Existe la pretensión de escapar a una metáfora que sea un lugar común por un lenguaje seco para escapar de algo estéril y un ruido que abruma con tanto mensaje suelto. De pronto dar cabida a un escepticismo como forma de sobrevivencia, que combata la quimera deshonesta y arregle al levantarse una pesadilla con una palabra capaz de deshacer un infortunio que trae una madre con sus culpas para validar el cuerpo y el afecto.
Sylvia la poesía es una inutilidad que transforma y se comprende el afán por aprender cuestiones prácticas, pero sin una emoción difícilmente sabríamos de tiempos remotos donde una mujer sólo se reconocía al lado de un hombre, la que fue regalada a otra familia por ser hija del hijo del patrón, dueño de hacienda, y conservaría las magulladuras en la espalda propinadas en la infancia. Un ciclo que parece repetirse en las nuevas generaciones como una ley inercial en una misma niña que jugó con su casa de muñecas y recibe el reclamo, el cariño y la amargura de su mamá.
Una mujer celebra con vino la obtención de una ensoñación y acompaña en las adversidades. La que entiende el trabajo, la solidaridad y el sacrificio que otra cargó con el pasar de los años, una arquitecta sostén de un hogar, que a pesar de tanto pesares no le impide protestar contra los cementerios, reúne y junta gente para alegrarse de la vida de las calles , responde con empatía la sonrisa de un bebe y acaricia la esperanza que trae un nuevo retoño al mundo, aunque a veces queda la soledad frente a una acacia y ante la desilusión por un Trovaldo su partida sea su propio acto de liberación.










