la conquista de la felicidad

 

 Bertrand Rusell. La Conquista de la Felicidad. Barcelona: Mondadori, 2003.

 

Nota  aclaratoria: He tomado algunas frases de Rusell que me parecieron resumir las ideas principales del  libro. En general, es aproximarse al tema de la felicidad desde otra mirada.

 

He descubierto cuáles eran las cosas que más deseaba, y poco a poco, he ido adquiriendo muchas de esas cosas. En parte se debe a que he logrado prescindir de ciertos objetos de deseos que son absolutamente inalcanzables. Pero principalmente se debe a que me preocupo menos por mí mismo.

 

Poco a poco aprendí a ser indiferente a mí mismo y a mis deficiencias; aprendí a centrar la atención, cada vez más, en objetos externos. El estado del mundo, diversas ramas del conocimiento, individuos por los que sentía afecto.

 

Y todo interés externo inspira alguna actividad que, mientras el interés se mantenga vivo, es preventivo completo del aburrimiento.

 

La disciplina externa es el único camino a la felicidad para aquellos desdichados cuya absorción en sí mismos es tan profunda que no se pueden curar de ningún modo.

 

Todo éxito verdadero en el trabajo depende del interés auténtico por el material relacionado con el trabajo.

 

El hombre cuyo único interés en el mundo es que el mundo le admire tiene pocas posibilidades de alcanzar su objetivo.

 

El megalómano se diferencia del narcisista en que desea ser poderoso antes que encantador, y prefiere ser temido a ser amado. A este tipo pertenecen muchos lunáticos y la mayoría de los grandes hombres de la historia. El afán de poder, como la vanidad, es un elemento importante de la condición humana normal, y hay que aceptarlo como tal; sólo se convierte en deplorable cuando es excesivo o va unido a un sentido de realidad insuficiente.

 

La embriaguez, por ejemplo, es un suicidio temporal; la felicidad que aporta es puramente negativa, un cese momentáneo de la infelicidad.

 

Las personas que son desdichadas, como las que duermen mal, siempre se enorgullecen de ello.

 

El sabio será todo lo feliz que permitan las circunstancias, y si la contemplación del universo le resulta insoportablemente dolorosa, contemplará otra cosa en su lugar.

 

¡ oh , amor! Qué injustos son contigo los que dicen que tu dulzura es amarga, cuando los ricos frutos son de tal manera que no puede existir nada tan dulce.

 

El amor hay que valorarlo porque acentúa todos los mejores placeres, como el de la música, el de la salida del sol en las montañas y el del mar bajo la luna llena. Un  hombre que nunca haya disfrutado de las cosas bellas en compañía de la mujer que ama, no ha experimentado plenamente el poder mágico del que son capaces dichas cosas. Además, el amor es capaz de romper la dura concha del ego, ya que es una forma de cooperación biológica en la que se necesitan emociones de cada uno para cumplir los objetivos instintivos del otro.

 

El hombre depende de la cooperación, y la naturaleza le ha dotado, es cierto que no del todo bien, con el aparato instintivo del que puede surgir la cordialidad necesaria para la cooperación.

 

El amor verdadero es un fuego perdurable que arde eternamente en la mente. Nunca enferma, nunca muere, nunca se enfría, nunca se niega a sí mismo.

 

Probablemente, el hombre no tiene amigos que le importen de verdad, aunque hay muchas personas con las que finge una cordialidad que le gustaría sentir.

 

Para ser feliz, el hombre de negocios estadounidense tiene antes que cambiar de religión. Mientras no solo desee el éxito, sino que esté sinceramente convencido de que el deber  de un hombre es perseguir el éxito y que el hombre que no lo hace es un pobre diablo, su vida estará demasiado concentrada y tendrá demasiada ansiedad para ser feliz.

 

Por mi parte, lo que me gustaría obtener del dinero es tiempo libre y seguridad. Pero lo que quiere obtener el típico hombre moderno es más dinero, con vista a la ostentación, el esplendor y el eclipsamiento de los que hasta hora han sido sus iguales.

 

Además, a los cerebros se les mide por el dinero que ganan. Un hombre que gana mucho dinero es un tipo inteligente; el que no lo gana, no lo es. A nadie le gusta que piensen que es un tonto. Por tanto, cuando el mercado está inestable, el hombre se siente como los estudiantes durante un examen.

