El Lugar sin límites- José Donoso


El  Lugar sin Límites
1967.

En la obra de José Donoso El Lugar sin límites, la Manuela huye inútilmente a la Estancia de Don Alejo, el dueño de El Olivo, para morir en manos de sus dos perseguidores Pancho y su cuñado Octavio. Se consuma así una atracción fatal entre Pancho y la Manuela, al caer bajo la mirada escrutadora de su cuñado quien descubre su “marcada”  al besar  a la otra mientras ella baila artísticamente,  que la forma de resarcir la hombría se ejerce con la eliminación de quien ejerce la atracción.

 

 Pancho quiere: “Que Octavio no sepa. No se dé cuenta. Que nadie se dé cuenta. Que no lo vean dejándose tocar y sobar por las contorsiones y las manos histéricas que no lo tocan, dejándose sí, pero desde aquí desde la silla donde está sentado nadie ve lo que sucede debajo de la mesa, pero no puede ser, no puede ser y toma una mano dormida de la Lucy y la pone allí, donde arde.”[1]

 

Manuela sabe desde el inicio de que Pancho volverá,  un bruto, pero al que se siente  atracción, pues con esas  manazas  sueña: “pero hoy Pancho. Un año llevaba soñando con él. Soñando que la hacía sufrir, que le pegaba, que la violentaba, pero en esa violencia, debajo de ella o adentro de ella, encontraba con qué vencer el frío del invierno”[2].

 

 

¿Quien es Manuela? ¿Hombre o Mujer? Tejiendo y conservando su vestido rojo de lunares para el baile español porque ella sabe quién es mujer y cómo se es mujer, una artista, su forma de ser nombrada ya es todo un juego de disfraces. Ella misma dice que sólo tiene “un hace pipi para orinar”, pero paradójicamente la Japonesita   Grande, una prostituta, “curtida en hombres”, logra ganarle la apuesta a Don Alejo mientras se celebraba  su victoria como senador en el burdel. Bajo su mirada,  la Japonesita Grande logra acostarse con una “loca” que parecía irredimible, y adquirir la propiedad del burdel que compartirá con la Manuela:  “ dime que nunca con ninguna mujer antes que yo, que soy la primera, la única, y así voy a poder gozarme linda, mi alma, Manuelita, voy a gozar, me gusta tu cuerpo aterrado y todos tus miedos y quisiera romper tu miedo… yo te estoy haciendo gozar porque soy la macha y tú la hembra, te quiero porque eres todo, y siento el calor de ella que me engulle, a mí, a un yo que no existe, y ella me guía riéndose, conmigo porque yo me río también, muertos de la risa los dos para cubrir la vergüenza de las agitaciones, y mi lengua en su boca y que importa que estén mirándonos desde la ventana, mejor así, más rico, hasta estremecerse y quedar mutilado, desangrándome dentro de ella mientras ella grita y me aprieta y luego cae, mijito lindo, qué cosa más rica, hacía tanto tiempo, tanto, y las palabras se disuelven y se evaporan los olores y las redondeles se repliegan, quedo yo, durmiendo sobre ella, y ella me dice al oído, como entre sueños: mijita, mijito, confundidas sus palabras con la almohada[3].”

 

La japonesa Grande desengañada de los hombres  piensa a la Manuela como hombre: “Fácil quererlo. Quizá llegaría a sufrir por él, pero de otra manera, no con ese alarido de dolor cuando un hombre deja de quererla, ese descuartizarse sola noche a noche porque el hombre se va con otra o la engaña, o le saca plata, o se aprovecha de ella y ella, para que no se vaya, hace como si no supiera nada, apenas atreviéndose a respirar en la noche junto a ese cuerpo que de pronto podía decirle que no, que nunca más, que hasta aquí llegaban… ella puede excitarlo, está segura, casi sin necesidad de esfuerzo porque el pobre tipo por dentro y sin saberlo ya está respondiendo a su calor. Si no fuera así jamás se hubiera fijado en él para nada.[4]

 

La japonesita, mujer más bien desaliñada  hereda el burdel, después de la muerte de su madre, y aunque se  referirá a la Manuela como su padre, se puede sospechar que el verdadero  es Don Alejo, le ofrece los vinos más baratos  y hereda la avaricia de consignar semanalmente en Talca lo producido en el negocio, e incluso le cortará su ambición por negarse a venderle la casa, y así  aumentar los viñedos en un pueblo fantasmal sin luz eléctrica.

