Una Historia de la felicidad.

DARRIN M. MCMAHON. UNA HISTORIA DE LA FELICIDAD. MADIRID: EDITORIAL TAURUS, 2006.

La llave mágica de la felicidad en el ser humano hasta hora sigue siendo un misterio, pero Occidente desde la antigüedad  ha dado algunas respuestas. No podemos negar el peso de la Fortuna que se juega desde que nacemos, los padres no se eligen ni la época en la que se nace, pero  los filósofos griegos, Sócrates, Platón y Aristóteles principalmente, nos recuerdan el papel de la paideia, que  podemos educar nuestros deseos y con nuestras acciones ser menos invulnerables a los caprichos del destino. Los Estoicos y los Epicúreos  llevan al máximo dicho planteamiento, pero cada vez se cuestiona la exigencia tan alta en dichas regulaciones. Si bien el hombre de la modernidad se presenta cada vez más escindido,  a la vez que se le impone el derecho y el deber de ser feliz, cada vez queda más rezagado en sus placeres individuales. Rousseau , los socialistas utópicos  y Marx estarán en la vertiente opuesta propulsando  una religión secularizada, que recupera las virtudes sociales . Schopenhauer y Nietzsche nuevamente destacan el papel de lo singular. Tal vez la búsqueda de un justo medio entre las libertades individuales y las exigencias sociales seguirá siendo la búsqueda de los pensadores contemporáneos.

Se Ofrece así, flashes del libro, impresiones subjetivas, profundamente incompleto si se quiere, que espero los motive o enriquezca sus propias experiencias de un tema donde las respuestas son siempre tentativas.   

Sustenta mis pasos en tus caminos para que mis pies no resbalen. Salmos 17,5.

La propia lucha por alcanzar la cima basta para llenar el corazón del hombre.

 Camus. El mito de Sísifo.

Prólogo.

George Wilhelm Friedrich Hegel: “ pero la historia no es la tierra en la que la felicidad crece. Los períodos de felicidad son las páginas en blanco de la historia”.

Immanuel Kant:  “ el concepto de la felicidad es tan indeterminado que aunque todo el mundo desee conseguirla, nadie puede decir de forma definitiva y firme qué es lo que realmente desea y persigue”.

Sigmund Freud: “ la felicidad es algo esencialmente subjetivo”

Una historia de la felicidad, señaló el historiador  Howard Mumford Jones, sería “no sólo una historia de la humanidad,  sino también una historia de la ética, la filosofía y el pensamiento religioso”.

La felicidad, como observó el crítico social Thomas Carlyle es una: “ sombra de nosotros mismos”.

La tragedia de la Felicidad

Gozar del favor de los Dioses, ser bienaventurado, es tener la fortuna de nuestra parte.

Hesiodo declara: Feliz el hombre que conoce y respeta los días sagrados, sabe interpretar los augurios, evita la transgresión y hace su trabajo sin ofender a los inmortales dioses.

Compuesta del prefijo eu (bueno) y daimon (dios, espíritu, demonio), eudamonia engloba cierta noción de fortuna- porque tener un daímon benefactor de tu parte, un espíritu que te guíe, es ser afortunado, y cierta noción de divinidad, ya que daímon  es un emisario de los dioses que cuida de cada uno de nosotros, actuando de forma invisible en nombre de los Olímpicos. Daímon es un poder oculto, una fuerza que hace avanzar a los hombres, y cuyo agente es desconocido.

La diosa considera que una buena muerte es lo mejor que un hombre puede aspirar, y por tanto les premia con ella.

Como nos advierte Solón: “ a muchos a quienes el dios ha concedido contemplar la felicidad en un momento dado,al final les ha arrebatado la fortuna”.

La felicidad no es sino una caracterización de la vida entera, que sólo puede evaluarse en el momento de la muerte. Creerse feliz entretanto es prematuro y probablemente ilusorio, ya que el mundo es cruel e impredecible y está gobernado por fuerzas que escapan a nuestro control.

En la tradición trágica, la felicidad es prácticamente un milagro y requiere de la intervención directa de lo divino.

El coro de cíclope es claro a es este respecto: “ Feliz el hombre que lanza el grito báquico y se entrega al gozoso y bienamado vino dando viento a sus velas. Su brazo rodea a su fiel amigo y tiene esperándole el joven y fresco cuerpo de su voluptuosa amante en la cama, y con sus cabellos brillante cubiertos de mirra exclama: “ ¿ Quién me abrirá la puerta? La amistad, el amor, emborracharse de vino, tal vez, como sugiere el sátiro, “ bailar y olvidar las preocupaciones”, siempre han estado a mano para aliviar el dolor de la existencia.

El destino es decretado y nadie puede escapar a él. Cuando la actuación humana se ve frustrada, las posibilidades de elección son contradictorias y el sufrimiento inevitable, la felicidad, caso de que nos llegue, es en gran medida algo que nos sucede; éste es el conflicto trágico.