 

Tampoco niego que el dinero, hasta cierto punto, es muy capaz de aumentar la felicidad; pero más allá de ese punto, no creo que lo haga. Lo que sostengo es que el éxito únicamente puede ser un ingrediente de la felicidad, y saldrá muy caro si para obtenerlo se  sacrifican los demás ingredientes.

 

Hombres y mujeres parecen incapaces de disfrutar de los placeres más intelectuales. El arte de la conversación general, por ejemplo, llevado a la perfección en los salones franceses del siglo XVIII, era una tradición viva hace cuarenta años. Era un arte muy exquisito, que ponía en acción las facultades más elevadas para un propósito completamente efímero.

 

Las personas cuyo concepto de la vida hace que sientan tan poca felicidad que no les interesa engendrar hijos están condenadas. No tardarán en ser sustituidas por algo más alegre y festivo.

 

Y al final la desaparición de la estirpe por esterilidad. No es solo el trabajo lo que ha quedado envenenado por la filosofía de la competencia; igualmente envenenado ha quedado el ocio. El tipo de ocio tranquilo y restaurador de los nervios se considera aburrido. Tiene que haber una continua aceleración, cuyo desenlace natural será las drogas y el colapso. El remedio consiste en reconocer la importancia del disfrute sano y tranquilo de vida equilibrado.

 

Las guerras, los pogromos y las persecuciones han formado parte de las vías de escape al aburrimiento; incluso pelearse con los vecinos era mejor que nada. Así pues, el aburrimiento es un problema fundamental para el moralista, ya que por lo menos la mitad de los pecados de la humanidad se cometen por miedo a aburrirse.

 

Así pues, para llevar una vida feliz es imprescindible cierta capacidad de aguantar el aburrimiento, y esta es una de las cosas que se debería enseñar a los jóvenes.

 

El ritmo de la vida de la tierra es lenta; el otoño y el invierno son tan imprescindibles como  la primavera y el verano, el descanso es tan imprescindible como el movimiento.

 

Una vida feliz tiene que ser, en gran medida, una vida tranquila, pues sólo en un ambiente tranquilo puede vivir la auténtica alegría.

 

Lo que para el empleado es el miedo al despido, para el jefe es el miedo a la bancarrota. Es cierto que algunos son lo bastante grandes para estar por encima de este miedo, pero, por lo general, para alcanzar una posición tan elevada han tenido que pasar años de lucha agotadora, durante los que tuvieron que esforzarse para estar al corriente de lo que ocurría en todas las partes del mundo y frustrar las maquinaciones de sus competidores.

 

El sabio solo piensa en sus problemas cuando tiene algún sentido hacerlo; el resto del tiempo piensa en otras cosas o, si es de noche, no piensa en nada.

 

No hay nada tan agotador como la indecisión, ni nada tan estéril.

 

Nuestros éxitos y fracasos, a fin de cuentas, no importan gran cosa. Se puede incluso sobrevivir incluso a las grandes penas; las aflicciones que parecía que iban a poner fin a la felicidad para toda la vida se desvanecen con el paso del tiempo hasta que resulta casi imposible recordar lo intensas que eran. Pero por encima de estas consideraciones egocéntricas está el hecho de que el ego de una persona es una parte insignificante del mundo. El hombre capaz de centrar sus pensamientos y esperanzas en algo que trascienda puede encontrar cierta paz en los problemas normales de la vida, algo que le resulta imposible al egoísta puro.

 

La preocupación es una modalidad de miedo, y todas las modalidades de miedo provocan fatiga. Al hombre que ha aprendido a no sentir miedo le disminuye enormemente la fatiga de la vida cotidiana.

 

Toda forma de valor, tanto en hombres como en mujeres, debería ser tan admirada como lo es la valentía física en un soldado. El hecho de que el valor físico sea tan corriente entre los varones jóvenes demuestra que el valor se puede desarrollar en respuesta a la opinión pública que lo exige. Si hubiera más valor, habría menos preocupaciones y, por tanto, menos fatiga; Y es que una gran proporción de las fatigas nerviosas que sufren en la actualidad hombres y mujeres se debe a los miedos, conscientes o inconscientes.

