La Historia más bella de la Felicidad

 

Del libro la Historia Más Bella de la Felicidad. Barcelona: Editorial Anagrama, 2005

Acto I.

En los orígenes de la sabiduría

Escena uno

Una Antigüedad búsqueda.

André Comte-Sponville.

¡ Pensar mejor ayuda a vivir mejor!

Para Epicuro hay que gozar todo lo posible y sufrir lo menos posible, pero para lograrlo hay que aprender a limitar los deseos.

La ética epicúrea se presenta como un trabajo del deseo sobre sí mismo, como una voluntad de seleccionar, entre los deseos, los que pueden conducir a la felicidad y, al contrario, rechazar los que nos condenan a una búsqueda indefinida y por consiguiente a la insatisfacción y la desdicha.

Todo placer es en sí mismo un bien, afirma Epicuro, pero todos los placeres no son equivalentes, porque los hay que ocasionan más sufrimientos que satisfacciones.

Para Epicuro la filosofía es una especie de racionalización de la prudencia. El asunto es vivir de la manera más inteligente posible, con el fin de gozar todo lo posible.

Los únicos deseos absolutamente buenos son los naturales y necesarios, sean éstos necesarios para el bienestar del cuerpo ( disponer de ropa y techo) o para el bienestar del alma, es decir, para la felicidad (es el caso de la amistad y de la filosofía).

Filosofar? Vasta con que te pongas a ello y esto te procurará amigos. ¿ Comer y beber? Es raro que no se pueda hacer.

La posición de Epicuro ante la muerte se resume en una fórmula: “ La muerte no es nada para nosotros. Por qué? Porque todo lo que existe  para nosotros existe en la sensación, ahora; el que ha muerto ya no siente nada. Jamás nos encontraremos mi muerte y yo.

Según los epicúreos, la felicidad hace la virtud; según los estoicos, la virtud hace la felicidad.

Es la gran dicotomía estoica: o bien deseas lo que depende de ti o bien deseas lo que no depende de ti. Si deseas lo que no depende de ti, sometes tu felicidad al azar, eres esclavo de lo que no depende de ti, de una crisis económica, de un accidente… Si, por el contrario, sólo deseas lo que depende de ti, entonces tus deseos serán siempre satisfechos, porque satisfacerlos depende, por definición, solamente de ti.

El sabio consiente todo lo que ocurre, porque eso no depende de él. ¡ Pero de ningún modo deja de actuar! Por el contrario: su sabiduría es también una sabiduría de la acción. Si se trata de lo que él depende, el sabio sólo se abstiene de lo que está mal, de lo que parece indigno de él o incompatible con su libertad. En todo lo demás, hace en plenitud lo que él depende. Si el epicureísmo es un arte de gozar, el estoicismo es un arte de querer.

 

¡ De nosotros depende aceptar lo que no depende de nosotros!

La sabiduría es un arte de gozar y también un arte de querer. Pero ni el arte de gozar ni el de querer nos pueden garantizar la felicidad, porque la felicidad es también una buena hora. Es decir, un golpe favorable, una buena fortuna, en suma, un asunto de azar y suerte.

Siempre tendremos deseos insatisfechos y por consiguiente jamás estaremos plenamente felices. Por ello la felicidad es un ideal, escribe Kant, “ no de la razón sino de la imaginación”.

En nuestro mundo la felicidad y la virtud no marchan juntas, no porque sean incompatibles, sino porque nada garantiza su conjunción, su proporción, su armonía, nada asegura que el hombre virtuoso alcance la felicidad.

Debemos ocuparnos menos de lo que nos puede hacer felices que de lo que nos hace digno de serlo. Es el principio de la moral: “ Actúa de tal suerte que seas digno de ser feliz”.

La única manera de actuar virtuosamente es actuar bien sin esperar nada a cambio.

La desgracia de la humanidad nos impide ser plenamente felices. La modernidad nos ha enseñado que felicidad y virtud no andan necesariamente a la par y que incluso a veces se pueden oponer.

Toda verdadera felicidad requiere una relación con la verdad, pues si se vive en la mentira o de las ilusiones sólo se conocen falsas felicidades, venturosas ilusorias.

La sabiduría es la felicidad en la verdad, el máximo de felicidad en el máximo de lucidez. Lo menos que se puede decir es que la moral no basta para eso.

Escena dos

El Deseo Barroco.

La ataraxia epicúrea sería la muerte. La felicidad, para Hobbes, no es un reposo. Es “ una marcha continua del deseo hacia delante, de un objeto a otro, y el apresamiento del primero sólo es la ruta que conduce al segundo. Lo que el hombre quiere por encima de todo no es el placer, es el poder. “ El poder de un hombre consiste en sus medios presentes para obtener algún bien aparente futuro”.

