Carlos Castro Saavedra

 
 
 Maté la bohemía que un día, ya lejano, quiso matarme, y estoy convencido de que el poeta no está condenado totalmente a la miseria. Esta fatalidad, que todavía impresiona a los espíritus locales y conviene a la injusticia social, pertenece a la época ingenua y pastoril en que las grandes mentiras llegaban a convertirse en grandes altares. El poeta es un hombre, antes que todo, y como tal debe luchar, no sólo por la perfección de sus versos, sino también por el pan diario, por el lecho y el techo, por la esposa y el hijo, y por la dignificación de la vida en todos los sentidos. Se acabaron las noches rimadas y los ebrios en los bares que pagan con una moneda de aguardiente. El hombre universal, el poeta, que de verdad lo es, está despierto en medio de sus letras, construyendo, el futuro, haciendo su propio camino y el camino de los otros hombres.
 
Carlos Castro Saavedra. 

Al Diablo la Maldita primavera

 
 
 

Al Diablo la Maldita Primavera

Alonso Sánchez Baute.

Editora Aguilar, 2007.

Faltaba la novela gay en Colombia, alguien que naciera con la banderita del arco iris, y la voz de un narrador describiera una realidad social, que se diga que capta la mente imaginativa de una “ loca” afirmando los sueños de una población marginada.

Siempre fui conciente que poco a poco, cada día más, mi corazón se iba llenando de amargura y mi lengua de veneno: mi gente me evadía y yo le gritaba mis sinsabores; la gente me enfrentaba y yo le inventaba sus verdades; la gente era indiferente conmigo y yo les recordaba sus secretos de su familia, generación tras generación. Así que la gente terminó siendo amiga mía para que no les escupiera mi odio.”

La lengua es un arma de guerra.

Fue así como logré lo que siempre quise: hacerme notar. Quien me conocía no podía dejar de hablar de mí, generalmente mal, lo cual es muy bueno porque eso demuestra que uno va un paso adelante en esta vida.

¡Vanidad cuanto confundes a los hombres!

Lo cierto es que comencé a vestir con prendas de mujer cada viernes en la noche, cuando me iba a rumbear a la Caja de Pandora, y fue así como descubrí que podía reírme de mi misma y acercarme a la gente sin prevención.

Devenir mujer del hombre.

Pero soy de los que digo que la soledad es una constante homosexual. Existen algunos casos exóticos de parejas dizque estables, pero son matrimonios que tarde o temprano acaban porque siempre hay alguien encargado de meterse en la relación.

Construir la amistad virtuosa, un camino.

Lo que pasa es que uno va adentrándose en la mentira y salir de ella puede ser imposible, y lo malo es que con las locas nunca se sabe cuándo se dice la verdad y cuándo no.

¿El asunto es de verdad y de mentiras?

Diego comienza a besarme, y yo me vuelo inmediatamente a Júpiter y dejo que haga lo que quiera, que me acaricie, que me desnude….y me volteo y veo venirse a todo el público, a los espectadores, a quienes estaban concentrados dizque mirando la película cuando en realidad se extasiaban con nuestro deseo.

Producción colectiva del deseo.

Siempre he pensado que tanto sexo que he tenido es sólo por la búsqueda constante de amor.

No sé cuantos se crean eso.

Por eso me encantan los Chat rooms, porque son como los dark rooms: puedes estar con todo el mundo, pero nunca sabrás con quien estás.

La sociedad del anonimato, aunque se terminen por conocer los fantasmas.

Porque que nadie me venga a decir que quiere saber sobre el sida, a no ser nombres nuevos de quiénes son seropositivos, claro está, porque ese es el tipo de información que siempre interesa, pero como no nos dejan publicar los nombres en el magazine, tal cuál se lo sugerí a Miguel Angel, pues toca andar informándose por ahí, por terceras personas, que siempre saben con quién no debemos meternos en esta vida. Porque es que a mí, tristezas ¡ jamás!”.

La seducción del dominado. El sida no es más que una metáfora social, y posiblemente un comportamiento policivo propague más la epidemia, aunque esté fuera de moda, incluso la estrategia de los movimientos gays – en Norteamérica, Europa y Australia- ha sido la lucha contra el silencio y el apoyo y diseño de políticas de salud que atiendan, prevengan y curen dicha enfermedad.

Uno se come el cuento de que realmente Nueva York es el nirvana homosexual y ¡que va!, si Colombia es el paraíso florido y los gays allá vivimos a cuerpo de Rey. O de Reina diré mejor. Y es apenas comprensible. Pienso ahora. Con tantos años de violencia, con la inseguridad de nuestras ciudades, con el temor de salir al campo y ser secuestrado, con toda la historia que ha manchado de sangre nuestras vidas desde muchísimo antes de la patria boba y la reconquista española, cómo no iba a ser posible que la gente terminara entendiendo que hay cosas más importantes que dejarse llevar guiar por prejuicios atávicos, y se convencieron de una buena vez que los homosexuales también tenemos derecho a la ternura.

Edwin Rodríguez, el personaje de la novela, no es tan imaginativo como podría pensarse, acepta la realidad de la violencia Colombiana, incluso posiblemente ha realizado la lectura del libro el Derecho a la Ternura del psiquiatra Luís Carlos Restrepo, actual comisionado de paz, ya antes nos había dicho que su sueño era vivir en Francia, Dinamarca y Holanda donde no importa el que dirán y se puede ser feliz.

A mi lo único que me preocupa en esta vida es la vejez, cuando pase los cuarenta y ya no tenga amigos ni pueda ir a los saunas a levantarme gatitos sin que ellos me vean como un vejete pervertido, igualito que a los mariditos que se les escapan a sus esposas y se van para Apolos Club dizque a desestresarse. Y por eso también tengo muy claro que mientras no llegue a esa edad maligna debo acostarme con todos los hombres que se me atraviesen, porque idéntico a los modelos, ya nadie requerirá mis servicios.

¿El mito de la eterna juventud? Acelerarse hasta que se llegue a la maldita vejez, que finalmente llega, se reconoce la invisibilidad social para los adultos mayores, que tendrán que rebuscarse una sexualidad pagada.

Una historia sin historia, que encontrará la justificación de un mundo ilusorio, verosímil hasta un punto, y no podrá negarse como experiencia de la ficción novelada de un escritor.