 

La persona envidiosa no solo desea hacer daño, y lo hace siempre que puede con impunidad; además, la envidia la hace desgraciada. En lugar de obtener placer de lo que tiene, sufre por lo que tiene los demás. Si puede, privará a los demás de sus ventajas, lo que para él es tan deseable como conseguir esas ventajas para sí mismo.

 

En cuanto se piensa racionalmente en las desigualdades, se comprueba que son injustas a menos que se basen en algún mérito superior. Y en cuanto se ve que son injustas, la envidia resultante no tiene otro remedio que la eliminación de la injusticia. Por eso en nuestra época la envidia desempeña un papel tan importante. Los pobres envidian a los ricos, las naciones pobres envidian a las ricas, las mujeres envidian a los hombres, las mujeres virtuosas envidian a las que, sin serlo, quedan sin castigo.

 

La razón, evidentemente, es que el corazón humano, tal como lo ha moldeado la civilización moderna, es más propenso al odio que a la amistad. Y es propenso al odio porque está insatisfecho, porque siente en el fondo de su ser, tal vez incluso subconscientemente, que de algún modo se le ha escapado el sentido de la vida, que seguramente otros que no somos nosotros han acaparado las cosas buenas que la naturaleza ofrece para disfrute de los hombres.

 

Nuestra moral oficial ha sido formulada por sacerdotes y por mujeres mentalmente esclavizados. Ya va siendo hora de que los hombres que van a participar normalmente en la vida normal del mundo aprendan a rebelarse contra esa idiotez enfermiza.

 

Una actitud expansiva y generosa hacia los demás no solo aporta felicidad a los demás, sino que es una inmensa fuente de felicidad para su poseedor, ya que hace que todos le aprecien. Pero dicha actitud es prácticamente imposible para el hombre atormentado por el sentimiento de pecado. Es consecuencia del equilibrio y la confianza en uno mismo.

 

Primero, recuerda que tus motivos no siempre son tan altruistas como te parecen a ti. La segunda: no sobrestimes tus propios méritos. La tercera: no esperes que los demás se interesen por ti como te interesas tú. Y la cuarta: No creas que la gente piensa tanto en ti como para tener algún interés especial en perseguirte.

 

Las satisfacciones basadas en el autoengaño nunca son sólidas, y por muy desagradable que sea la verdad, es mejor afrontarla de una vez por todas, acostumbrarse a ella y dedicarse a construir nuestra vida de acuerdo con ella.

 

Yo creo que, en general, dejando aparte la opinión de los expertos, se hace demasiado caso a las opiniones de otros, tanto en cuestiones importantes como en asuntos pequeños.

 

La felicidad es más fácil si uno se relaciona con personas de gustos y opiniones similares. Es de esperar que las relaciones sociales se desarrollen cada vez más en esa línea, y podemos confiar en que de ese modo se reduzca poco a poco, hasta casi desaparecer, la soledad que ahora aflige a tantas personas no convencionales.

 

El mejor modo de aumentar la tolerancia consiste en multiplicar el número de individuos que gozan de auténtica felicidad, y por tanto, no obtienen su mayor placer infligiendo daño a sus prójimos.

 

La felicidad de mi jardinero es del mismo tipo; está empeñado en una guerra perpetua contra los conejos, de los que habla exactamente igual que Scotland Yard de los bolcheviques; los considera siniestros, intrigantes y feroces, y opina que solo se les puede hacer frente aplicando una astucia igual a la de ellos. Aunque pasa con mucho de los setenta años, trabaja todo el día y recorre en bicicleta para ir y volver del trabajo, pero su fuente de alegría es inagotable y son “ esos conejos” los que se la proporcionan.

 

Por tanto, lo más prudente es no ser excesivamente engreído, pero tampoco demasiado modesto para ser emprendedor.

 

 

La felicidad básica depende sobre todo de lo que podríamos llamar un interés amistoso por las personas y las cosas.

 

Esto es típico de las pasiones excesivas y desproporcionadas. Lo que se busca no es el placer en la cosa misma, sino el olvido.