Es poco probable que el malvado sea verdaderamente feliz, pues el que desea el poder, la fortuna o la gloria jamás tendrá suficiente, siempre querrá más: es el tonel de las Danaides. Si ser feliz es tener lo que se desea, el hombre apasionado de Calicles nunca será feliz: apenas obtiene una cosa ya quiere más; está condenado a  la insatisfacción.

La felicidad puede residir en la satisfacción de nuestros deseos si deseamos lo que hacemos o lo que es ( lo que no falta).

Lo que hace la felicidad no es la carencia sino el placer, no la esperanza sino el amor y la acción.

La felicidad no está en el tener, pero tampoco en el ser. Está en el actuar: el hombre sólo puede disfrutar verdaderamente de lo que hace. La única felicidad humana es una felicidad en acto, una felicidad en la acción.

Quien soy? Casi nada. Qué me espera? Nada: la nada, la muerte.

Fingimos ser felices para olvidar que no lo somos y que vamos a morir.

Quien estuviera plenamente feliz, ya nada tendrá que esperar. Es lo que se llama la sabiduría.

La felicidad espinosista es, en esto una felicidad desesperada, una felicidad que nada espera. Le basta con lo real.

La sabiduría consiste en ya no esperar la felicidad, es la única manera de vivirla.

Escena 3

La paradoja de los filósofos.

¡ Que bueno es no ser desdichado! ¡ Que bueno es saber que la alegría es posible inmediatamente!

Sobre esa alegría hay que construir la dicha y no sobre una felicidad inaccesible. Si esperas, para ser feliz, que se cumplan todos tus deseos, nunca lo serás. Mejor proceder a la inversa: ¡ ser feliz es no ser desdichado!

La dicha ocurre cuando no se es desdichado, pero también, y sobre todo, cuando la alegría parece inmediatamente posible, a fortiori cuando es real. No siempre está allí, va y viene, pero nada insuperable nos separa de ella.

Saben que va a llegar en esa jornada, en esa semana, que habrá momentos de  alegría, quizá intensos, a veces difusos, que basta para justificar una existencia, para darle ese sabor, aunque a veces amargo, de la dicha.

No hay una dicha absoluta ( no hay felicidad), pero, mientras no seamos desdichados, somos más o menos dichosos, o casi felices. Ser casi feliz ya es una gran dicha.

Los que son felices ya no tienen que buscar otra cosa que no sea su vida tal cual es, tal cual ocurre, como se inventa o se trasforma de instante en instante.

La mayor felicidad es la experiencia de un instante- se diría que la eternidad- en que no se plantea la cuestión del sentido, porque la vida aquí y ahora basta para colmarnos.

El verdadero secreto de la felicidad es que sólo se obtiene si se deja de buscar, y no porque se la haya encontrado, sino porque se ha comprendido que lo que importa no es la felicidad- que en el fondo sólo es una idea, un ideal- sino la vida real tal cual es, dichosa o desdichada.

Sólo puede ser feliz quien ama la vida por encima de la felicidad. “ la felicidad es una recompensa que llega a quienes no la han buscado”.

Se trata de aprender a vivir, a gozar y a disfrutar, es decir, se trata de aprender a amar. La vida sólo vale para quien ama la vida. También lo ha expresado Alain: “ La vida es deliciosa por sí misma, más allá de sus inconvenientes”.

Sólo te aburres cuando dejas de prestar atención y pasas a esperar. Si deseas la riqueza, mientras no la tienes, constatas el vacío de la fortuna que te falta; si esperas una determinada historia de amor que no vives, tu vida estará vacía de aquel amor y te vas a aburrir. No es que la vida esté vacía; se vacía cada vez que deseamos algo diferente de ella misma.

Amar  verdaderamente la vida no es sólo amarla cuando es feliz, a condición de que sea feliz, sino amarla en su totalidad, dicha o desdicha, placer y sufrimiento, tristeza y alegría. Continuamente vivimos en los momentos desdichados, porque hay en nosotros algo que resiste, que insiste, algo que ama, por lo tanto  también algo que amamos.

No hay más alegría que amar, no hay amor que no sea de alegría ( incluso en las penas de amor: lo que nos tortura es la alegría que se marcha  o se niega). Ahora bien, hemos visto que el contenido verdadero de la felicidad es la alegría real o posible. Lo que equivale a decir que sólo existe la felicidad de amar.  ¿Cómo podría ser feliz el que no  amara nada ni a nadie, el que ni siquiera se amara a sí mismo? “ sin amigos”, decía Aristóteles, nadie elegiría vivir.

