.

 

Las imágenes de felicidad artificial no hacen más que reforzar la tristeza, la culpa, y la sensación de incapacidad auténticas que sienten los que no pueden encontrarla en sí mismos para participar en ese regocijo.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DE la felicidad en Aristóteles

 
 
  

DE LA FELICIDAD EN ARISTÓTELES

 

 

          El amor, en efecto, tiende a ser una especie de exceso de amistad, y éste puede sentirse sólo hacia una persona, y así una fuerte amistad sólo puede existir con pocos.

 

    Todos los sentimientos amorosos proceden de uno mismo y se extienden después a los otros.

 

        Lo más hermoso es lo más justo; lo mejor, la salud, pero lo más agradable es lograr lo que uno ama.

 

     La felicidad es una cierta actividad, y la actividad evidentemente, es algo que se produce, y no algo como una posesión.

 

         El hombre feliz necesita amigos.

 

– También se dice que el tiempo revela al amigo, y las desgracias más que la buena suerte.

 

 

– El hombre verdaderamente feliz vivirá también muy agradablemente, y los hombres no en vano exigen esto.

 

 

         Debe decirse que nada viene de la suerte, a pesar de que nosotros, cuando hay otra causa y no la vemos,  decimos que la suerte es causa.

 

         De manera que las acciones que proceden de la ira y el apetito son propias del hombre. Entonces es absurdo considerarlas involuntarias.

 

           Vivir bien y obrar bien es lo mismo que ser feliz.

 

  – pues el que huye de todo y tiene miedo y no resiste nada se vuelve cobarde, el que no teme absolutamente y se lanza a todos los peligros temerario;  asimismo, el que disfruta de todos los placeres y no se abstiene de ninguno, se hace licencioso, y el que evita todos como los rústicos, una persona insensible.

 

  Afirmo, amigo, que el hábito es práctica duradera, y que acaba por ser práctica duradera.

 

           La mayoría de la gente es olvidadiza y desea más recibir que hacer favores.

 

   Es agradable, del presente la actividad; del futuro la esperanza; del     pasado la memoria, y lo más agradable e, igualmente amable, el resultado de la actividad.

 

– Una ciudad está en concordia cuando los ciudadanos piensan lo mismo sobre lo que les conviene, eligen las mismas cosas y realizan lo que es de común interés.

 

 

  

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

ETICA DE SPINOZA

 
 

ETICA.

 

DE : BURUCH  SPINOZA.

 

 

A partir de un curso del pensamiento de Gilles Deleuze me atreví a conocer el pensamiento de Buruch Spinoza, de quien el primero realiza una lectura del otro. Me dije a mí mismo que debía dejar toda modestia, no sé cuantos estudios sistemáticos y libros se han realizado del  segundo, pero quería simplemente anotar las frases del texto de la Etica que me gustaron, un poco escribirlas con tal de roerlas en el pensamiento.

 

 

Voluntad y razón se armonizan en unidad creadora. Para la verdad quiere vivir, por la verdad quiere actuar.

 

pequeña anotación:cabe la frase de Jenófanes que de la verdad segura no la podremos saber, pero en su búsqueda se halla lo mejor.

 

-Lo que se hace de prisa perece de igual modo.

 

-Nada hay contingente en la naturaleza, todo está determinado por la necesidad de la naturaleza divina de existir y producir un efecto de cierta manera.

 

-La voluntad, lo mismo que el entendimiento, es un cierto modo de pensar.

 

-Diremos ahora que la única razón de llamar a una cosa contingente es una falta de conocimiento de nosotros.

 

-Para demostrar ahora que la naturaleza no tiene fin alguno prescrito a ella y que todas las causas finales sólo son ficciones de los hombres, no serán necesarios largos discursos.

 

-Que el poder de Dios no es otra cosa que la esencia activa de Dios.

 

-El alma y el cuerpo, son uno solo y el mismo individuo que se concibe tan pronto bajo el atributo del pensamiento como bajo el de la extensión.

 

-En tanto el alma imagina los cuerpos exteriores no tiene de ellos conocimiento adecuado.

 

-La duración de nuestro cuerpo depende, pues del orden común de la naturaleza y de la constitución de las cosas, que este conocimiento es en nuestra alma extremadamente inadecuado.

 

-No puede, pues haber nada positivo en las ideas a causa de lo cual sean llamadas falsas.

 

-La fuerza, sin embargo, por la que cada uno persevera en la existencia, se sigue de la necesidad eterna de la naturaleza de Dios.

 

-La voluntad y el entendimiento son una sola y misma cosa.

 

-Esperar y soportar con alma igual uno y otro aspecto de la fortuna, puesto que todas las cosas se siguen del decreto eterno de Dios, con la misma necesidad que se sigue de la esencia del triángulo que sus tres ángulos equivalgan a dos rectos. Esta doctrina es útil en la vida social porque nos enseña a no odiar ni despreciar a nadie, a no burlarnos ni sentir cólera contra persona alguna, a no envidiar a los demás. Enseña también a cada uno a estar contento con lo que tiene, y ayudar a su prójimo, no por una piedad femenil, por parcialidad o superstición, sino sólo bajo el gobierno de la razón, es decir, según demanden el tiempo y la coyuntura.

 

-Nadie ha determinado hasta hora lo que puede el cuerpo.

 

-Esto demuestra bastante que el cuerpo puede únicamente por las leyes de su naturaleza ejecutar muchas acciones que causan asombro a nuestra alma.

 

-Nada está menos en poder de los hombres que contener su lengua y nada pueden hacer menos que dirigir sus apetitos.

 

-El alma padece solamente porque tiene ideas inadecuadas.

 

-Cada cosa, en tanto que es en sí, se esfuerza en perseverar en su ser.

 

-El deseo es el apetito con conciencia de sí mismo.

 

-El alma, en tanto que puede, se esfuerza en imaginar lo que acrecienta o secunda la potencia de obrar del cuerpo.

 

-El amor no es otra cosa que un gozo que acompaña la idea de una causa exterior, el odio es sólo una tristeza a que acompaña la idea de una causa exterior.

 

-La esperanza no es otra cosa que un gozo inconstante nacido de la imagen de una cosa futura o pasada cuyo resultado es tenido por dudoso. Por el contrario, el temor es una tristeza inconstante nacida igualmente de una cosa dudosa. Si se quita la duda de esas afecciones, la esperanza se convertirá en seguridad y el temor en desesperación.

 

-La opresión de conciencia, en fin, es la tristeza opuesta a la expansión de ánimo.

 

-El que imagina que lo que ama está afectado de tristeza, está afectado igualmente por ella, y esto tanto más cuando esta afección haya sido más grande en la cosa amada.

 

-Miramos también con estima  al que ha hecho bien a nuestro semejantes o nos indignamos contra el que les ha causado perjuicio.

 

-La envidia, que no es otra cosa que el odio mismo en tanto se le considera como disponiendo a un hombre a alegrarse del mal de otro, y a contristarse con su bien.

 

-Y así nos esforzamos en librar de su miseria a la cosa que nos inspire conmiseración.

 

-Nos esforzamos en procurar que sobrevenga todo lo que imaginamos conduce al gozo, por el contrario, nos esforzamos en alejar o destruir todo lo que imaginamos le es contrario o conduce a la tristeza.

 

-Nos esforzamos en hacer todo lo que imaginamos aman los hombres y han de ver con gozo.

 

-Amantes: queremos esperar y temer al propio tiempo; es de hierro el que ama con permiso de otro.

 

-Cuando amamos una cosa semejante a nosotros, nos esforzamos, cuando nos es posible, en conseguir que ella nos ame a la vez.

 

-La tristeza disminuye o reduce la potencia de obrar del hombre, es decir, el esfuerzo que realiza el hombre para perseverar en su ser.

 

-Llamamos buena las cosas que deseamos, por consiguiente llamamos mala la cosa que tenemos aversión.

 

-Que estamos dispuestos por naturaleza a creer fácilmente lo que esperamos, difícilmente aquello que sentimos miedo, y a hacer de ellos respectivamente demasiado o demasiado poco caso.

 

-Que no hay esperanza sin temor ni temor sin esperanza.

 

-La envidia es el odio mismo, es decir, una tristeza, en otros términos, una afección que reduce el esfuerzo de un hombre o su potencia de obrar.

 

-El deseo es la esencia misma del hombre en tanto es concebida como determinada a hacer alguna cosa por una afección cualquiera dada en ella.

 

-Entiendo, pues, por la palabra deseo, todos los esfuerzos, impulsos, apetitos y voliciones del hombre, que varían según la disposición variable de un mismo hombre y se oponen unos a otros cuando el hombre es arrastrado en diversos sentidos y no sabe a cuál inclinarse.