 

Pero la confianza general en uno mismo es consecuencia, sobre todo, de estar acostumbrado a recibir todo el afecto que uno necesita.

 

El impulso posesivo de los padres puede descarriar al niño de mil maneras, grandes y pequeñas, a menos que tengan mucho cuidado o sean muy puros de corazón.

 

La constancia en los propósitos no basta para hacerle a uno feliz, pero es una condición casi indispensable para una vida feliz. Y la constancia de los propósitos se encarna principalmente en el trabajo.

 

La persona capaz de la grandeza de alma abrirá de par en par las ventanas de su mente, dejando que penetren libremente en ella los vientos de todas las partes del universo. Se verá a sí mismo, verá la vida y verá el mundo con toda la verdad que nuestras limitaciones humanas permitan; dándose cuenta de la brevedad e insignificancia de la vida humana, comprenderá también que en las mentes individuales está concentrado todo lo valioso que existe en el universo conocido. Y comprobará que aquél cuya mente es un espejo del mundo llega a ser, en cierto sentido tan grande como el mundo. Experimentará una profunda alegría al emanciparse de los miedos que agobian al esclavo de las circunstancias, y seguirá siendo feliz en el fondo a pesar de las vicisitudes de su vida exterior.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Euforia perpetua

De La Euforia Perpetua.

Sobre el deber de ser feliz.

Barcelona: Ensayo Tusquets Editores, 2002

 

 

 

Pero probablemente somos las primeras sociedades de la historia que han hecho a la gente infeliz por no ser feliz.

 

Dejemos a los borrachos del Edén sus dogmas e imposiciones. Aquí sólo queremos borrar la culpa, aliviar el peso: que cada cual sea libre de no ser feliz sin avergonzarse, o de serlo de vez en cuando y a su manera. Si no queremos que una aspiración legítima se convierta en castigo colectivo, hay que tratar al despiadado ídolo de la felicidad con la mayor desenvoltura del mundo.

 

Tal vez la única felicidad exista únicamente en la escritura, y que la vida sólo intente conseguir por sí misma, a posteriori, la perfecta conjunción de palabras, el tono adecuado de una expresión.

 

Y eso que, en nuestras vidas incoloras, no necesitamos tranquilidad, sino auténticas actividades, acontecimientos con peso y sentido, instantes como relámpagos que nos fulminen y nos saquen de quicio. El tiempo , ese gran saqueador, nos roba continuamente; pero una cosa es que nos desvalijen a lo grande y envejecer con la conciencia tranquila de haber tenido una vida plena, y otra que nos quiten todos los días pellizquitos miserables de cosas que ni siquiera hemos vivido.

 

Lo peor que le puede ocurrirle a alguien es pasar al lado de su felicidad sin reconocerla. Esperar un acontecimiento milagroso que nos redima sin ver que el milagro se halla en el acontecimiento que estamos viviendo.

 

Hay que dejar una puerta abierta al “ país del afuera” (Lewis Caroll), al misterio, a lo inexplorado, y atravesar esa puerta al menos una vez, responder a la llamada de lo otro, para unos el desierto, para otros Africa u Oriente, o el descubrimiento de una nueva sexualidad, o de una vocación amordazada. Entonces todo depende e la inmanencia de una fuga, de un salto que nos libere de las fuerzas asfixiantes de la rutina, de la mezquindad.

 

La búsqueda de una buena vida  debe obedecer a dos exhortaciones contradictorias. Aprovechar plenamente lo que nos sucede y a la vez seguir a la escucha de lo que sucede en otras partes. Una sabiduría de la miopía, absorta en el presente, satisfecha de ser lo que es; y una sabiduría de la presbicia, que hace proyectos y no se conforma con su condición.

 

El problema de las felicidades que cuanto más se impone como objetivo universal, más se vacía de contenido.

 

Pero si bien la felicidad huye de quienes la buscan, tampoco es cierto que favorezca a quienes huyan de ella. Nadie tiene jamás la certeza de ser verdaderamente feliz; plantearse la pregunta significa echar a perder de antemano la respuesta.

 

Pero las cosas serían más sencillas si pudiéramos sentirnos satisfechos con lo que vivimos.