La felicidad tiene sus raíces en el terreno del azar.

Como observó Aristóteles, una vida  de felicidad “ sería superior al nivel humano” y equivalente a lo divino.

El bien supremo

Esta visión sostenía básicamente que los seres humanos podían influir en su destino a través de sus propias acciones.

Alcman de Esparta: “ pero bienaventurado aquel que escapa feliz de las lágrimas todos los días de su vida”.

Liberados gracias a la prosperidad ateniense de que la vida se rija exclusivamente por la búsqueda de la supervivencia, unos pocos afortunados podían permitirse dirigir su atención a la búsqueda de otras cosas.

Sócrates adoptó como punto de partida la hipótesis de que la felicidad está al alcance de los humanos, dado que todos deseamos ser felices se pregunta: ¿cómo podemos ser felices?

Para Sócrates, la buena educación conlleva necesariamente la educación del deseo.

Agatón concluye  que aunque todos los dioses son felices, Eros es el más feliz, puesto que es el más bello y el mejor.

La felicidad de la raza humana se encuentra concluye Aristófanes, “ en encontrar el éxito en la búsqueda del amor”. Eros es el gran benefactor que “ nos devolverá a nuestra condición original, curándonos, y bendiciéndonos con la felicidad perfecta”.

Eros es hijo de la Pobreza, que acude a las fiestas sin ser invitada, como un mendigo, y del dios de la abundancia, un huésped siempre bien recibido que en esta ocasión había perdido el conocimiento por culpa de la bebida.

¿ Qué otra cosa es deseo sino el reconocimiento humano de la propia necesidad, de las propias carencias? Como explica Sócrates: “ el hombre que desea algo, desea lo que no es accesible y lo que todavía no posee. ¿ Y que es lo que le falta a Eros? Precisamente aquellas cualidades que le rodeaban en el momento de su divina concepción, unas cualidades propias de los dioses autosuficientes: la bondad y la belleza; en una palabra, la felicidad, ya que ser feliz significa estar en posesión de lo bueno y lo bello”.

Eros se encuentra también dividido “ entre la sabiduría y la locura”, lo que convierte al deseo en una fuerza volátil.

En la República Platón por boca de Sócrates dice que: “ existe una forma peligrosa, salvaje e incontrolada de deseo en cada uno de nosotros”.

Sócrates no deja de insistir en que el verdadero amante de la sabiduría debe mostrarse invulnerable tanto a las penurias físicas como a los caprichos del azar.

La figura de Alcibiades  con su alma tendiente a las pasiones violentas y gobernada por un frenesí sexual “ patológico”, se presenta como testimonio de los peligros del deseo malentendido.

Platón creía que el deseo humano se desviaba con excesiva facilidad. Sólo en circunstancias muy especiales pueden nuestros desbocados apetitos ser lo suficientemente disciplinados para buscar la verdad, y sólo en dicha circunstancias pueden educar nuestro deseo para que persevere en la búsqueda del bien que anhela.

Dice Sócrates, la felicidad es “ una fuerza poderosa e imprevisible.”

La felicidad, concluye Aristóteles, es una actividad del alma que expresa la virtud.

En la Retórica Aristóteles dice: “ podemos definir la felicidad como la prosperidad; o como la independencia en la vida; o como el buen estado de nuestras posesiones y nuestro cuerpo junto con la capacidad de conservar y utilizar ambas cosas. Que la felicidad es una o varias de estas cosas es algo en lo que prácticamente todos están de acuerdo.

Finalmente, para Aristóteles la vida de pura contemplación es la que más se parece a los dioses. Es superior en el ámbito humano. Lo mejor del ser humano es la oportunidad de liberarse del ser humano.

Los argumentos filosóficos que no constituyen un tratamiento terapéutico para el sentimiento humano son vacuos, sostenía Epicúreo  y añadía: “ Así como la medicina es inútil si no erradica las enfermedades del cuerpo, también lo es la filosofía si no expulsa el sufrimiento del alma.”

Zenón y Epicuro creen que el destino y la fortuna están bajo control: “ Me he anticipado a ti, Fortuna”, afirma Epicuro y “ te he cerrado la entrada. No dejaremos que ni tú ni ninguna otra circunstancia nos tenga cautivos”.

El hombre feliz se conforma con su suerte, “sea lo que sea”, sostiene Seneca.  Cicerón llega a afirmar que el hombre cuya virtud es perfecta será feliz incluso aunque se encuentre bajo tortura o en la peor de las situaciones. El bienestar del hombre feliz es completamente impermeable a los más crueles reveses del destino.