 

-El gozo es el paso de un hombre de una menor perfección a otra mayor.

 

-La satisfacción de sí mismo es un gozo nacido de que el hombre se considera a sí mismo y a su potencia de obrar.

 

-La humildad o la modestia es un deseo de hacer lo que agrada a los hombres y de no hacer lo que les desagrada.

 

-La ambición es un deseo inmoderado de gloria.

 

-Llamo impotencia a la impotencia del hombre para gobernar y reducir sus afecciones… cuyo poder sobre él es tan grande que le obliga a menudo a que, viendo lo mejor, haga lo peor.

 

-Por consiguiente, una afección sólo puede ser destruida o reducida por una afección contraria y más fuerte que ella.

 

-Que el principio de la virtud es el esfuerzo mismo para conservar el ser propio, y que la felicidad consiste en que el hombre pueda conservar su ser. Que la virtud debe ser apetecida por sí misma, y que no existe cosa alguna más valiosa que ella o que nos sea más útil, a causa de la cual debiera ser apetecida.

 

-Nada, pues, más útil al hombre que el hombre.

 

-Cuanto más nos esforzamos en buscar lo que es útil, es decir, en conservar nuestro ser, y más tenemos el poder de conseguirlo, más dotados estamos de virtud; y, por el contrario, en la medida en que emitimos conservar lo que es útil, es decir, nuestro ser, somos impotentes.

 

-No se puede, pues, decir que los hombres concuerdan en naturaleza en tanto están sometidos a las pasiones.

 

-Podemos, por consiguiente, concebir un dolor tal que, reduciendo el placer, le impida que sea excesivo y haga en esta medida que no disminuya la aptitud del cuerpo, en esto puede ser bueno el dolor.

 

-La avaricia, la ambición y la lujuria, son especies de delirio, aunque no se les coloque en el número de las enfermedades.

 

-El odio no puede ser nunca bueno.

 

-La risa, como también la chanza, es un puro gozo, por consiguiente, suponiendo que no sea excesiva, es buena por sí misma.

 

-Cuanto mayor el gozo que nos afecta, más grande es la perfección que conseguimos y más necesario que participemos de la naturaleza divina.

 

-El que vive dirigido por la razón, se esfuerza, en cuanto le es posible, en compensar con generosidad o amor, el odio, la cólera, o el menosprecio que otro tiene hacia él.

 

-Cuanto más nos esforzamos en vivir dirigidos por la razón, tanto mayores esfuerzos hacemos para no depender de la esperanza, librarnos del temor, dominar en lo posible la fortuna y dirigir nuestras acciones conforme  al seguro consejo de la razón.

 

-Y no podemos hacer `por el solo mandato de la razón más que aquello de que sabemos con certidumbre es bueno; la conmiseración es, por tanto, mala en sí misma e inútil en un hombre que vive dirigido por la razón.

 

-El contento de sí mismo es un gozo nacido de que el hombre considera su propia potencia de obrar. Pero la verdadera potencia de obrar del hombre o su virtud es la razón misma que el hombre considera clara y distintamente; el contento de sí mismo tiene, pues, su origen en la razón… no percibe más de lo que sigue su propia potencia de obrar; es decir, de su propia potencia de conocer.

 

-Y que sólo con gran trabajo podemos soportar una vida de oprobio.

 

-La humildad es una tristeza nacida de que el hombre considera su impotencia propia.

 

-El que se arrepiente de lo que ha hecho, es dos veces miserable o impotente. Porque el que la experimenta se deja vencer en primer lugar por un deseo malo, y después por la tristeza.

 

-El más alto grado de orgullo o de menosprecio propio es la más completa ignorancia de sí mismo.

 

-Como todos desean captarse los aplausos de la multitud, cada uno trata de rebajar el renombre de otro.

 

-Un hombre libre no piensa en cosa alguna menos que en la muerte, y su sabiduría es una meditación, no acerca de la muerte, sino de la vida.

 

-El hombre libre escoge la huida con la misma firmeza de alma o presencia de espíritu que el combate.

 

-Es pues, útil ante todo perfeccionar el entendimiento o la razón en cuanto nos sea posible; sólo en esto consiste la felicidad suprema  o la beatitud del hombre no es otra cosa que el contento interior, que nace del conocimiento intuitivo de Dios, y perfeccionar el entendimiento no es tampoco otra cosa que conocer a Dios y los atributos de Dios y las acciones que se siguen de la necesidad de la naturaleza.

 

-Los corazones no se vencen por medio de las armas, sino con amor y generosidad.

 

-El que se menosprecia está, sin embargo, muy próximo el orgullo.

 

-Los que saben el verdadero uso de la moneda, y arreglan la riqueza a la necesidad, viven contentos con poco.

 

-El que, por el contrario, dirigido por el temor hace el bien para evitar el mal, no está conducido por la razón.

 

-Que los pesares e infortunios tienen su principal origen en un amor excesivo hacia una cosa sometida a numerosos cambios y que no podemos poseer enteramente.

 

-La eternidad es la esencia misma de Dios en tanto envuelve la existencia necesaria.

 

-Por tanto, el alma tiene el poder de reducir los apetitos sensuales, precisamente a consecuencia de gozar del amor divino o la beatitud, y puesto que la potencia del hombre para reducir las afecciones consiste sólo en el entendimiento, nadie obtiene el goce de la beatitud por medio de los apetitos sensuales, sino que, por el contrario,  el poder de reducirlos nace de la beatitud misma.

 

 

 

 

 

 

Indagación del Bien

 
 Frases tomadas de Kitaro Nishida: Indagación del Bien. Barcelona: Editorial Gedisa,1995.
 
 
  Para conocer una cosa debemos amarla y para amar una cosa debemos conocerla. Los artistas al amar la naturaleza, al unirse con ella y al sumergir su yo en ella pueden penetrar la verdad de la naturaleza.
 
 
 La verdadera felicidad es en realidad algo que se obtiene mediante la realización de los ideales. Los griegos consideraron que lo bueno y lo bello eran idénticos. Por eso Boehme dijo que el cielo está en todas partes: el cielo está donde uno se halla o adonde uno vaya:
en virtud de la más profunda vida interior uno llega a Dios.
 
 

la conquista de la felicidad

 

 Bertrand Rusell. La Conquista de la Felicidad. Barcelona: Mondadori, 2003.

 

Nota  aclaratoria: He tomado algunas frases de Rusell que me parecieron resumir las ideas principales del  libro. En general, es aproximarse al tema de la felicidad desde otra mirada.

 

He descubierto cuáles eran las cosas que más deseaba, y poco a poco, he ido adquiriendo muchas de esas cosas. En parte se debe a que he logrado prescindir de ciertos objetos de deseos que son absolutamente inalcanzables. Pero principalmente se debe a que me preocupo menos por mí mismo.

 

Poco a poco aprendí a ser indiferente a mí mismo y a mis deficiencias; aprendí a centrar la atención, cada vez más, en objetos externos. El estado del mundo, diversas ramas del conocimiento, individuos por los que sentía afecto.

 

Y todo interés externo inspira alguna actividad que, mientras el interés se mantenga vivo, es preventivo completo del aburrimiento.

 

La disciplina externa es el único camino a la felicidad para aquellos desdichados cuya absorción en sí mismos es tan profunda que no se pueden curar de ningún modo.

 

Todo éxito verdadero en el trabajo depende del interés auténtico por el material relacionado con el trabajo.

 

El hombre cuyo único interés en el mundo es que el mundo le admire tiene pocas posibilidades de alcanzar su objetivo.

 

El megalómano se diferencia del narcisista en que desea ser poderoso antes que encantador, y prefiere ser temido a ser amado. A este tipo pertenecen muchos lunáticos y la mayoría de los grandes hombres de la historia. El afán de poder, como la vanidad, es un elemento importante de la condición humana normal, y hay que aceptarlo como tal; sólo se convierte en deplorable cuando es excesivo o va unido a un sentido de realidad insuficiente.

 

La embriaguez, por ejemplo, es un suicidio temporal; la felicidad que aporta es puramente negativa, un cese momentáneo de la infelicidad.

 

Las personas que son desdichadas, como las que duermen mal, siempre se enorgullecen de ello.

 

El sabio será todo lo feliz que permitan las circunstancias, y si la contemplación del universo le resulta insoportablemente dolorosa, contemplará otra cosa en su lugar.

 

¡ oh , amor! Qué injustos son contigo los que dicen que tu dulzura es amarga, cuando los ricos frutos son de tal manera que no puede existir nada tan dulce.