 

La alegría es contagiosa, es un imán irresistible. Mejor apartarse de los tristones que rondan en torno a la desdicha con cara de glotonería, y preferir la compañía de los apasionados, de los que saben vivir, cuya sola presencia es ya una promesa de expansión, de animación.

 

Lo aburrido es nuestra mirada y no la realidad, y tengo que desinfectarla, limpiarla de impurezas.

 

La vida cotidiana puede transfigurarse si cada uno de nosotros, en la medida de sus posibilidades, empieza a hacer milagros, se convierte en un creador de paraísos, en un “ divino asesino de costumbres” ( Pierre –Albert- Birot)

 

El estado más placentero tiene muchos intervalos lánguidos.

 

Sin el aburrimiento, sin esa somnolencia del tiempo en que las cosas pierden su sabor, ¿ quién abriría nunca un libro o se marcharía de su ciudad natal?

 

Según Robert Mirashi “ La vida feliz implica una experiencia cualitativa donde se dan cita la satisfacción y el significado, es decir, la densidad de una presencia de acuerdo consigo misma y la coherencia de un sentido deseado y realizado”.

 

Que nada se parece más al Infierno que el paraíso, que éste último puede entreverse pero no tocarse.

 

Una vida exaltante es a la vez realización y desconcierto, es decir, esa decepción maravillosa que se produce cuando ocurre lo que uno no deseaba y nos volvemos sensibles a todo lo que hace que la existencia sea opulenta, ferviente, embriagadora. Una ilusión que se viene abajo es una puerta abierta a los milagros.

 

La excitación de no saber de qué va a componerse el día de mañana, la incertidumbre de lo que nos espera, son superiores en sí mismas a la regularidad de un placer grabado en nuestras células. En todos los sentidos figurados, hay un valor que supera infinitamente la felicidad: es lo novelesco, esa maravillosa capacidad del destino para reservarnos sorpresas hasta el final, para asombrarnos, para apartarnos del camino que seguíamos. ¿ acaso no es mejor preferir una historia sin felicidad, pero llena de animación, a una felicidad sin historia? No hay nada peor que esa gente que siempre está contenta, en cualquier circunstancia; gente que parece haberse pintado una mueca radiante en la cara, como si cumpliera una cadena perpetua de alegría.

 

La cortesía es una pequeña estrategia, un artificio admitido para desbaratar la agresividad, para hacer más fluidas las mezclas humanas, para reconocer el lugar del otro sin usurpar su libertad.

 

No se puede decir que un hombre es feliz hasta los últimos momentos de su vida, decía Solón.

 

Hay que desconfiar de entrada de los  que van pregonando su desprecio por el becerro de oro: podemos estar seguros de que en el fondo de su corazón lo adoran o sólo piensan en privar de él a los demás. La ventaja del dinero es que sigue siendo un medio para preservar la libertad individual, para desinfectar las relaciones sociales, para alcanzar cierta autonomía.

 

Como escribió Spengler :“ una civilización altamente evolucionada es inseparable del lujo y de la fortuna”.

 

La pobreza es odiosa para quienes la padecen, acumula privaciones y humillaciones, y la vergüenza aumenta el malestar. En cualquier circunstancia hay que clasificar el dinero entre las cosas preferibles  (Séneca ) de las que se puede disponer si el destino permite tenerlas.

 

El dinero acompaña la alegría de vivir cuando nos olvidamos de él y desaparece como tal, y no impide ni la posesión razonable ni el libre vagabundeo de la mente. No depender del dinero es saber que si tuviéramos mucha más no viviríamos de otro modo.

 

La mayor parte del tiempo, para la mayoría de la gente, el dinero es comparable a la droga: se suponía que iba a liberarnos  de todas las preocupaciones, pero se convierte en una preocupación obsesiva, en una finalidad en sí misma. Nos persigue su ausencia, nos estorba su presencia, nos impide con él una relación normal.

 

¿ qué precio estamos dispuestos a pagar para tener dinero, qué lugar queremos otorgarle? Es preferible limitar el gasto si así podemos satisfacer nuestras pasiones, aumentar el espacio que ocupan la vida amorosa y la vida espiritual en lugar de endeudarse a todas horas.