¿ Por qué deseamos esto o lo otro? ¿ Puede la satisfacción a corto plazo ser compensada por el sufrimiento a largo plazo? ¿ Por qué elegimos rehusar una determinada oportunidad y aceptar otra? ¿Qué nos empuja hacia delante y por qué? Si somos sinceros con nosotros mismos, opina Epicuro, analíticos y rigurosos en nuestras respuestas, veremos que la mayoría de nuestros deseos son frívolos e inútiles, irrelevantes para la salud física o la paz de la mente, objetivos de una vida feliz. La singular tarea del seguidor de Epicuro consiste en aprender a discernir y clasificar, separando los deseos necesarios de aquellos que nos hacen descarriarnos del camino. El autoconocimiento, así como el conocimiento del mundo, nos permite liberarnos de las fuentes del dolor.

La voz de la carne clama: “ líbrame del hambre, la sed y el frío” escribe Epicuro.

 “ El hombre que tiene cubiertas estas necesidades y espera tenerlas siempre rivalizaría en felicidad incluso con Zeus. La comida y la bebida frugales, ya que los platos sencillos proporcionan el mismo placer que los más sofisticados, el cobijo y una mínima seguridad deberían bastar para satisfacer a cualquiera cuyos deseos sean ordenados. En cambio, “ el que no se siente satisfecho con poco, no se siente satisfecho con nada”.

Epicuro nos recuerda extraordinariamente a los estoicos, así como cuando señala que “ todo dolor físico es insignificante, ya que cuando es intenso dura poco, y cuando el malestar es crónico no alcanza gran intensidad”.

Aquel que es feliz, asegura Epictecto, “ debe poseer por completo todo lo que desea, como el que al estar plenamente saciado no puede sentir hambre ni sed”.

Cabe preguntarse cuantos tienen éxito en alcanzar este estado de renuncia.

La felicidad Perpetua.

Cuanto más crece el dinero, más crece la codicia y la ansiedad que ella genera, señalaba Horacio.

Horacio: “ Sólo es feliz aquel/ que porta su corona seguro, sin dejarse tentar por todos los tesoros del mundo.” Feliz entre todos el hombre, que es dueño de su presente; y que seguro en su interior puede afirmar: ya puede el mañana depararme lo peor, porque hoy he vivido.

Horacio: Carpe diem. Aprovecha el momento. Exprime el zumo de las uvas de la vida.

Horacio: Gula, libertinaje, concupiscencia, envidia: “ por eso,  rara vez se encuentra un hombre que diga haber tenido una vida feliz y que, llegada  su hora, abandone satisfecho este mundo como un comensal que ha comido hasta saciarse”.

San Agustin: ¿ Es que puede desearse algo por alguna razón que no sea la de alcanzar la felicidad? ¿ Cómo puede un hombre escapar de la desdicha si adora a la Felicidad como divinidad y reniega de Dios, proveedor de la Felicidad?

Eclesiastés: Comprendo que no hay para el hombre más felicidad que alegrarse y buscar el bienestar en su vida. Y que todo hombre coma y beba y disfrute bien en medio de sus fatigas, eso es don de Dios.

Alegraos y regocijaos, dice Jesús en el Sermón de la Montaña, “ porque vuestra recompensa será grande en el cielo ( Mateo 5, 12)

Ermitaño: El hombre que estudia la felicidad debe sentarse solo, como un gorrión en lo alto de un tejado, como un pelícano en un páramo.

San Buenaventura: “ Dado que la felicidad no es otra cosa que el goce supremo del Dios supremo, y que el Dios supremo se encuentra por encima de nosotros, nadie puede gozar de la felicidad a menos que se eleve sobre sí mismo.

San Francisco: “ glorificarse en la cruz de la tribulación y las aflicciones con una devoción sin fisuras. Tampoco  podía luchar sin desmayo por ser siempre feliz llevando una vida de renuncia. El siervo de Dios no debe mostrar tristeza ni un rostro taciturno”.

Aquino considera la vida como un largo proceso de curación o, volviendo a la metáfora de la escalera, como un constante proceso de ascenso en el que cada vez nos acercamos más a Dios.

¿ No prometía el cristianismo exactamente lo mismo que negaba, “ un torrente de placer perpetuo, una vida inánime de eterna dicha? Si el deseo humano se veía satisfecho entonces, ¿ por qué debería ser tan radicalmente rechazado aquí y ahora?

Del cielo a la Tierra

Lotario: Un transeúnte en la tierra y un caminante que soporta el mundo como si fuera un lugar de exilio, confinado en el cuerpo como una prisión”

 Le dice Dios a Adán al inicio de la obra de Pico de la Mirándola: “ no te ciñes a límite alguno y tú mismo fijarás los límites de la naturaleza, para que desde allí puedas de la forma más conveniente mirar a tu alrededor y ver todo lo que está en él. Ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal te hemos hecho. Tú, cuál juez nombrado por su honorabilidad,  eres modelador y hacedor de ti mismo. Tú puedes moldearte hasta adoptar la forma que prefieras.”