 

El amor hay que valorarlo porque acentúa todos los mejores placeres, como el de la música, el de la salida del sol en las montañas y el del mar bajo la luna llena. Un  hombre que nunca haya disfrutado de las cosas bellas en compañía de la mujer que ama, no ha experimentado plenamente el poder mágico del que son capaces dichas cosas. Además, el amor es capaz de romper la dura concha del ego, ya que es una forma de cooperación biológica en la que se necesitan emociones de cada uno para cumplir los objetivos instintivos del otro.

 

El hombre depende de la cooperación, y la naturaleza le ha dotado, es cierto que no del todo bien, con el aparato instintivo del que puede surgir la cordialidad necesaria para la cooperación.

 

El amor verdadero es un fuego perdurable que arde eternamente en la mente. Nunca enferma, nunca muere, nunca se enfría, nunca se niega a sí mismo.

 

Probablemente, el hombre no tiene amigos que le importen de verdad, aunque hay muchas personas con las que finge una cordialidad que le gustaría sentir.

 

Para ser feliz, el hombre de negocios estadounidense tiene antes que cambiar de religión. Mientras no solo desee el éxito, sino que esté sinceramente convencido de que el deber  de un hombre es perseguir el éxito y que el hombre que no lo hace es un pobre diablo, su vida estará demasiado concentrada y tendrá demasiada ansiedad para ser feliz.

 

Por mi parte, lo que me gustaría obtener del dinero es tiempo libre y seguridad. Pero lo que quiere obtener el típico hombre moderno es más dinero, con vista a la ostentación, el esplendor y el eclipsamiento de los que hasta hora han sido sus iguales.

 

Además, a los cerebros se les mide por el dinero que ganan. Un hombre que gana mucho dinero es un tipo inteligente; el que no lo gana, no lo es. A nadie le gusta que piensen que es un tonto. Por tanto, cuando el mercado está inestable, el hombre se siente como los estudiantes durante un examen.

 

Tampoco niego que el dinero, hasta cierto punto, es muy capaz de aumentar la felicidad; pero más allá de ese punto, no creo que lo haga. Lo que sostengo es que el éxito únicamente puede ser un ingrediente de la felicidad, y saldrá muy caro si para obtenerlo se  sacrifican los demás ingredientes.

 

Hombres y mujeres parecen incapaces de disfrutar de los placeres más intelectuales. El arte de la conversación general, por ejemplo, llevado a la perfección en los salones franceses del siglo XVIII, era una tradición viva hace cuarenta años. Era un arte muy exquisito, que ponía en acción las facultades más elevadas para un propósito completamente efímero.

 

Las personas cuyo concepto de la vida hace que sientan tan poca felicidad que no les interesa engendrar hijos están condenadas. No tardarán en ser sustituidas por algo más alegre y festivo.

 

Y al final la desaparición de la estirpe por esterilidad. No es solo el trabajo lo que ha quedado envenenado por la filosofía de la competencia; igualmente envenenado ha quedado el ocio. El tipo de ocio tranquilo y restaurador de los nervios se considera aburrido. Tiene que haber una continua aceleración, cuyo desenlace natural será las drogas y el colapso. El remedio consiste en reconocer la importancia del disfrute sano y tranquilo de vida equilibrado.

 

Las guerras, los pogromos y las persecuciones han formado parte de las vías de escape al aburrimiento; incluso pelearse con los vecinos era mejor que nada. Así pues, el aburrimiento es un problema fundamental para el moralista, ya que por lo menos la mitad de los pecados de la humanidad se cometen por miedo a aburrirse.

 

Así pues, para llevar una vida feliz es imprescindible cierta capacidad de aguantar el aburrimiento, y esta es una de las cosas que se debería enseñar a los jóvenes.

 

El ritmo de la vida de la tierra es lenta; el otoño y el invierno son tan imprescindibles como  la primavera y el verano, el descanso es tan imprescindible como el movimiento.

 

Una vida feliz tiene que ser, en gran medida, una vida tranquila, pues sólo en un ambiente tranquilo puede vivir la auténtica alegría.

 

Lo que para el empleado es el miedo al despido, para el jefe es el miedo a la bancarrota. Es cierto que algunos son lo bastante grandes para estar por encima de este miedo, pero, por lo general, para alcanzar una posición tan elevada han tenido que pasar años de lucha agotadora, durante los que tuvieron que esforzarse para estar al corriente de lo que ocurría en todas las partes del mundo y frustrar las maquinaciones de sus competidores.

 

El sabio solo piensa en sus problemas cuando tiene algún sentido hacerlo; el resto del tiempo piensa en otras cosas o, si es de noche, no piensa en nada.

 

No hay nada tan agotador como la indecisión, ni nada tan estéril.

 

Nuestros éxitos y fracasos, a fin de cuentas, no importan gran cosa. Se puede incluso sobrevivir incluso a las grandes penas; las aflicciones que parecía que iban a poner fin a la felicidad para toda la vida se desvanecen con el paso del tiempo hasta que resulta casi imposible recordar lo intensas que eran. Pero por encima de estas consideraciones egocéntricas está el hecho de que el ego de una persona es una parte insignificante del mundo. El hombre capaz de centrar sus pensamientos y esperanzas en algo que trascienda puede encontrar cierta paz en los problemas normales de la vida, algo que le resulta imposible al egoísta puro.

 

La preocupación es una modalidad de miedo, y todas las modalidades de miedo provocan fatiga. Al hombre que ha aprendido a no sentir miedo le disminuye enormemente la fatiga de la vida cotidiana.

 

Toda forma de valor, tanto en hombres como en mujeres, debería ser tan admirada como lo es la valentía física en un soldado. El hecho de que el valor físico sea tan corriente entre los varones jóvenes demuestra que el valor se puede desarrollar en respuesta a la opinión pública que lo exige. Si hubiera más valor, habría menos preocupaciones y, por tanto, menos fatiga; Y es que una gran proporción de las fatigas nerviosas que sufren en la actualidad hombres y mujeres se debe a los miedos, conscientes o inconscientes.

 

La persona envidiosa no solo desea hacer daño, y lo hace siempre que puede con impunidad; además, la envidia la hace desgraciada. En lugar de obtener placer de lo que tiene, sufre por lo que tiene los demás. Si puede, privará a los demás de sus ventajas, lo que para él es tan deseable como conseguir esas ventajas para sí mismo.

 

En cuanto se piensa racionalmente en las desigualdades, se comprueba que son injustas a menos que se basen en algún mérito superior. Y en cuanto se ve que son injustas, la envidia resultante no tiene otro remedio que la eliminación de la injusticia. Por eso en nuestra época la envidia desempeña un papel tan importante. Los pobres envidian a los ricos, las naciones pobres envidian a las ricas, las mujeres envidian a los hombres, las mujeres virtuosas envidian a las que, sin serlo, quedan sin castigo.

 

La razón, evidentemente, es que el corazón humano, tal como lo ha moldeado la civilización moderna, es más propenso al odio que a la amistad. Y es propenso al odio porque está insatisfecho, porque siente en el fondo de su ser, tal vez incluso subconscientemente, que de algún modo se le ha escapado el sentido de la vida, que seguramente otros que no somos nosotros han acaparado las cosas buenas que la naturaleza ofrece para disfrute de los hombres.

 

Nuestra moral oficial ha sido formulada por sacerdotes y por mujeres mentalmente esclavizados. Ya va siendo hora de que los hombres que van a participar normalmente en la vida normal del mundo aprendan a rebelarse contra esa idiotez enfermiza.

 

Una actitud expansiva y generosa hacia los demás no solo aporta felicidad a los demás, sino que es una inmensa fuente de felicidad para su poseedor, ya que hace que todos le aprecien. Pero dicha actitud es prácticamente imposible para el hombre atormentado por el sentimiento de pecado. Es consecuencia del equilibrio y la confianza en uno mismo.

 

Primero, recuerda que tus motivos no siempre son tan altruistas como te parecen a ti. La segunda: no sobrestimes tus propios méritos. La tercera: no esperes que los demás se interesen por ti como te interesas tú. Y la cuarta: No creas que la gente piensa tanto en ti como para tener algún interés especial en perseguirte.

 

Las satisfacciones basadas en el autoengaño nunca son sólidas, y por muy desagradable que sea la verdad, es mejor afrontarla de una vez por todas, acostumbrarse a ella y dedicarse a construir nuestra vida de acuerdo con ella.

 

Yo creo que, en general, dejando aparte la opinión de los expertos, se hace demasiado caso a las opiniones de otros, tanto en cuestiones importantes como en asuntos pequeños.

 

La felicidad es más fácil si uno se relaciona con personas de gustos y opiniones similares. Es de esperar que las relaciones sociales se desarrollen cada vez más en esa línea, y podemos confiar en que de ese modo se reduzca poco a poco, hasta casi desaparecer, la soledad que ahora aflige a tantas personas no convencionales.