Acto II.

La Invención del Paraíso.

Jean Delameau.

Cuando se la piensa como eterna, la felicidad es un acto de fe: exige creer en un Dios que reconciliará a la humanidad consigo misma en torno de su persona y en su amor. Esa felicidad pertenece al orden del misterio; no se describe, se espera. Está más allá de toda localización o imaginación, describirla ya sería perderla.

La última mística que nos queda a nosotros, modernos, es justamente esa esperanza en un paraíso interior y en una felicidad por descubrir en uno mismo.

Pues quien cree en el cielo y quien no cree se reúnen en torno a las tumbas para sacar a los muertos de su silencio y para salir ellos mismos de un presente donde ya no están aquellos a los que se han amado. Pero el Cristianismo no es una religión de élite: propone  a todos esta esperanza del reencuentro e incluso especialmente a los más desheredados y que menos han conocido la felicidad en la tierra.

La promesa de la felicidad no se funda en una nostalgia del pasado, sino que indica un camino en medio del cual se encuentra la llegada de Jesús y su resurrección. La muerte y la resurrección de Cristo nos hace comprender que también nosotros estamos llamados a esta divinización futura.

Entre el combate entre lo pasajero y lo eterno, no es difícil adivinar qué felicidad importa más al cristiano.

Todos los elegidos estarían inmersos en un estado paradísiaco que no conoce límites de tiempo y espacio. Está felicidad será, desde luego, personal, realización de uno mismo. Pero también resultaría de la comunión con todos los demás elegidos y con Dios, que entonces se vería cara a cara.

Ver a  Dios hace feliz porque equivale a ver el amor cara a cara. La fómula “ Dio es es amor” se encuentra en la primera epístola de San Juan. Me parece que sería deseable redactar un Credo  para nuestros contemporáneos, que comenzara con la formulación: “ Dios es amor”.

Acto III

El sueño de los modernos.

Arlette Farge.

Saint Hyacinthe escribe es su Recueil de divers écrits de 1736: La voluptuosidad es el arte de utilizar los placeres con delicadeza y de saborearlos con sentimiento”.

El libertinaje es la búsqueda del poder por los caminos de la seducción. Eso no impide recurrir al placer; por el contrario. Pero ya es una forma de felicidad el lograr la atención de aquella a quien se seduce y la adquisición de poder sobre su espíritu.

La felicidad tiene entonces olor a rastrojo y a campo: “ Tengo pocas cosas, pero estoy en paz”.

En términos generales, la felicidad está vinculada al placer de los sentidos y al de descubrimiento.

La felicidad no reside en casa. La calle, el vecindario y el barrio aportan dicha y desdicha.

Excitarse, rebelarse y coquetear hace feliz. Complacer, reír, mirar el rostro del otro y concederse algunos favores siempre es garantía de placer.

El hecho de haber depuesto al rey perfila para hombres y mujeres una felicidad posible, que se puede inscribir en la vida de todos los días.

La felicidad está ante todo en esta voluntad de existir y de pensar, e incluso de pensar contra el rey y las leyes, lo que antes era blasfematorio y sacrílego.

La felicidad es así cierta noción de la libertad y de la igualdad.

La simulación en el Paraíso

» La simulación en el Paraíso».

Juan Carlos Mayor.

 

 

 

 Desde el momento de nuestro nacimiento comenzamos a socializarlos con las normas sociales que brinda la cultura, y sabemos que la ruptura de éstas, en términos como lo plantea el sociólogo Durkheim, produce una coacción social para su pronto restablecimiento. Así, el respeto de las buenas maneras, el embellecimiento de nuestra presentación personal, las mentiras piadosas, el ocultar la verdad, y el darse la mejor forma de uno mismo son consistentes con la vida en sociedad, y tal vez lo más importante, son las formas de suavizar los conflictos sociales y de convivir con ellos, a pesar que expresen claras formas de injusticia social  o de dominación social.

 

La María de Jorge Isaac expresa antes que nada un drama amoroso. El narrador en una bella prosa poética comenta la pérdida de un paraíso perdido, de la mujer amada que se confunde con una naturaleza que evoca el Valle del Cauca, e incluso sabemos que Efraín, el gran amante de María ha muerto, pues el libro es dedicado a los hermanos de éste, y de antemano el lector debe enfrentarse  a una pérdida, que en la misma  la dedicatoria lo menciona: “lo que aquí falta tú lo sabes, podrás leer hasta lo que mis lágrimas han borrado”.[1]  De esta forma, no  se puede leer la María pensando  en el arrepentimiento de Efraín por seguir las normas de la sociedad patriarcal ,que llevan  a la muerte de su amada, pues éste sigue incólume con los mismos valores sin cuestionar los valores de dicha sociedad.