Lutero: Porque la soledad y la tristeza son simplemente veneno y muerte, sobre todo para un hombre joven. La alegría y el buen humor, con humor y corrección, son la mejor medicina para un hombre joven, y sin duda para todos los hombres. Yo, que hasta el momento me he pasado la vida en el duelo y en la tristeza, ahora  busco y acepto la alegría dondequiera que la encuentro.

Lutero: El pecado es la infelicidad pura, el perdón la felicidad pura. Hacer lo que está dentro de uno mismo. Sé todo lo que puedas ser.

Por qué –se preguntaban varios destacados despotricadotes- habrá de Dios de condenar a la humanidad por un solo delito cometido hace tiempo por un hombre( Adán) a quien ningún ser vivo ha conocido? el cielo reside dentro de nosotros, no cargamos con pecado alguno.

Y aunque, al fin y al cabo, el éxtasis divino- la felicidad del cielo-sea inconcebible, Locke presupone que cualitativamente es equiparable a los placeres que conocemos aquí en la tierra. El anticipo del deleite celestial no es un elevado logro intelectual- no es un pasajero atisbo de beatitud- sino algo que podemos saborear, disfrutar y sentir.

Por tanto, era de suma importancia que el buscador de felicidad se mantuviera alerta a la hora de calibrar los placeres y los dolores. “Esta es la bisagra en la que gira la libertad de los seres intelectuales, afirmaba Locke.

Apostemos por la existencia del cielo, sostiene Locke, y nunca perderemos. Comamos y bebamos, disfrutemos lo que nos deleita, que mañana moriremos.

Thomas Hobbes: En realidad, la felicidad era un “ progreso continuo el deseo, que va de un objeto a otro y que, para alcanzar el primero, no puede sino caminar hacia el segundo. El éxito continuo a la hora de obtener las cosas que de vez en cuando el hombre desea, es decir, prosperar continuamente, es lo que los hombres llaman felicidad. Porque, mientras vivamos aquí, no existe lo que se llama sosiego perpetuo de la mente; porque la propia vida no es sino movimiento y, del mismo modo que no puede carecer de sentido, nunca podrá estar exenta de deseo ni de miedo”.

Lorenzo de Medicis: “ Cuán encantadora es la juventud, pero se esfuma; si eres feliz, no dejes de serlo. Del mañana nadie sabe.

Si la felicidad era un estado natural, ¿ por qué no podía lograrse enteramente por medio naturales, sin orientación divina alguna?

Verdades que saltan a la vista

Claude –Adrien helvetius “ El infierno ya no existe; ahora es el cielo en la tierra.

Alexander Pope:

Oh, felicidad, fin y objetivo de nuestro ser!

Bien,  placer, comodidad, contento! Cualquiera que sea el nombre:

Ese algo que aún induce el suspiro eterno,

Por el que aguantamos la vida o morir nos atrevemos.

Marquesa de Chatelet: para ser feliz “ es preciso ser sensible a las ilusiones, porque es a las ilusiones a las que les debemos la mayoría de nuestros placeres. Infeliz es el que las ha perdido.”

Como observó el ministro y filósofo francés Anne-Robert-Jacques Turgot, en las modernas sociedades comerciales, “la gente por así decirlo, compraba y vendía felicidad”.

Los hombres y las mujeres buscaban la felicidad tal como Locke y Hobbes lo habían descrito como un “ progreso continuo del deseo, que va de un objeto a otro y que, para alcanzar el primero, no puede sino caminar hacia el segundo”.

La felicidad en el siglo XVIII no era la eudamonía clásica. Epicuro en el fondo era un asceta, que más que maximizar el placer trataba de minimizar el dolor. Aunque el placer era bueno según Epicuro, siempre estaba subordinado al objetivo mayor de alcanzar la paz, un estado de autosuficiencia. Maximizar el placer y minimizar el dolor- en ese orden eran preocupaciones típicas de la ilustración.

La Mettrie:

La felicidad radica en el placer, sólo en el placer, y todos los que sugieran otra cosa eran enemigos de la humanidad, charlatanes o ambas cosas. La religión era una fábula, el estoicismo un peligroso veneno, la virtud del dolor una terrible mentira. El placer era una cuestión pura y simplemente orgánica: relativa a los sentidos, a la sensación de la materia.

La Mettrie:

Revolcaos en el cieno como cerdos y a su manera seréis felices, que la felicidad de un hombre era el dolor de otro.

 Es decir, que para La Mettrie  la razón fría congela la imaginación y expulsa los placeres. De tal manera, que si la sensación era la única fuerza que movía la máquina humana, la razón como humilde camarero, debía ser relegada al servicio.

Casanova:

El placer es el disfrute sensual inmediato; es la completa satisfacción de todos sus deseos que concedemos a nuestros sentidos, y cuando exhaustos o cansados, nuestros  deseos quieren reposar, ya sea para cobrar fuerzas o para vivir, el placer se torna en imaginación; la imaginación se complace en trabajar la felicidad que su tranquilidad le procura.