 

El mejor modo de aumentar la tolerancia consiste en multiplicar el número de individuos que gozan de auténtica felicidad, y por tanto, no obtienen su mayor placer infligiendo daño a sus prójimos.

 

La felicidad de mi jardinero es del mismo tipo; está empeñado en una guerra perpetua contra los conejos, de los que habla exactamente igual que Scotland Yard de los bolcheviques; los considera siniestros, intrigantes y feroces, y opina que solo se les puede hacer frente aplicando una astucia igual a la de ellos. Aunque pasa con mucho de los setenta años, trabaja todo el día y recorre en bicicleta para ir y volver del trabajo, pero su fuente de alegría es inagotable y son “ esos conejos” los que se la proporcionan.

 

Por tanto, lo más prudente es no ser excesivamente engreído, pero tampoco demasiado modesto para ser emprendedor.

 

 

La felicidad básica depende sobre todo de lo que podríamos llamar un interés amistoso por las personas y las cosas.

 

Esto es típico de las pasiones excesivas y desproporcionadas. Lo que se busca no es el placer en la cosa misma, sino el olvido.

 

Pero la confianza general en uno mismo es consecuencia, sobre todo, de estar acostumbrado a recibir todo el afecto que uno necesita.

 

El impulso posesivo de los padres puede descarriar al niño de mil maneras, grandes y pequeñas, a menos que tengan mucho cuidado o sean muy puros de corazón.

 

La constancia en los propósitos no basta para hacerle a uno feliz, pero es una condición casi indispensable para una vida feliz. Y la constancia de los propósitos se encarna principalmente en el trabajo.

 

La persona capaz de la grandeza de alma abrirá de par en par las ventanas de su mente, dejando que penetren libremente en ella los vientos de todas las partes del universo. Se verá a sí mismo, verá la vida y verá el mundo con toda la verdad que nuestras limitaciones humanas permitan; dándose cuenta de la brevedad e insignificancia de la vida humana, comprenderá también que en las mentes individuales está concentrado todo lo valioso que existe en el universo conocido. Y comprobará que aquél cuya mente es un espejo del mundo llega a ser, en cierto sentido tan grande como el mundo. Experimentará una profunda alegría al emanciparse de los miedos que agobian al esclavo de las circunstancias, y seguirá siendo feliz en el fondo a pesar de las vicisitudes de su vida exterior.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Euforia perpetua

De La Euforia Perpetua.

Sobre el deber de ser feliz.

Barcelona: Ensayo Tusquets Editores, 2002

 

 

 

Pero probablemente somos las primeras sociedades de la historia que han hecho a la gente infeliz por no ser feliz.

 

Dejemos a los borrachos del Edén sus dogmas e imposiciones. Aquí sólo queremos borrar la culpa, aliviar el peso: que cada cual sea libre de no ser feliz sin avergonzarse, o de serlo de vez en cuando y a su manera. Si no queremos que una aspiración legítima se convierta en castigo colectivo, hay que tratar al despiadado ídolo de la felicidad con la mayor desenvoltura del mundo.

 

Tal vez la única felicidad exista únicamente en la escritura, y que la vida sólo intente conseguir por sí misma, a posteriori, la perfecta conjunción de palabras, el tono adecuado de una expresión.

 

Y eso que, en nuestras vidas incoloras, no necesitamos tranquilidad, sino auténticas actividades, acontecimientos con peso y sentido, instantes como relámpagos que nos fulminen y nos saquen de quicio. El tiempo , ese gran saqueador, nos roba continuamente; pero una cosa es que nos desvalijen a lo grande y envejecer con la conciencia tranquila de haber tenido una vida plena, y otra que nos quiten todos los días pellizquitos miserables de cosas que ni siquiera hemos vivido.

 

Lo peor que le puede ocurrirle a alguien es pasar al lado de su felicidad sin reconocerla. Esperar un acontecimiento milagroso que nos redima sin ver que el milagro se halla en el acontecimiento que estamos viviendo.

 

Hay que dejar una puerta abierta al “ país del afuera” (Lewis Caroll), al misterio, a lo inexplorado, y atravesar esa puerta al menos una vez, responder a la llamada de lo otro, para unos el desierto, para otros Africa u Oriente, o el descubrimiento de una nueva sexualidad, o de una vocación amordazada. Entonces todo depende e la inmanencia de una fuga, de un salto que nos libere de las fuerzas asfixiantes de la rutina, de la mezquindad.

 

La búsqueda de una buena vida  debe obedecer a dos exhortaciones contradictorias. Aprovechar plenamente lo que nos sucede y a la vez seguir a la escucha de lo que sucede en otras partes. Una sabiduría de la miopía, absorta en el presente, satisfecha de ser lo que es; y una sabiduría de la presbicia, que hace proyectos y no se conforma con su condición.

 

El problema de las felicidades que cuanto más se impone como objetivo universal, más se vacía de contenido.

 

Pero si bien la felicidad huye de quienes la buscan, tampoco es cierto que favorezca a quienes huyan de ella. Nadie tiene jamás la certeza de ser verdaderamente feliz; plantearse la pregunta significa echar a perder de antemano la respuesta.

 

Pero las cosas serían más sencillas si pudiéramos sentirnos satisfechos con lo que vivimos.

 

La alegría es contagiosa, es un imán irresistible. Mejor apartarse de los tristones que rondan en torno a la desdicha con cara de glotonería, y preferir la compañía de los apasionados, de los que saben vivir, cuya sola presencia es ya una promesa de expansión, de animación.

 

Lo aburrido es nuestra mirada y no la realidad, y tengo que desinfectarla, limpiarla de impurezas.

 

La vida cotidiana puede transfigurarse si cada uno de nosotros, en la medida de sus posibilidades, empieza a hacer milagros, se convierte en un creador de paraísos, en un “ divino asesino de costumbres» ( Pierre –Albert- Birot)

 

El estado más placentero tiene muchos intervalos lánguidos.

 

Sin el aburrimiento, sin esa somnolencia del tiempo en que las cosas pierden su sabor, ¿ quién abriría nunca un libro o se marcharía de su ciudad natal?

 

Según Robert Mirashi “ La vida feliz implica una experiencia cualitativa donde se dan cita la satisfacción y el significado, es decir, la densidad de una presencia de acuerdo consigo misma y la coherencia de un sentido deseado y realizado”.

 

Que nada se parece más al Infierno que el paraíso, que éste último puede entreverse pero no tocarse.

 

Una vida exaltante es a la vez realización y desconcierto, es decir, esa decepción maravillosa que se produce cuando ocurre lo que uno no deseaba y nos volvemos sensibles a todo lo que hace que la existencia sea opulenta, ferviente, embriagadora. Una ilusión que se viene abajo es una puerta abierta a los milagros.

 

La excitación de no saber de qué va a componerse el día de mañana, la incertidumbre de lo que nos espera, son superiores en sí mismas a la regularidad de un placer grabado en nuestras células. En todos los sentidos figurados, hay un valor que supera infinitamente la felicidad: es lo novelesco, esa maravillosa capacidad del destino para reservarnos sorpresas hasta el final, para asombrarnos, para apartarnos del camino que seguíamos. ¿ acaso no es mejor preferir una historia sin felicidad, pero llena de animación, a una felicidad sin historia? No hay nada peor que esa gente que siempre está contenta, en cualquier circunstancia; gente que parece haberse pintado una mueca radiante en la cara, como si cumpliera una cadena perpetua de alegría.

 

La cortesía es una pequeña estrategia, un artificio admitido para desbaratar la agresividad, para hacer más fluidas las mezclas humanas, para reconocer el lugar del otro sin usurpar su libertad.

 

No se puede decir que un hombre es feliz hasta los últimos momentos de su vida, decía Solón.

 

Hay que desconfiar de entrada de los  que van pregonando su desprecio por el becerro de oro: podemos estar seguros de que en el fondo de su corazón lo adoran o sólo piensan en privar de él a los demás. La ventaja del dinero es que sigue siendo un medio para preservar la libertad individual, para desinfectar las relaciones sociales, para alcanzar cierta autonomía.

 

Como escribió Spengler :“ una civilización altamente evolucionada es inseparable del lujo y de la fortuna”.

 

La pobreza es odiosa para quienes la padecen, acumula privaciones y humillaciones, y la vergüenza aumenta el malestar. En cualquier circunstancia hay que clasificar el dinero entre las cosas preferibles  (Séneca ) de las que se puede disponer si el destino permite tenerlas.

 

El dinero acompaña la alegría de vivir cuando nos olvidamos de él y desaparece como tal, y no impide ni la posesión razonable ni el libre vagabundeo de la mente. No depender del dinero es saber que si tuviéramos mucha más no viviríamos de otro modo.