 

Todo lo contrario, el discurso que marca el narrador de la novela oculta cualquier conflicto social. De tal manera, resalta el drama amoroso, pero hechos que debieron producir una conmoción en la época como la liberación de esclavos en 1851, bajo el gobierno de José Hilario López, no se reflejan en la obra. De todos modos, el paraíso se desvanece por la ruina de la Hacienda por los negocios del padre con el señor x, que a la postre  obliga a Efraín a seguir los dictámenes del padre e ir a estudiar medicina al exterior, para asegurar la posición familiar en la sociedad, así el costo sea abandonar a su amada.

 

Si las guerras religiosas han sido una constante de la humanidad, pues implican diversas concepciones de mundo y las creencias más arraigadas dentro de los humanos, el narrador de la novela logra presentar las conversiones al cristianismo de algunos personajes de la novela con la mayor naturalidad posible. Sabemos que Esther es rebautizada con el nombre de María, y el mismo padre de Efraín se ha convertido para casarse con una cristiana.  En el relato de amor de Sinar y Nye, intercalado en medio de la historia principal, nos enteramos que los dos son bautizados en el cristianismo, y después que Nye llega como esclava al Valle del Cauca se convertirá en Feliciana,  la niñera de Efraín. Es decir, que a pesar que existe un abandono cultural de las creencias más profundas, existe la libre aceptación de la religión cristiana como la redentora. Salomón acepta la conversión de su hija, ya que: “las cristianas son dulces y buenas, y tu esposa debe ser una santa  madre. Si el cristianismo da en las desgracias supremas el alivio que tu me has dado, tal vez yo haré desdichada a mi hija dejándola judía”.[2]   Feliciana acepta  la religión cristiana antes de su llegada, con lo cual le hará mas fácil acomodarse al orden social impuesto, a pesar que sólo en su hora de la muerte sus amos se recuerdan de darle una vida más digna.

 

Dentro de la novela, podemos decir que se configura el paraíso a través del recuerdo del narrador por la belleza, la pureza y los instintos maternales de María, por la naturaleza del valle del Cauca que rememora a su amada, y por todo un cuadro social folklorizado que acepta los principios de la religión católica y los valores del matrimonio como los principales ejes de la felicidad humana. En el matrimonio de Bruno y Remigia, Efraín recuerda: “pero las finas voces de los negritos entonaban los bambucos con maestría tal. Había en sus cantos tan sentida combinación de melancólicos, alegres y ligeros acordes; los versos que cantaban eran tan tiernamente sencillos, que el más culto dilettante hubiera escuchado en éxtasis aquella música semisalvaje”. [3] De esta forma, en la novela se dejan entrever los conflictos sociales de la época, pero la narración misma se impide la aparición de  otras voces que cuestionen la visión predominante del narrador.

 

Las simulaciones se dan a todo lo largo de la obra, por los mismos indicios sabemos que la verdadera razón de la inconveniencia del matrimonio entre María y Efraín no obedezca a la enfermedad que ésta a heredado de la madre, sino del mismo cálculo del padre que desea convertir a Efraín en el caballero que reemplace el nombre y la estirpe de la familia, y no siga con los juegos de enamorados con su prima. El mismo Doctor Mayn confiesa a la madre de Efraín que María no tiene la misma enfermedad mortal de la madre, y si los padres de Efraín aceptan finalmente el matrimonio de su hijo con María se debe a que éste es capaz de arrostrarlo todo, por lo cual recibe la promesa de casarse con María, después de pasar cinco años en Londres en sus estudios de Medicina, pero a su vez Efraín debe aceptar guardar el decoro, y comportarse sin verbalizar sus compromisos amorosos con María.

 

“En recompensa de todo lo que te concedemos- dijo volviéndose a mi madre debes prometernos lo siguiente: no hablar a María del peligro que la amenaza, ni revelarle nada de lo que esta noche ha pasado entre nosotros. Debes saber también mi opinión sobre tu matrimonio con ella si su enfermedad persistiere después de tu regreso a este país… pues vamos pronto a separarnos por algunos años; como padre tuyo y de María, no sería de aprobación ese enlace… Mi padre se paseó algunos momentos por el cuarto. Creyendo yo concluida nuestra conferencia, me puse en pie para retirarme; pero él volviendo a ocupar su asiento e indicándome el mío, reanudó su discurso así:

– Hace cuatro días que recibí una carta del señor M pidiéndome la mano de María para su hijo Carlos.[4]

 

Sin embargo, a pesar de los compromisos hechos entre las partes, El padre incumple lo prometido, pues ofrece a Carlos a María, con lo cual desmiente en cierta forma la enfermedad de María y el respeto del amor de su hijo por ella. O cabe también la posibilidad, que no le importará el desenlace de la enfermedad de María con otro pretendiente, diferente a su hijo.