 

La Manuela choca contra la japonesita al llamarle padre, se juega una rivalidad por alcanzar lo femenino: “Déjame tranquila. Papá de nadie. La Manuela nomás, la que puede bailar hasta la madrugada y hacer reír de una pieza llena de borrachos y con la risa hacer que olviden a sus mujeres moquillentas mientras ella, una artista, recibe aplausos, y la luz estalla en un sinfín de estrellas.”[5] La japonesita lucha con su ambigüedad: “Podía odiarlo, como hace un rato. Y no odiarlo. Un niño, un pájaro. Cualquier cosa menos un hombre. El mismo decía que era muy mujer. Pero tampoco era verdad. En fin, tiene razón. Si voy a ser puta mejor comenzar con Pancho.”[6]

 

La Manuela fija sus principios de autodestrucción desde el inicio redimiéndose de su soledad con un hombre que le parecía atractivo, pero un estúpido, y ya de loca vieja sigue soñando, repitiendo: “Que hagan lo que quieran con ella, trienta hombres. Ojalá tuviera otra edad para aguantar. Pero no. Duelen las encías. Y las coyunturas, ay, como duelen las coyunturas y los huesos y las rodillas en la mañana, que ganas de quedarse en la mañana, que ganas de quedarse en la cama para siempre, para siempre, y que me cuiden”[7].

 

Deleuze insiste que el origen del masoquismo es la fantasia[8], y que no existe repetición sin repetidor, ni repetido  sin alma repetidora[9]. El destino de la Manuela parece cifrado y las siguientes frases de la japonesita cantan su fin premonitorio: “Los hombre  le convidan trago, él baila, se vuelve loco y sale de fiesta con ellos por ahí… es que se le calienta la jeta con vino y van a Talca y a veces más lejos”.[10]

 

Pancho vive sometido a deudas, primero con Don Alejo por la compra de un camión y luego con su cuñado Octavio. Ya está muerto: “… porque don Alejo ya no podía controlarlo, yo daría vuelta al volante un poquito más, doblar apenas las muñecas, pero lo suficiente para que el camión salga del camino, salte y me vuelque y quede como un borrón de fierros humeantes silenciosos al borde del camino. Si se me antoja, y a nadie tengo que explicarle nada”.[11]

 

Manuela incapaz de confrontar el deseo de Pancho, presa de su fantasma, al contrario se esconde en un gallinero,  y sólo sale para enfrentar lo inevitable. Pancho esconde y rechaza su parte femenina para convertirse en verdugo:  “  desde su infancia por jugar con muñecas con Moniquita , la hija del patrón, le decían marica, marica  yo arrullado a la muñeca en mis brazos porque la Moniquita dicen que así lo hacen los papá y los chiquillos se ríen, marica, marica, jugando a las muñecas como las mujeres-, no quiero volver nunca más pero me obligan porque me dan de comer y me visten pero yo prefiero pasar hambre y espío desde el cerco de ligustros porque quisiera ir de nuevo pero no quiero que me digan que soy el novio de la hija del patrón”[12].

 

Manuela como ave que va al matadero cae sin incluso darse cuenta del desprecio del otro: “ Aplaudiendo, Pancho se acercó para tratar de besarla y abrazarla riéndose a carcajadas de esta loca patuleca, de ese maricón arrugado como una pasa, gritando que sí, mi alma, que ahora sí, mi alma, que ahora sí que iba a comenzar la fiesta de veras.”[13]

 

 


 

[1] José Donoso. El Lugar sin Límites(sin más datos). P170.

[2] Ibid. P. 66

[3] Ibid. P. 146 y 147.

[4] Ibid. P. 118.

[5] Ibid, p. 149

[6] Ibid, p 67

[7] José Donoso. El Lugar sin Límites. ( sin más datos). P. 151.

[8] Gilles Deleuze. Presentación de Sacher- Masoch. Lo frío y lo cruel. Buenos Aires: Amorrortu, 2001.

[9]  Gilles Deleuze. Repetición y diferencia. Op.cit. p. 97

[10]  José Donoso. Op cit. P. 186.

[11] Ibid, p. 160,161.

[12] Ibid, p 130,131

[13] Ibid, p 167.

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