 

La mayor parte del tiempo, para la mayoría de la gente, el dinero es comparable a la droga: se suponía que iba a liberarnos  de todas las preocupaciones, pero se convierte en una preocupación obsesiva, en una finalidad en sí misma. Nos persigue su ausencia, nos estorba su presencia, nos impide con él una relación normal.

 

¿ qué precio estamos dispuestos a pagar para tener dinero, qué lugar queremos otorgarle? Es preferible limitar el gasto si así podemos satisfacer nuestras pasiones, aumentar el espacio que ocupan la vida amorosa y la vida espiritual en lugar de endeudarse a todas horas.

 

Actualmente, el lujo consiste en todo lo que escasea: la comunión con la naturaleza, el silencio, la meditación, la lentitud recobrada, el placer de vivir a contratiempo, la ociosidad estudiosa, el disfrute de las obras maestras del espíritu y otros tantos privilegios que no se pueden comprar porque no tienen, literalmente, precio.

 

En definitiva, el verdadero lujo, pero todo lo que vale la pena es tan difícil como poco frecuente ( Spinoza) es inventar nuestra propia vida, ser dueños de nuestro destino”.

 

La Antigüedad vivía con la esperanza de refutar el sufrimiento; el cristianismo, con el afán de exaltarlo, y nosotros vivimos intentando negarlo, huimos de él como la peste, ni siquiera queremos considerar la idea de que exista.

 

Desde que nuestras sociedades se preocupan solamente por la felicidad, hablan más que nada del sufrimiento.

 

Para que la satisfacción sea completa hay que caminar al paso del tiempo, madurar poco a poco los proyectos, evitar la precipitación que da al traste con los más bellos proyectos. No llamamos sufrimiento a lo que sólo es signo de inconclusión.

 

En resumen, una vida sin lucha, sin lastres, sin esfuerzo de ningún tipo, una vida que fuese una línea recta en lugar de una pendiente espacarpada  (Jenofonte) sería también un monumento a la languidez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mientras Agonizo

La muerte en Mientras Agonizo de William Faulkner y en la Hojarasca de García Márquez.

 

Juan Carlos Mayor.

 

La muerte y la conciencia de la finitud nos interpelan por el sentido de nuestra vida y  nuestro quehacer. De tal forma, que toda cultura crea todo un entramado de significaciones frente al hecho certero de la desaparición, pero  a pesar  que el paso de cada quien por la tierra sea transitorio, también  los humanos como colectivo buscan la eternidad y la lucha contra el olvido. Las religiones buscan darnos una explicación del mas allá,  en el caso del cristianismo la promesa de una vida futura, garantizada por Dios para los elegidos por él. Sin embargo,  a pesar de la linealidad y el tiempo de los relojes de la modernidad, las culturas han tenido conciencia de un tiempo circular ,  que después de la muerte, de alguna manera vuelve y retoña la vida.

 

A pesar de las similitudes de la obra en cuanto algunas técnicas narrativas y frente a la misma temática tratada, las diferencias  comienzan a marcarse por la cosmovisión de las culturas que recrean Faulkner y García Márquez. Los Bundren son una familia pobre y periférica dentro del sistema capitalista, que trabaja en el algodón en el sur de los Estados Unidos,  explotados por los comerciantes y en especial por Tull quien siempre observa a Cash, el carpintero, con el deseo de tenerlo en sus huestes y con el deseo que trabaje con el mismo amor y dedicación que le hizo la caja mortuoria a   su madre. La profundización psicológica que Faulkner hace de sus personajes obedece también al mismo proceso de individuación de la sociedad norteamericana. Anse, el padre de la familia, permite observar el peso de la religión en la formación del capitalismo en los Estados Unidos, pues además de considerarse un elegido de Dios buscará la maximización de sus intereses: “Yo soy un elegido del Señor, porque El castiga a los que ama. Pero que me cuelguen si su forma de demostrarlo no es extraña. Pero ahora voy a ponerme los dientes. Y va a ser un consuelo. Vaya que sí[1].

 

 Cora Tull en cambio demuestra la hipocresía que se esconden detrás de estos preceptos religiosos, pues a pesar de tener en cuanta el deber social y las normas sociales, piensa en si misma al mercadear sus pasteles sin comprender la rabia y la soledad de Addie, la esposa de Anse, en su hora de despedida. Faulkner   nos relata las dificultades de esta familia para realizar el proyecto colectivo de enterrar a su madre, no sólo por el peso y la perdida que juega el muerto en cada uno de ellos, sino por el papel que juega la culpa en cada uno de sus hijos,  y los intereses personales que se esconden en cada uno de los personajes.

 

En la obra de García Márquez se descubre que los pueblos latinoamericanos, y en particular el colombiano, estuvieran condenados a repetir su historia. La familia del coronel que se ha sentado en Macondo con sus recuerdos y tradiciones,  huyendo  de las guerras civiles, está condenada a desaparecer, pues debe enfrentarse a la hojarasca, a ese juego de espejismos y de ilusiones que crea las repetidas “bonanzas económicas”: banano, petróleo, coca, pero que al final, lo único que dejan es una estela de destrucción y muerte.

 

El coronel  representa los valores de una sociedad tradicional moribunda, pues a pesar que pretende cumplir los códigos de honor y lealtad, se queda corto para entender los cambios que se producen en una sociedad periférica capitalista. El coronel se enfrenta con instituciones sociales fragmentadas, a un Estado corrupto, pues hasta debe comprar el certificado de defunción al Alcalde para cumplir con el deber social de enterrar a su amigo el Doctor. Y si en la obra de Faulkner los personajes interiorizan de cierto modo la religión, en la Hojarasca encontramos el carácter meramente ritualista de la religión católica,  si todos esperaban con ansiedad la llegada del nuevo cura al pueblo, después lo verán despreocupado  descansando en una hamaca:  “El cachorro prefiere orientar al pueblo en relación con los fenómenos atmosféricos. Tiene una preocupación casi teológica por las tempestades. Todos los domingos habla de ellas. Y su prédica, por eso, no se basa en los Evangelios, sino en las predicciones atmosféricas del almanaque Bristol[2]. La religión cumple así más el papel de inmovilizar las relaciones sociales, que cada uno cumpla su rol y excluir al diferente, incluso posteriormente el cura Angel se negará a enterrar al Doctor por ser ateo y haberse ahorcado como un condenado.

 

La salida del Doctor de la casa del coronel genera en cierta forma su fin y el escarnio público que el coronel trata de evitar,  cuando Meme se atrevió ir a la iglesia como una de las señoras,   muestra  el ostracismo  de la relación entre el Doctor y Meme, pues se impidió comprender la  diferencia que el primero  representaba   como un extranjero, y por otro, la huida de la segunda o su muerte precita el olvido. En últimas, queda el fracaso de la movilidad social dentro dicha sociedad.

 

Existe una muerte  social  en Macondo con la aparición del olvido, pues hay un tiempo subjetivo, estático en los personajes, donde las mismas nociones de tiempo y espacio se paralizan, mientras el tiempo cronológico es marcado con la llegada del tren. Isabel tal vez sea el mayor ejemplo de lo anterior,  termina casada por las conveniencias del padre, su esposo Martín es un ser evanescente,  sólo le queda la imagen de los cuatros botones,  en su matrimonio ve el reflejo de su madre muerta y su hijo parece  un ser fantasmático igual que su padre. Por último, el cuadro de destrucción de Macondo lo cierra la violencia política creada por los mismos políticos, que para crear la tensión y el interés electoral atizan el fuego, y  en últimas consiguen la perpetuación de su poder político y la dominación social.

 

A continuación, después del anterior marco general se realiza una interpretación de cada de una de las obras, para terminar con una breve conclusión.