Marques de Sade:

Y el placer nunca era mas dulce ni más intenso que cuando era lascivo. Que ninguna voz salvo de las pasiones pueda conducirnos a la felicidad.

Rousseau:

Donde el presente fluye indefinidamente pero en su duración pasa desapercibida, sin signos del paso del tiempo y sin ningún otro de sentimiento de privación o de entretenimiento, de placer o de dolor, ningún deseo o miedo que no sea la sensación de existir, una sensación que llena el alma por completo y que, mientras dura, podemos decir que nos hace felices, no con una felicidad pobre, incompleta y relativa como la que proporcionan los placeres de la vida, sino como una felicidad suficientemente completa y perfecta que no deja vacío alguno que llenar en el alma. Ese es el estado que con frecuencia experimenté en la isla de Saint-Pierre.

Tan pronto como me encuentro bajo los árboles  y rodeado de follaje, me siento como si estuviera en el paraíso terrenal y experimento el intenso placer íntimo del más feliz de los hombres.

El progreso- con su horizonte de posibilidades siempre en expansión-socava continuamente nuestra paz. A fuerza de agitarnos con el fin de aumentar nuestra felicidad es la como la convertimos en infelicidad. Al dejar la humanidad a la deriva en medio de un lujo material que multiplicaba las falsas necesidades, el tan cacareado progreso de la época nos privaba al mismo tiempo que necesitábamos para salir a flote. Socavaba la fe religiosa; perturbaba a la comunidad y el amor a la patria; minaba la valentía, la intrínseca decencia y la virtud moral, y por doquier nos arrebataba lo natural, lo sencillo y lo bueno. Si la felicidad, tal como proclamaba la ilustración, era nuestro derecho natural, simplemente, la civilización moderna no era natural.

Rousseau también sabía que vivir como un extraño entre los hombres era un medio imperfecto de escapar. En sus momentos de mayor lucidez, sospechaba que hasta sus ensoñaciones de una felicidad perfecta en la isla de Saint-Pierre eran las de un hombre desgraciado, el consuelo de un náufrago, la compensación por los goces humanos que realmente deseaba.

La felicidad no es el placer, declaró Rousseau tajantemente, rechazando lo que para Bentham y Helvetius, y para muchos otros era una verdad innegable. Ni siquiera en nuestros más excelsos placeres hay un solo momento en el que el corazón pueda decir sinceramente: ¡ ojalá este momento durara para siempre!  ¿ cómo podemos dar el nombre de felicidad a un estado efímero que deja nuestros corazones todavía vacíos y ansiosos, arrepintiéndose de algo que está en el pasado o deseando algo que está por venir?

Al dudar de la viabilidad de la felicidad y desconfiar abiertamente del placer, Rouseau se erigía en crítico de la ilustración predominante. Pero, también era, inequívocamente, hijo suyo, y esto nunca queda más claro que cuando supera sus reservas y proclama su fe en que el individuo: “ debe ser feliz”.

Kant desarrolló este pensamiento con mucho más detalle, llegando a la conclusión de que la felicidad, “ por lo menos en esta vida” no era el plan de la naturaleza. Por el contrario, la virtud moral, el desarrollo de la buena voluntad es lo que la razón reconocía como función práctica suprema, y la razón insistía no era compatible con la felicidad.

Según el imperativo moral de Kant, nuestro deber en esta vida era actuar de modo que nos hiciéramos merecedores de la felicidad. Entonces podríamos legítimamente confiar en participar en ella, en algún estado concordante con nuestro valor. Pero Kant reconocía que éste siempre debía ser un acto de fe.

Cuando los hombres de poca fe creen con certeza de los fanáticos que los seres humanos pueden ser felices como dioses, la felicidad suele ser lo primero que se sacrifica, en su propio nombre.

Un rito moderno

 

Lequino: El borracho siempre tiene resaca a la mañana siguiente, el libertino sufre mil padecimientos a causa de su incontinencia. Y el deseo de placer- subjetivo y efímero, ya sea físico o mental, nunca puede satisfacerse. En cuanto tenemos una cosa queremos otra, y al hombre su inquietud y su ambición le empujan a buscar más y más, corriendo de un deseo a otro. Ese hombre terminará su carrera habiendo siempre imaginado que iba a ser feliz cuando, en realidad, sólo ha experimentado una tempestuosa sucesión de placeres y repulsiones, de deseos y remordimientos. No ciudadanos, la felicidad, no existe en jouissances personales, en los placeres personales. Es algo más noble.

 

Lequino: Es a través de esta ilusión mental, a través de la promesa de una vida futura, como los impostores han gobernado a la gente ignorante y crédula del mundo, manteniéndola en la esclavitud y en el sufrimiento, al tiempo que frustraban su esparcimiento en el aquí y el ahora con la falsa promesa de una felicidad eterna.