 

María misma se siente traicionada al escuchar la propuesta de Matrimonio de Carlos por parte de la madre de Efraín, pues solamente Emma, su hermana, no sabe: todos, todos lo han consentido! pues yo digo-agregó con voz enérgica a pesar de sus sollozos-, digo que antes de consentir en eso me moriré.[5] Y si Efraín que escuchaba entre bambalinas pudo darse cuenta del amor de María, también escucha el espíritu de resignación de María quien dice: yo hago cuanto quieran.[6]

 

Posteriormente, Efraín se niega a expresarle los verdaderos sentimientos que siente por María a su amigo Carlos, y se niega a acompañar a su amada a la hora que debe enfrentar la negativa  del nuevo pretendiente , quien además es ridiculizado, pues no puede cazar un pequeño venado, ya que Braulio le ha quitado anteriormente los balines a su escopeta . Ante la negativa de María de casarse con Carlos, la tristeza del padre no podía ser más desoladora: “¿es decir no quieres casarte nunca?…Será mejor que ese buen mozo que has desdeñado… ¿crees que eres muy linda?- Yo no señor, y después de una reflexión del padre, le oyó decir: –  pobre Salomón[7].

 

Y ante la franqueza estudiantil de Carlos,  quien se atreve a verbalizarle la falta de sinceridad de su amigo por no manifestarle  el amor  por María, Efraín, ante los hechos, le  confiesa la posible enfermedad de María heredada de su madre, que la podría llevar a la tumba, pero a pesar de la tristeza de saber que esto podría ocurrir, finalmente, desaparece el resentimiento con su amigo.

 

En cierta forma, Efraín se presenta como una impostura, en la novela se presenta como un héroe que a altas horas de la madrugada sale en búsqueda del doctor Meyn para salvar a su amada: – Estas no son ocupaciones de enferma, ¿no es verdad? pero ya estoy buena. Espero no volver a ocasionarte un viaje tan peligroso como el de anoche.

– En ese viaje no ha sido tan peligroso-le respondí.

– El río, sí, el río! yo pensé en eso y en tantas cosas que podían suceder por causa mía.[8]

 

En la  caza del tigre  Efraín se presenta como el héroe que logra salvarle la vida a Braulio, y frente a la presentación de las pieles:”Extendida en el patio la grande y aterciopelada piel, las mujeres intentaron exhalar un grito; más al rodar la cabeza sobre la grama, no pudieron contenerse.

– ¿pero cómo lo mataron? cuenten…Entonces José, tomando la cabeza del tigre entre las dos manos, dijo:

– el tigre iba a matar a Braulio cuando el señor (señalándome) le dio ese balazo.[9]  

 

Pero frente a los actos heroicos queda la enorme desazón de lo poco que hace este hombre ante María, que se entrega toda por él, para sólo seguir los designios del padre:

 

Los gastos que el resto de tu educación me cause, en nada empeorarán mi situación, y una vez concluida mi carrera, la familia cosechará abundante fruto de la semilla que voy a sembrar…creo que tienes el noble orgullo necesario para no pretender cortar lastimosamente lo que tan bien has empezado.

 

Y Efraín responde: – Haré cuando esté a mí alcance…haré cuanto pueda para corresponder a lo que usted espera de mí[10].

 

Aunque podría ser una decisión apresurada decir que Efraín no merecía el amor de María, y por ello decir que ella muere, siempre quedara el recuerdo para revivir los paraísos perdidos y para soñar con una mujer que un día nos amo, pero ya no existe.

 

Bibliografía

 

María. Jorge Isaac. Bogotá, Editorial Planeta, 1988.

 

Francoise Perus. De selvas y selváticos. Bogotá: Editorial Plaza y Janés, 1998.

 

Jaime Mejía Duque. Isaac y María. El hombre y su novela. Bogotá: la carreta, 1978.


[1] María. Jorge Isaac. Bogotá, Editorial Planeta, 1988, p 3

 

[2]Ibid, p12

[3]Ibid, p.10.

[4]Ibid, p28

[5]Ibid,p65

[6]Ibid.p66

[7]Ibid,  p74 y75.

[8]Ibid, p 25.

[9]Ibid, p49.

[10]Ibid,p112.