 

1. La muerte  en Mientras Agonizo de William Faulkner

 

En Mientras Agonizo de Willliam Faulkner la trama se desarrolla en torno a la muerte de la Madre, Addie, y muestra su impacto  en el núcleo de una familia y   a través de los monólogos interiores nos enteramos de los conflictos familiares desde diversos puntos de vista. Así, que la promesa que Anse hace a Addie de enterrarla en su pueblo es a su vez una venganza  por el desengaño con el esposo:”Fue entonces cuando aprendí que las palabras no sirven para nada; que las palabras no se ajustan a lo que tratan de decir…El tenia una palabra. Amor, lo llamaba él. Pero yo llevaba mucho tiempo habituada a las palabras. Supe que aquella palabra era como las demás: una forma para llenar una carencia. [3]  Addie quiere ser enterrada en Jefferson lejos de New Hope, la tierra de los Bundren, y convertirse en una carga después de muerta por orgullo y por su corazón roto. Los hijos como tal también cargarán con las culpas de los padres, y en el viaje a Jefferson a sepultar a su madre  cada una realiza a su modo el duelo, para recomponerse nuevamente a la vida, con excepción de Darl que quiere transgredir el ritual, quemando a su madre antes de tiempo. De esta forma quedara excluido de la familia en el manicomio de Jackson. Anse consigue una nueva mujer,  el dinero para su caja de dientes y un gramófono para divertir a los muchachos. Los demás miembros de la familia, a excepción de Darl, continúan con sus ilusiones, pues como lo recuerda el Doctor Peabody: “Recuerdo que cuando yo era joven creía que la muerte era un fenómeno del cuerpo; ahora sé que no es más que una mera función de la mente- y de la mente de los que sufren la pérdida- los nihilistas dicen que es el final; los fundamentalistas, el principio. Cuando en realidad no es más que un inquilino o una familia que se muda de una casa o una ciudad”. [4]

 

En Mientras Agonizo la muerte no surge  de improviso, por el contrario, parece haber premeditación de parte del muerto como de su entorno familiar. Addie decide donde quiere ser enterrada, observa la preparación de la caja mortuoria por parte de su hijo Cash y hasta decide cuando morirse. Darl menciona: “Aguantará hasta que esté terminada. Aguantará hasta que todo esté listo, hasta el momento que ella juzgue conveniente”[5].  Como la misma Addie lo dice:”mi padre solía decir que la razón para vivir era prepararse para estar muerto durante mucho tiempo”[6]. Addie siente cumplida su misión, pues le da a Anse los dos últimos hijos como reparación, después del hijo del pecado y del amor que fue Jewel. De todas formas, el ceremonial de la muerte sufre una irregularidad cuando  Jewel y Darl salen de trabajo por exigencia de Anse, en vez de acompañarla en la inmanencia del final de su madre.  Cora, como postandarte del punto de vista moral, lo afirma:”Así que cuando llegue mi hora postrera, estaré rodeado de caras amantes, y me llevaré el beso de adiós de quienes me quieren como una forma de recompensa. No como Addie Bundren que se esta muriendo sola[7]. Así, La muerte asume un carácter inevitablemente social y enfrenta a los vivos con su finitud. De esta forma, los efectos y la conmoción que produce la muerte varía. Para los extraños, pero cercanos a  la familia es un deber social, a pesar que su presencia se haga incómoda. Así, vemos como Cora Tull vive más  preocupada  por el mercadeo de sus pasteles, que el sufrimiento de la agonizante e incluso para los extraños que presencia el viaje, no deja de ser incomodo la visita de  una carreta pobre con la hediondez de un cadáver. Dentro de la misma familia la presencia de la muerte no agota las ilusiones ni sueños de los que viven, y que en la novela revela algo de humor negro del autor  quitándole su pomposidad. Darl le dice a Dewey Dell: – quieres que se muera y así poder ir a la ciudad, no es eso?[8]  , pues para ella lo más  importante es llegar a Jefferson y encontrar las drogas abortivas que enterrar a su madre, pues quiere evitar el hijo de Lafe se convierta en una carga, como su madre también lo fue para ella y para   sus otros hijos. Anse cumple su promesa de sepultar a su mujer en Jefferson, pero le sirve para conseguir mujer y una caja de Dientes. Vandarman, aunque más traumatizado por la muerte que el niño de la Hojarasca,   en la asociación que realiza entre el pescado y la madre, en clara alusión a la alegoría cristiana resucita a su madre, pues existe la misma forma imaginaria y metafísica con la que la muerte se hace soportable, pero también en la persecución de los cuervos se hace presente lo físico de ella. La llegada a Jefferson es la ilusión de la navidad, de comer plátanos y de ver el juego de trenes en una vitrina donde se incorpora nuevamente la vida. Jewel logró cumplir su papel de redentor y logra salvar a su madre dos veces tanto del agua y del fuego. Darl también por su intuición y reflexión quería acabar la farsa de una vez, pero termina pagando un precio alto, pues su tono revelador de los secretos familiares lo convierten en indeseable para  su hermana Dewey Dell.

 

2. La muerte en la hojarasca de Gabriel García Márquez.

 

La   novela  relata la tragedia de los habitantes de Macondo que quieren vengarse del Doctor, no sólo por no haber atendido los heridos producto de  la contienda electoral, y  cumplir así las normas mínimas de una ética , sino por lo que éste representa:  la soledad, un extranjero, un hombre incomprendido, desencantado de Dios y derrotado, que se autoexcluye del mundo, deja de leer periódicos, y ni siquiera lucha cuando  la compañía bananera le quita sus pacientes, o se inmuta para presentar  el título de médico ante la nueva exigencia del  gobierno para practicar la profesión. Prefiere encerrarse y acostarse en la hamaca y convertirse en un muerto viviente, que se alimentaba de las hierbas que comen los burros, casi un animal, lascivo y ordinario, como nos cuenta los monólogos de Isabel, y  sus pocos contactos son Meme, su concubina, quien desaparece misteriosamente cuando cierra la tienda, y el coronel, quien termina compadeciéndose  de él, pero que cumple la promesa de enterrarlo, en parte como agradecimiento por haberle salvado la vida, y ante todo como un deber moral . En este sentido, se puede crear una analogía entre La Hojarasca y la Antígona de Sófocles. El coronel tiene el mismo deber de sepultar a su amigo, como Antígona de enterrar a su hermano Polinices, que es castigado por luchar contra su mismo pueblo. Y así como su hermano Etocles es enterrado con honores por haber defendido la ciudad, en la hojarasca tenemos la figura del Cachorro, el cura del pueblo, que en la obra sugiere indicios de ser hermanos del Doctor, y que se muestra como su opuesto, muere con honores y ejerce capacidad de liderazgo del pueblo , y no precisamente a través de la prédica religiosa sino por medio de la predicción de los fenómenos atmosféricos en el almanaque Bristol, que en cierta forma refleja lo estático de las relaciones sociales y la parálisis del tiempo en Macondo. De este modo, la novela   presenta la confrontación entre un pueblo que quiere exorcizar la soledad de Macondo, y la lucha del coronel por los valores perdidos de una sociedad tradicional  debido a  la descomposición que ha dejado la Hojarasca.

 

La novela la presentan tres narradores: El niño, Isabel, y el  coronel, representando cada uno la niñez, la madurez y la vejez.  Existe una voz en plural, la de los fundadores de Macondo   frente al resentimiento de los advenedizos,  que comenta cómo la fermentación entre el tren y la hojarasca  se incorpora a los gérmenes de la tierra. El niño inicia el monólogo, y desde el comienzo siente frío y  extrañeza frente a  los acontecimientos. Es decir, enfrenta el ritual de la muerte, primero a través del olor a desperdicios. Luego, entra a percibir al Doctor, hasta que poco a poco reconoce la putrefacción: “Estarás así, estarás dentro de un ataúd lleno de moscas. Apenas vas a cumplir once años, pero algún día estarás así, abandonado a las moscas dentro de una caja cerrada”[9].   Pero, cuando el abuelo ordena  abrir una de las ventanas aparece la luz, y con ello el simbolismo de una muerte imaginaria, que  la hace soportable. Incluso  como en los rituales de la antigüedad se la simboliza como un viaje:”Y desde sus brazos veo otra vez el pueblo, como si regresara a él después de un viaje[10]. Es decir, las cosas adquieren una nueva dimensión, y se instaura un tiempo cíclico. El niño refiriéndose al doctor dice:” Ahora está de viaje otra vez. Lo más natural es que el último se lleve las cosas que lo acompañaron en el penúltimo. Por lo menos, es lo más natural”[11]. Posteriormente,  los monólogos del niño se harán más tenues en la novela  y se referirán al recuerdo de la escuela y de sus  amigos, en especial  de Abraham, quien a pesar de acompañarlo para ver desnuda a Lucrecia en el marco de una ventana, vive una atracción por su compañerito. Posiblemente, las tendencias homosexuales derivan de un padre ausente, para su misma madre su  hijo va  adquiriendo un aspecto fantasmático, pues  se parece tanto a su padre, que sólo le faltan los cuatro botones.  El  monólogo del niño cierra el libro,  cuando  se inicia la acción, pues  van a sacar el ataúd y aparecen los alcaravanes como señales de la putrefacción, pero el niño   tiene ganas de ir atrás, esconderse,  la muerte se hace soportable desde lo imaginario  y lo fantasioso. Como le   ha contado Ada: “Con los jazmines sucede lo mismo que con las personas, que salen a vagar de noche después de muertas”[12]

 