 

El pueblo no se había atrevido a soñar con la igualdad social, ni tampoco a soñar que el hombre rico sólo lo es por el trabajo del pueblo. Una nueva sociedad precisaba de un hombre nuevo. Lequino advirtió que serían vanas si la revolución social no iba acompañada de una revolución moral en la mente y los corazones de la gente.

 

¿Dónde tenemos que buscar la felicidad?  ¿Dónde ciudadanos? Dentro de nosotros, en el fondo de nuestro corazón, en la abnegación, en el trabajo, en el amor al prójimo. Este es el secreto. Según Lequino, mediante el trabajo nos hacemos independientes, útiles para nuestros congéneres, sanos y merecedores de su estima. Sacrificándonos nos inmunizamos a los golpes de la fortuna, porque un alma armada frente a las penalidades se alzará por encima de las vicisitudes del azar, las inconstancias de las perturbaciones políticas y las incertidumbres de la salud.

 

Y qué pensarían de la exhortación de Lequino a que el “ sagrado amor a la patria” obligara a todos los ciudadanos  a buscar la felicidad de un único modo? El nuevo hombre que Lequino proclama desde el púlpito, encuentra la felicidad en una vida dedicada por completo a la felicidad ajena, aun a costa del sufrimiento personal o de su propia muerte.

 

La felicidad se ha convertido en el único horizonte de nuestras democracias, en una visión que muchos consideraban la medida de todas las cosas. Mientras que en los albores de la época moderna la felicidad para muchos hombres y mujeres era Dios, desde entonces la felicidad se ha convertido en nuestro Dios.

 

El cuestionamiento de las evidencias

 

Por qué , después del largo periodo ilustrado, apareció esta novedosa voluntad de ver el mundo a través de las lágrimas?

 

El dolor, acompañante necesario de un mundo caído, era un hecho de la existencia que había que aceptar y soportar, preferiblemente con alegría.

 

El sufrimiento, replicaban los románticos, era una verdad inherente al mundo y por tanto debía reconocerse abiertamente a la luz del día. Como expresaba Schiller, debemos: “ enfrentarnos cara a cara con el maligno destino”.

 

En una palabra, el dolor era trasformador. Humillaba el orgullo individual, ofreciéndonos la posibilidad de identificarnos y compadecernos. E inoculaba en nosotros el reconocimiento del destino común de la humanidad.

 

Keats sabía que el mundo, un “ lugar donde el corazón debe sentir y sufrir de mil formas diferentes, era un valle para el desarrollo del alma”.

 

De los versos de Coleridge se desprende que la alegría es la luz, la alegría es la gloria, la alegría se reserva para los puros del corazón. Y cuando su dulce música se propaga por el alma, nos trasforma y trasforma el mundo, haciendo un Cielo y Tierra nuevos, desposando al yo con la naturaleza.

 

Holderlin: Unirnos con la naturaleza para formar un todo sin fin. Ésa es la meta de todos nuestros afanes.

 

La imaginación colorea y ordena el mundo. En la acepción de Coleridge, no es lo que nos hace ver lo que no puede verse, imaginar lo que no está presente. Mas bien la imaginación nos permite ver como tendrámos que ver, como deberíamos ver.

 

 Coleridge: Tener genio es vivir en lo universal, no conocer más que yo que el que se refleja  no sólo en los rostros de todos los que nos rodean, nuestros congéneres, sino en las flores, los árboles, los  animales, y en verdad en las superficie de las aguas y las arenas del desierto.

  Para ser realmente nosotros mismos, tenemos que liberarnos de nuestro yo. Para acceder a nuestra alegría privada y personal debemos conectar con la alegría universal que anima el mundo.

 

¿ qué es la alegría romántica sino el sueño parcialmente secularizado de experimentar el Cielo en la tierra, el sueño de recuperar el niño perdido, como el nuevo Adán, cada día susurra en nuestro interior, hablándonos de lo que fuimos y de lo que podríamos ser otra vez? 

 

La felicidad no podía comprarse con un penique. Al desear ser Dios, el hombre cae por debajo de su propia naturaleza, observa Baudelaire refiriéndose a sus propio experimentos con el hachis.

 

Para Schopenhauer la voluntad era una fuerza que no podemos representar con precisión, una fuerza que surge imperiosa y que cala en todos los seres vivientes, animando el universo como un todo. En suma, la voluntad es ciega y simplemente lucha sin ningún propósito o fin para reproducirse, para continuar y seguir adelante.

 A menudo no sabemos lo que deseamos o tememos, y que los genitales son el centro de la voluntad declaraba Schopenhauer.

 En la mayoría de los casos, el sufrimiento es el único proceso de purificación por el que el hombre se santifica, dicho de otro modo, por el que abandona el camino del errar de la voluntad de vivir.