 

Actualmente, el lujo consiste en todo lo que escasea: la comunión con la naturaleza, el silencio, la meditación, la lentitud recobrada, el placer de vivir a contratiempo, la ociosidad estudiosa, el disfrute de las obras maestras del espíritu y otros tantos privilegios que no se pueden comprar porque no tienen, literalmente, precio.

 

En definitiva, el verdadero lujo, pero todo lo que vale la pena es tan difícil como poco frecuente ( Spinoza) es inventar nuestra propia vida, ser dueños de nuestro destino”.

 

La Antigüedad vivía con la esperanza de refutar el sufrimiento; el cristianismo, con el afán de exaltarlo, y nosotros vivimos intentando negarlo, huimos de él como la peste, ni siquiera queremos considerar la idea de que exista.

 

Desde que nuestras sociedades se preocupan solamente por la felicidad, hablan más que nada del sufrimiento.

 

Para que la satisfacción sea completa hay que caminar al paso del tiempo, madurar poco a poco los proyectos, evitar la precipitación que da al traste con los más bellos proyectos. No llamamos sufrimiento a lo que sólo es signo de inconclusión.

 

En resumen, una vida sin lucha, sin lastres, sin esfuerzo de ningún tipo, una vida que fuese una línea recta en lugar de una pendiente espacarpada  (Jenofonte) sería también un monumento a la languidez.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mientras Agonizo

La muerte en Mientras Agonizo de William Faulkner y en la Hojarasca de García Márquez.

 

Juan Carlos Mayor.

 

La muerte y la conciencia de la finitud nos interpelan por el sentido de nuestra vida y  nuestro quehacer. De tal forma, que toda cultura crea todo un entramado de significaciones frente al hecho certero de la desaparición, pero  a pesar  que el paso de cada quien por la tierra sea transitorio, también  los humanos como colectivo buscan la eternidad y la lucha contra el olvido. Las religiones buscan darnos una explicación del mas allá,  en el caso del cristianismo la promesa de una vida futura, garantizada por Dios para los elegidos por él. Sin embargo,  a pesar de la linealidad y el tiempo de los relojes de la modernidad, las culturas han tenido conciencia de un tiempo circular ,  que después de la muerte, de alguna manera vuelve y retoña la vida.

 

A pesar de las similitudes de la obra en cuanto algunas técnicas narrativas y frente a la misma temática tratada, las diferencias  comienzan a marcarse por la cosmovisión de las culturas que recrean Faulkner y García Márquez. Los Bundren son una familia pobre y periférica dentro del sistema capitalista, que trabaja en el algodón en el sur de los Estados Unidos,  explotados por los comerciantes y en especial por Tull quien siempre observa a Cash, el carpintero, con el deseo de tenerlo en sus huestes y con el deseo que trabaje con el mismo amor y dedicación que le hizo la caja mortuoria a   su madre. La profundización psicológica que Faulkner hace de sus personajes obedece también al mismo proceso de individuación de la sociedad norteamericana. Anse, el padre de la familia, permite observar el peso de la religión en la formación del capitalismo en los Estados Unidos, pues además de considerarse un elegido de Dios buscará la maximización de sus intereses: “Yo soy un elegido del Señor, porque El castiga a los que ama. Pero que me cuelguen si su forma de demostrarlo no es extraña. Pero ahora voy a ponerme los dientes. Y va a ser un consuelo. Vaya que sí[1].

 

 Cora Tull en cambio demuestra la hipocresía que se esconden detrás de estos preceptos religiosos, pues a pesar de tener en cuanta el deber social y las normas sociales, piensa en si misma al mercadear sus pasteles sin comprender la rabia y la soledad de Addie, la esposa de Anse, en su hora de despedida. Faulkner   nos relata las dificultades de esta familia para realizar el proyecto colectivo de enterrar a su madre, no sólo por el peso y la perdida que juega el muerto en cada uno de ellos, sino por el papel que juega la culpa en cada uno de sus hijos,  y los intereses personales que se esconden en cada uno de los personajes.

 

En la obra de García Márquez se descubre que los pueblos latinoamericanos, y en particular el colombiano, estuvieran condenados a repetir su historia. La familia del coronel que se ha sentado en Macondo con sus recuerdos y tradiciones,  huyendo  de las guerras civiles, está condenada a desaparecer, pues debe enfrentarse a la hojarasca, a ese juego de espejismos y de ilusiones que crea las repetidas “bonanzas económicas”: banano, petróleo, coca, pero que al final, lo único que dejan es una estela de destrucción y muerte.