Isabel, en cambio, representa el principio de realidad, aunque se conforma con los principios de la sociedad patriarcal.  Está allí por su padre y trae al niño para disimular la pena. Siente que si estuviera Meme por lo menos tendrá alguna justificación de estar presente, pero   en el fondo  está de acuerdo con la venganza del pueblo, pues piensa que el Doctor no es más que un ordinario, un lascivo y un desagradecido, que no supo quiso  atenderla cuando estuvo enferma, aunque después nos enteramos por el monólogo de su padre que ella estaba embarazada y posiblemente de otro hombre. Incluso no reconoce que la guajira,  como concubina, pudo recibir algunos beneficios económicos del Doctor, producto de la bonanza inicial del él con los pacientes de Macondo,  además le da la fuerza  para desafiar la sociedad de su tiempo vistiéndose como una señora para ir a misa, sin embargo, grotescamente.   Para Isabel, Meme es la lucha contra el olvido, el recuerdo de los fundadores de Macondo y el de   su propia madre: “A todas partes llevaron su extravagante y engorroso cargamento; los baúles llenos de ropa de los muertos anteriores al nacimiento de ellos mismos, de los antepasados que no podrían encontrarse a veinte brazas bajo tierra; cajas llenas con los útiles de cocina que se dejaron usar desde tiempo atrás y que habían permanecido a los más remotos parientes de mis padres[13] . Y Así como Addíe reniega de Anse en Mientras Agonizo de William Faulkner, Isabel se queja de Martín, un esposo  irreal y  supersticioso, e incluso el matrimonio para ella es su propia muerte social, pues se observa en  el espejo de  la imagen de su madre,   el vestido de novia de la madre   le sirvió  de mortaja. Isabel,  representa el tiempo detenido de los habitantes de Macondo: “Mientras se mueva algo, puede saberse que el tiempo ha transcurrido, antes no. Antes de que algo se mueva es el tiempo del sudor, es el tiempo eterno del sudor, la camisa babeando sobre el pellejo y el muerto insobornable y helado detrás de su lengua mordida”[14].

 

El abuelo es el valor moral de los fundadores, la cúspide social de Macondo que se enfrenta a la imbecilidad, la ebriedad y la cobardía del alcalde, y en general, a la corrupción política del pueblo. En un trasfondo político de su pasado  de guerras civiles se establece en él el honor militar, el valor de la palabra y la honorabilidad, la relación  entre el coronel y el Doctor se guían por tales principios, y cuando lo saca de su casa le dice que ha incumplido esos códigos, y se siente culpable, pus sabe que se ha dejado llevar por los prejuicios de su mujer, Adelaida. El con su vejez y cojera muestra la extinción de su mundo tradicional, como él mismo afirma: “A la hojarasca la habían enseñado a ser impaciente; a no creer en el pasado ni en el futuro. Le han enseñado a creer en el momento actual y a saciar en él la voracidad de los apetitos”[15].  El Doctor le dice al coronel acerca de su manera simple de felicidad: de inventarse cosas y de mantenerse activo a través del trabajo, pues como dice Isabel: “Todo parece destruido desde cuando no volvimos a cultivar el romero y el nardo; desde cuando mi mano invisible cuarteó la loza de navidad en el armario y puso a engordar polillas en la ropa que nadie volvió a usar. Donde se afloja una puerta no hay una mano solicita a repararla.  Mi padre no tiene energías para moverse como antes…”[16].

 

3. Conclusiones

 

En las dos novelas  existe la putrefacción de los cuerpos, la alusión a las  aves negras que toca con lo insoportable de la muerte, pero en ambos también existe la metáfora del viaje y del eterno retorno. Finalmente, se puede hablar de una muerte social. En el caso de la Hojarasca, el Doctor por su postración y su soledad, y en el caso de  Isabel  cuando  se observa en el en espejo de la madre al casarse con Martín. En el caso de Mientras Agonizo, Addie , se prepara y ya esta muerta antes de su entierro, e igualmente la resignación de Anse puede tomarse de la misma forma, pues como dice Dewey Dell: “Parece un novillo al que le acaban de dar una puntilla y ya no tiene vida y sin embargo aún no sabe que está muerto”[17]. Podemos concluir, que los dos autores nos llevan  la reflexión de la muerte, para que el lector encuentre el valor de la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

[1] William Faulkner. Mientras Agonizo. Barcelona: Ediciones Anagrama, 2000. p 104.

[2] . Gabriel García Márquez. La Hojarasca. Editorial Cuerpo Médico Colombiano,   1975, p 98.

 

[3] William Faulkner. Mientras Agonizo, op cit, p 160.

[4] Ibid, pg 48.

[5] Ibid, pag, 27.

[6] Ibid, pag,158

 

[7] Ibid, pag, 31

[8] ibid, pag, 44.

[9] Gabriel García Márquez. op cit, pag  22.   

[10] Ibid. pag. 28.

[11] Ibid, pg. 28.

[12] Ibid, pag, 67.

[13] Ibid, pg. 38.

[14] Ibid. Pg 63.

[15] Ibid, pg 124.

[16] Ibid,pg. 130.

[17] Faulkner.op.cit. pg 161.

 

 

 


 

 

 

 

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La Historia más bella de la Felicidad

 

Del libro la Historia Más Bella de la Felicidad. Barcelona: Editorial Anagrama, 2005

Acto I.

En los orígenes de la sabiduría

Escena uno

Una Antigüedad búsqueda.

André Comte-Sponville.

¡ Pensar mejor ayuda a vivir mejor!

Para Epicuro hay que gozar todo lo posible y sufrir lo menos posible, pero para lograrlo hay que aprender a limitar los deseos.

La ética epicúrea se presenta como un trabajo del deseo sobre sí mismo, como una voluntad de seleccionar, entre los deseos, los que pueden conducir a la felicidad y, al contrario, rechazar los que nos condenan a una búsqueda indefinida y por consiguiente a la insatisfacción y la desdicha.

Todo placer es en sí mismo un bien, afirma Epicuro, pero todos los placeres no son equivalentes, porque los hay que ocasionan más sufrimientos que satisfacciones.

Para Epicuro la filosofía es una especie de racionalización de la prudencia. El asunto es vivir de la manera más inteligente posible, con el fin de gozar todo lo posible.

Los únicos deseos absolutamente buenos son los naturales y necesarios, sean éstos necesarios para el bienestar del cuerpo ( disponer de ropa y techo) o para el bienestar del alma, es decir, para la felicidad (es el caso de la amistad y de la filosofía).

Filosofar? Vasta con que te pongas a ello y esto te procurará amigos. ¿ Comer y beber? Es raro que no se pueda hacer.

La posición de Epicuro ante la muerte se resume en una fórmula: “ La muerte no es nada para nosotros. Por qué? Porque todo lo que existe  para nosotros existe en la sensación, ahora; el que ha muerto ya no siente nada. Jamás nos encontraremos mi muerte y yo.

Según los epicúreos, la felicidad hace la virtud; según los estoicos, la virtud hace la felicidad.

Es la gran dicotomía estoica: o bien deseas lo que depende de ti o bien deseas lo que no depende de ti. Si deseas lo que no depende de ti, sometes tu felicidad al azar, eres esclavo de lo que no depende de ti, de una crisis económica, de un accidente… Si, por el contrario, sólo deseas lo que depende de ti, entonces tus deseos serán siempre satisfechos, porque satisfacerlos depende, por definición, solamente de ti.

El sabio consiente todo lo que ocurre, porque eso no depende de él. ¡ Pero de ningún modo deja de actuar! Por el contrario: su sabiduría es también una sabiduría de la acción. Si se trata de lo que él depende, el sabio sólo se abstiene de lo que está mal, de lo que parece indigno de él o incompatible con su libertad. En todo lo demás, hace en plenitud lo que él depende. Si el epicureísmo es un arte de gozar, el estoicismo es un arte de querer.

 

¡ De nosotros depende aceptar lo que no depende de nosotros!

La sabiduría es un arte de gozar y también un arte de querer. Pero ni el arte de gozar ni el de querer nos pueden garantizar la felicidad, porque la felicidad es también una buena hora. Es decir, un golpe favorable, una buena fortuna, en suma, un asunto de azar y suerte.

Siempre tendremos deseos insatisfechos y por consiguiente jamás estaremos plenamente felices. Por ello la felicidad es un ideal, escribe Kant, “ no de la razón sino de la imaginación”.

En nuestro mundo la felicidad y la virtud no marchan juntas, no porque sean incompatibles, sino porque nada garantiza su conjunción, su proporción, su armonía, nada asegura que el hombre virtuoso alcance la felicidad.

Debemos ocuparnos menos de lo que nos puede hacer felices que de lo que nos hace digno de serlo. Es el principio de la moral: “ Actúa de tal suerte que seas digno de ser feliz”.