 

El liberalismo y sus descontentos

 

Franklin creía que en la vida era necesario contar con ciertas comodidades mínimas para tener una buena vida. En que consiste la felicidad de una criatura racional?  se preguntaba:  “ en tener una mente sensata, un cuerpo sano y suficientes necesidades y comodidades vitales cubiertas, junto al favor de Dios y el amor a la humanidad”.

 

En la tierra de las oportunidades, en el nuevo  Mundo de leche y miel, “ el gusto por los placeres físicos” era la causa principal de la inquietud estadounidense.

 

Cuanto más iguales sean los hombres, concluye Tocqueville, más insaciable será su anhelo de igualdad.

 

La construcción de mundo felices

 

Una comunidad estrechamente unida, un trabajo decidido, una idea de Divinidad: ésos eran los requisitos necesarios, tan  evidentes en la Inglaterra de la edad media y tan ausentes en el mundo del momento.

 

Finalmente, el evangelio del dinero negaba la más grande necesidad humana: la de Dios o la de la divinidad del hombre. Las leyes de Dios se han convertido en un principio de la mayor felicidad, se lamentaba Carlyle. No hay religión; no hay Dios; el hombre ha perdido su alma.

 

Esta es la situación de Inglaterra según Carlyle. Una perezosa aristocracia terrateniente… una aristocracia trabajadora sumergida en el culto al dinero, una pandilla de bucaneros y piratas industriales. Un parlamento elegido por el soborno, una filosofía basada únicamente en la observación, en no hacer nada, en el laissez faire; una religión que se desgasta, que se derrumba; una desaparición absoluta de todo interés humano general, la desesperanza total de encontrar verdad y humanidad, y en consecuencia un aislamiento universal de los hombres en su propia “ tosca individualidad”, una confusión caótica, salvaje, de todos los aspectos de la vida, una guerra de todos contra todos, una muerte generalizada del espíritu, una escasez de alma, es decir, de cualquier conciencia humana; una clase obrera desproporcionadamente fuerte, en una opresión  y una desdicha intolerables.

 

La abolición de la esclavitud, la igualdad y la fraternidad de los hombres y del pueblo, la liberación de la mujer, la abolición de la opulencia y la miseria, la destrucción del poder clerical y, finalmente, la comunidad de bienes. Como Cabet recalcaba en viaje por Icaria y de nuevo con detalle en su tratado de 1846, el verdadero cristianismo, el comunismo era lo mismo que el cristianismo en su pureza de origen.

 

En relación con los primeros escritos de Fourier “ el socialismo” comenzó como un intento de descubrir un sucesor… para la iglesia cristiana.

 

La Gran enciclopedia soviética definía la Felicidad como:

 

Conciencia del espíritu humano de ese estado de ser que se corresponde con la mayor satisfacción interior respecto a la situación en la propia conciencia, con una vida plena y con sentido, y con la realización del proyecto vital individual.

 

Marx: Si en la vida hemos elegido aquella posición desde la que más podemos hacer por la humanidad, ninguna carga podrá doblegarnos, porque siempre serán sacrificios por el bien de todos; así que no experimentaremos una alegría insignificante, limitada o egoísta, sino que nuestra felicidad permanecerá a millones de personas, nuestros actos vivirán silenciosa pero permanentemente en el trabajo, y sobre nuestras cenizas se verterán las cálidas lágrimas de la gente noble.

 

Marx: superar la religión como felicidad ilusoria del pueblo es exigir su autentica felicidad.

 

Al igual que durante siglos los creyentes se habían sacrificado por Cristo, ahora a los individuos se les pedía que se inclinaran ante el hombre. Según Stirner, la asunción de una vocación, la obligación de servir a la humanidad, se derivaban únicamente de una concepción del deber religioso.

 

Engels “ todos los individuos luchan por ser felices y la felicidad del individuo es inseparable de la felicidad colectiva.

 

Benjamín. “ La reflexión nos demuestra que nuestra imagen de la felicidad está profundamente coloreada por el tiempo que el curso de nuestra propia existencia nos ha asignado. El tipo de felicidad que puede despertar nuestra envidia sólo existe en el aire que hemos respirado, entre personas a las que podríamos haber hablado, en mujeres que se nos podían haber entregado. Dicho de otro modo, nuestra imagen de felicidad está indudablemente vinculada a la imagen de redención.

 

La Gaya Ciencia.

 

Darwin: los seres humanos quizá estuvieran cautivos de los motivos ocultos que los gobernaba, quizá fueran esclavos de su animal interior.

 

Schopenhauer despertó en Nietzsche un anhelo de liberación, un anhelo de convertirse en lo que era y en lo que podía ser. Y, lo más importante, también planteaba la posibilidad de que el arte pudiera ser el vehículo para su transformación.

 

Para Nietzsche Sócrates es el gran ejemplar del hombre teorético, el arquetipo del optimista teorético, que se atrevió, sin ayuda de nadie, a cuestionar todo el mundo helénico.

