Una rosa blanca.

Sólo hasta ahora se comprende una decisión del pasado, pues recientemente en un sueño una madre viajó en columpio por debajo de la tierra que quedó desperdigada en el sonido de los cocuyos y en varias melodías, sin que desaparezca tu recuerdo, pues fueron noches fantasmagóricas de conversaciones con ricos manjares y postres en finos restaurantes en una ciudad de rascacielos, que nunca duerme, para terminar en un juego de intensidades sin fin en un desorden sistemático de los sentidos.

Tu poesía fue alquimia cuando alentaste caer en la tentación de una manzana y una imaginación erótica que paradójicamente alejó al reconocer los propios fantasmas para luego ¡tener alas! y salir del mismo imperio de la papa frita, pero a pesar que tiraste el tarot que profetizó la separación, con la ausencia apareció un dolor, un  absurdo y un drama sin sentido, sin que  tus huellas  dejaran de marcar, a pesar del regreso a un país en guerra, pero con la magia de un poema de aeropuertos se dio un reencuentro mirándose a los ojos en un día de acción de gracias, cuando ya se había abierto la puerta giratoria de un reemplazo.

Dejar ser.

Había que romper la rutina con la presión del reloj para entrar a la viveza del día en un campus universitario con el sonido de las chicharras en un reverberar de los árboles y de dos garzas paradas en su pantano para dar espacio a una sensibilidad profunda que abre la pupila gustativa con un yogurt helado de marca, pero la llegada de una manada de cuervos con su vuelo plano creo las ganas de salir de allí, sin olvidar los tiempos de estudiante de mochila con las fichas en una biblioteca interminable en la misma ciudad gris, y el recuerdo de la lectura de las cartas persas en contra del despotismo que aparece ahora la imagen de una mujer con su baile rítmico para tirar su velo en la hoguera en contra de una policía moral.

Te observé por la playa recoger conchas y los palos de marea que trae la mar, pero sabes que ya no tenía nada por ofrecerte y por eso te fuiste, pero ya no queda lamerse las heridas  por lo que podría haber sido y no fue para quedarse a cantar unas tontas canciones de despecho, pues el corazón palpita en intensidad y sabe de un ritual con la fe de los que vuelven a creer, que ya no estoy para torcer el pescuezo a la belleza y burlarse con crueldad de una ilusión cuando sé de los mensajes en visto, de almorzar solo en restaurantes y de funerales vacíos. Puse una velita para que se te diera tu deseo y afortunadamente se dio, que abrió el propio camino a la propia verdad después de un dolor y una larga ausencia.