La única manera de actuar virtuosamente es actuar bien sin esperar nada a cambio.

La desgracia de la humanidad nos impide ser plenamente felices. La modernidad nos ha enseñado que felicidad y virtud no andan necesariamente a la par y que incluso a veces se pueden oponer.

Toda verdadera felicidad requiere una relación con la verdad, pues si se vive en la mentira o de las ilusiones sólo se conocen falsas felicidades, venturosas ilusorias.

La sabiduría es la felicidad en la verdad, el máximo de felicidad en el máximo de lucidez. Lo menos que se puede decir es que la moral no basta para eso.

Escena dos

El Deseo Barroco.

La ataraxia epicúrea sería la muerte. La felicidad, para Hobbes, no es un reposo. Es “ una marcha continua del deseo hacia delante, de un objeto a otro, y el apresamiento del primero sólo es la ruta que conduce al segundo. Lo que el hombre quiere por encima de todo no es el placer, es el poder. “ El poder de un hombre consiste en sus medios presentes para obtener algún bien aparente futuro”.

Es poco probable que el malvado sea verdaderamente feliz, pues el que desea el poder, la fortuna o la gloria jamás tendrá suficiente, siempre querrá más: es el tonel de las Danaides. Si ser feliz es tener lo que se desea, el hombre apasionado de Calicles nunca será feliz: apenas obtiene una cosa ya quiere más; está condenado a  la insatisfacción.

La felicidad puede residir en la satisfacción de nuestros deseos si deseamos lo que hacemos o lo que es ( lo que no falta).

Lo que hace la felicidad no es la carencia sino el placer, no la esperanza sino el amor y la acción.

La felicidad no está en el tener, pero tampoco en el ser. Está en el actuar: el hombre sólo puede disfrutar verdaderamente de lo que hace. La única felicidad humana es una felicidad en acto, una felicidad en la acción.

Quien soy? Casi nada. Qué me espera? Nada: la nada, la muerte.

Fingimos ser felices para olvidar que no lo somos y que vamos a morir.

Quien estuviera plenamente feliz, ya nada tendrá que esperar. Es lo que se llama la sabiduría.

La felicidad espinosista es, en esto una felicidad desesperada, una felicidad que nada espera. Le basta con lo real.

La sabiduría consiste en ya no esperar la felicidad, es la única manera de vivirla.

Escena 3

La paradoja de los filósofos.

¡ Que bueno es no ser desdichado! ¡ Que bueno es saber que la alegría es posible inmediatamente!

Sobre esa alegría hay que construir la dicha y no sobre una felicidad inaccesible. Si esperas, para ser feliz, que se cumplan todos tus deseos, nunca lo serás. Mejor proceder a la inversa: ¡ ser feliz es no ser desdichado!

La dicha ocurre cuando no se es desdichado, pero también, y sobre todo, cuando la alegría parece inmediatamente posible, a fortiori cuando es real. No siempre está allí, va y viene, pero nada insuperable nos separa de ella.

Saben que va a llegar en esa jornada, en esa semana, que habrá momentos de  alegría, quizá intensos, a veces difusos, que basta para justificar una existencia, para darle ese sabor, aunque a veces amargo, de la dicha.

No hay una dicha absoluta ( no hay felicidad), pero, mientras no seamos desdichados, somos más o menos dichosos, o casi felices. Ser casi feliz ya es una gran dicha.

Los que son felices ya no tienen que buscar otra cosa que no sea su vida tal cual es, tal cual ocurre, como se inventa o se trasforma de instante en instante.

La mayor felicidad es la experiencia de un instante- se diría que la eternidad- en que no se plantea la cuestión del sentido, porque la vida aquí y ahora basta para colmarnos.

El verdadero secreto de la felicidad es que sólo se obtiene si se deja de buscar, y no porque se la haya encontrado, sino porque se ha comprendido que lo que importa no es la felicidad- que en el fondo sólo es una idea, un ideal- sino la vida real tal cual es, dichosa o desdichada.

Sólo puede ser feliz quien ama la vida por encima de la felicidad. “ la felicidad es una recompensa que llega a quienes no la han buscado”.

Se trata de aprender a vivir, a gozar y a disfrutar, es decir, se trata de aprender a amar. La vida sólo vale para quien ama la vida. También lo ha expresado Alain: “ La vida es deliciosa por sí misma, más allá de sus inconvenientes”.

Sólo te aburres cuando dejas de prestar atención y pasas a esperar. Si deseas la riqueza, mientras no la tienes, constatas el vacío de la fortuna que te falta; si esperas una determinada historia de amor que no vives, tu vida estará vacía de aquel amor y te vas a aburrir. No es que la vida esté vacía; se vacía cada vez que deseamos algo diferente de ella misma.

Amar  verdaderamente la vida no es sólo amarla cuando es feliz, a condición de que sea feliz, sino amarla en su totalidad, dicha o desdicha, placer y sufrimiento, tristeza y alegría. Continuamente vivimos en los momentos desdichados, porque hay en nosotros algo que resiste, que insiste, algo que ama, por lo tanto  también algo que amamos.

No hay más alegría que amar, no hay amor que no sea de alegría ( incluso en las penas de amor: lo que nos tortura es la alegría que se marcha  o se niega). Ahora bien, hemos visto que el contenido verdadero de la felicidad es la alegría real o posible. Lo que equivale a decir que sólo existe la felicidad de amar.  ¿Cómo podría ser feliz el que no  amara nada ni a nadie, el que ni siquiera se amara a sí mismo? “ sin amigos”, decía Aristóteles, nadie elegiría vivir.

Acto II.

La Invención del Paraíso.

Jean Delameau.

Cuando se la piensa como eterna, la felicidad es un acto de fe: exige creer en un Dios que reconciliará a la humanidad consigo misma en torno de su persona y en su amor. Esa felicidad pertenece al orden del misterio; no se describe, se espera. Está más allá de toda localización o imaginación, describirla ya sería perderla.

La última mística que nos queda a nosotros, modernos, es justamente esa esperanza en un paraíso interior y en una felicidad por descubrir en uno mismo.

Pues quien cree en el cielo y quien no cree se reúnen en torno a las tumbas para sacar a los muertos de su silencio y para salir ellos mismos de un presente donde ya no están aquellos a los que se han amado. Pero el Cristianismo no es una religión de élite: propone  a todos esta esperanza del reencuentro e incluso especialmente a los más desheredados y que menos han conocido la felicidad en la tierra.

La promesa de la felicidad no se funda en una nostalgia del pasado, sino que indica un camino en medio del cual se encuentra la llegada de Jesús y su resurrección. La muerte y la resurrección de Cristo nos hace comprender que también nosotros estamos llamados a esta divinización futura.

Entre el combate entre lo pasajero y lo eterno, no es difícil adivinar qué felicidad importa más al cristiano.

Todos los elegidos estarían inmersos en un estado paradísiaco que no conoce límites de tiempo y espacio. Está felicidad será, desde luego, personal, realización de uno mismo. Pero también resultaría de la comunión con todos los demás elegidos y con Dios, que entonces se vería cara a cara.

Ver a  Dios hace feliz porque equivale a ver el amor cara a cara. La fómula “ Dio es es amor” se encuentra en la primera epístola de San Juan. Me parece que sería deseable redactar un Credo  para nuestros contemporáneos, que comenzara con la formulación: “ Dios es amor”.

Acto III

El sueño de los modernos.

Arlette Farge.

Saint Hyacinthe escribe es su Recueil de divers écrits de 1736: La voluptuosidad es el arte de utilizar los placeres con delicadeza y de saborearlos con sentimiento”.

El libertinaje es la búsqueda del poder por los caminos de la seducción. Eso no impide recurrir al placer; por el contrario. Pero ya es una forma de felicidad el lograr la atención de aquella a quien se seduce y la adquisición de poder sobre su espíritu.

La felicidad tiene entonces olor a rastrojo y a campo: “ Tengo pocas cosas, pero estoy en paz”.

En términos generales, la felicidad está vinculada al placer de los sentidos y al de descubrimiento.

La felicidad no reside en casa. La calle, el vecindario y el barrio aportan dicha y desdicha.

Excitarse, rebelarse y coquetear hace feliz. Complacer, reír, mirar el rostro del otro y concederse algunos favores siempre es garantía de placer.

El hecho de haber depuesto al rey perfila para hombres y mujeres una felicidad posible, que se puede inscribir en la vida de todos los días.

La felicidad está ante todo en esta voluntad de existir y de pensar, e incluso de pensar contra el rey y las leyes, lo que antes era blasfematorio y sacrílego.

La felicidad es así cierta noción de la libertad y de la igualdad.