 

Para Nietzsche, ésta es la grandiosa ilusión metafísca que ocupa el núcleo de las enseñanzas socráticas, animando su trinidad capital. La virtud es el conocimiento; todos los pecados surgen de la ignorancia; sólo los virtuosos son felices.

 

Nietzsche: Así es como al animal hombre se le acaba por enseñar a avergonzarse de todos sus instintos. De camino hacia su conversión en ángel… el hombre ha ofendido el estómago y ha ensuciado su lengua hasta el punto de que no sólo la alegría y la inocencia de los animales les parece repugnantes, sino que la propia vida le resulta desagradable.

 

La alegría se quiere a sí misma, dice Zaratustra, quiere eternidad, quiere recurrencia, quiere que todo sea idénticamente eterno.

 

Vivir es luchar, sufrir y anhelar, y que, al fin y al cabo, la felicidad humana está relacionada con esa lucha. Que poco sabéis de la felicidad humana vosotros, personas cómodas y benevolentes, porque la felicidad y la infelicidad son hermanas e incluso gemelas que, o crecen juntas o, como en nuestro caso, nunca crecen. El hombre no lucha por el placer, sino por el poder, añade Nietzsche.

 

La satisfacción sin límites de cualquier necesidad se presenta como el método más tentador de conducir la propia vida, reconocía Freud, pero comporta poner el disfrute por delante de la precaución y no tarda en propinar su propio castigo.

 

Freud tenía en mente la clase de renuncia ascética practicada por los santos. Pero, una vez más, juzgaba que la estrategia era deficiente. Si triunfa, el sujeto también ha… renunciado a todas las demás actividades: ha sacrificado su vida; y siguiendo otra senda, sólo ha logrado, una vez más, la felicidad de la quietud. El remedio era peor que la dolencia que pretendía curar.

 

Mucho más prometedores, según Freud, eran los placeres que se podían obtener mediante la sublimación y los saludables desplazamientos de la libido que conlleva trabajo creativo y productivo. Freud recomendaba la actividad profesional, especialmente el trabajo físico e intelectual, por ser fuente de especial satisfacción, sobre todo cuando se elige libremente. Ninguna otra técnica de conducta vital vincula al individuo tan firmemente a la realidad, sostenía. Y aunque el trabajo para Freud  no estaba suficientemente valorado por los hombres como vía hacia la felicidad, merecía serlo.

 

Según Freud, la felicidad es la realización tardía de un deseo prehistórico o infantil. En cualquier caso, aceptaba que quizá el amor erótico se acerque más a este objetivo ( el de la realización positiva de la felicidad) que cualquier otro método.

 

Freud: nunca estamos tan indefensos frente al sufrimiento como cuando amamos, nunca tan absolutamente infelices como cuando hemos perdido al objeto amado o su amor.

 

Un mundo feliz de Huxley sigue conmocionado con su retrato de una anodina sociedad de consumo regida por el principio de placer, la gratificación inmediata y el culto a la juventud. A los ciudadanos se les alienta a erradicar en la medida de lo posible lo desagradable, en lugar de aprender a soportarlo, los conduce el indefectible atractivo de la prosperidad, la satisfacción sexual y la eterna juventud, y los condiciona la necesidad de abolir la culpa, la memoria y el remordimiento. Esta es la felicidad de los últimos hombres de Nietzsche: una felicidad, que libres de sus vínculos finales con la virtud, la trascendencia y el desarrollo de uno mismo, se ve reducida por fin y únicamente a la comodidad de sentirse bien.

 

Primo Levi: Durante la vida, tarde o temprano se descubre que la felicidad perfecta es irrealizable, pero sólo unos pocos se paran o piensan en la antítesis: que la infelicidad perfecta es igualmente inalcanzable. Los obstáculos que impiden la realización de estos estados extremos son de la misma naturaleza: proceden de nuestra condición humana, opuesta a todo lo infinito. Nuestro conocimiento del futuro, siempre insuficiente, se opone a ello, y a esto se llama en unos casos esperanza y en otros incertidumbre sobre el día siguiente. La certeza de la muerte se opone a ello, porque pone límites a todas las alegrías, pero también a todos los sufrimientos. Los inevitables afanes materiales se oponen a ello, porque al envenenar cualquier felicidad duradera, con la misma diligencia nos apartan de nuestros infortunios, y hacen que nuestra conciencia de ellos sea intermitente, y por tanto, soportable.

 

Victor Frankl, por su propia experiencia en Auschwitz le llevó a la conclusión que las dimensiones del sufrimiento humano son absolutamente relativas. Que una cosa insignificante puede reportar la mayor de las alegrías. Vislumbrar una montaña o contemplar el espectáculo de una puesta de sol constituía sublimes recordatorios de lo hermoso que podía ser el mundo.

 

Las imágenes de felicidad artificial no hacen más que reforzar la tristeza, la culpa, y la sensación de incapacidad auténticas que sienten los que no pueden encontrarla en sí mismos para participar en ese regocijo.