 

El coronel  representa los valores de una sociedad tradicional moribunda, pues a pesar que pretende cumplir los códigos de honor y lealtad, se queda corto para entender los cambios que se producen en una sociedad periférica capitalista. El coronel se enfrenta con instituciones sociales fragmentadas, a un Estado corrupto, pues hasta debe comprar el certificado de defunción al Alcalde para cumplir con el deber social de enterrar a su amigo el Doctor. Y si en la obra de Faulkner los personajes interiorizan de cierto modo la religión, en la Hojarasca encontramos el carácter meramente ritualista de la religión católica,  si todos esperaban con ansiedad la llegada del nuevo cura al pueblo, después lo verán despreocupado  descansando en una hamaca:  “El cachorro prefiere orientar al pueblo en relación con los fenómenos atmosféricos. Tiene una preocupación casi teológica por las tempestades. Todos los domingos habla de ellas. Y su prédica, por eso, no se basa en los Evangelios, sino en las predicciones atmosféricas del almanaque Bristol[2]. La religión cumple así más el papel de inmovilizar las relaciones sociales, que cada uno cumpla su rol y excluir al diferente, incluso posteriormente el cura Angel se negará a enterrar al Doctor por ser ateo y haberse ahorcado como un condenado.

 

La salida del Doctor de la casa del coronel genera en cierta forma su fin y el escarnio público que el coronel trata de evitar,  cuando Meme se atrevió ir a la iglesia como una de las señoras,   muestra  el ostracismo  de la relación entre el Doctor y Meme, pues se impidió comprender la  diferencia que el primero  representaba   como un extranjero, y por otro, la huida de la segunda o su muerte precita el olvido. En últimas, queda el fracaso de la movilidad social dentro dicha sociedad.

 

Existe una muerte  social  en Macondo con la aparición del olvido, pues hay un tiempo subjetivo, estático en los personajes, donde las mismas nociones de tiempo y espacio se paralizan, mientras el tiempo cronológico es marcado con la llegada del tren. Isabel tal vez sea el mayor ejemplo de lo anterior,  termina casada por las conveniencias del padre, su esposo Martín es un ser evanescente,  sólo le queda la imagen de los cuatros botones,  en su matrimonio ve el reflejo de su madre muerta y su hijo parece  un ser fantasmático igual que su padre. Por último, el cuadro de destrucción de Macondo lo cierra la violencia política creada por los mismos políticos, que para crear la tensión y el interés electoral atizan el fuego, y  en últimas consiguen la perpetuación de su poder político y la dominación social.

 

A continuación, después del anterior marco general se realiza una interpretación de cada de una de las obras, para terminar con una breve conclusión.

 

1. La muerte  en Mientras Agonizo de William Faulkner

 

En Mientras Agonizo de Willliam Faulkner la trama se desarrolla en torno a la muerte de la Madre, Addie, y muestra su impacto  en el núcleo de una familia y   a través de los monólogos interiores nos enteramos de los conflictos familiares desde diversos puntos de vista. Así, que la promesa que Anse hace a Addie de enterrarla en su pueblo es a su vez una venganza  por el desengaño con el esposo:”Fue entonces cuando aprendí que las palabras no sirven para nada; que las palabras no se ajustan a lo que tratan de decir…El tenia una palabra. Amor, lo llamaba él. Pero yo llevaba mucho tiempo habituada a las palabras. Supe que aquella palabra era como las demás: una forma para llenar una carencia. [3]  Addie quiere ser enterrada en Jefferson lejos de New Hope, la tierra de los Bundren, y convertirse en una carga después de muerta por orgullo y por su corazón roto. Los hijos como tal también cargarán con las culpas de los padres, y en el viaje a Jefferson a sepultar a su madre  cada una realiza a su modo el duelo, para recomponerse nuevamente a la vida, con excepción de Darl que quiere transgredir el ritual, quemando a su madre antes de tiempo. De esta forma quedara excluido de la familia en el manicomio de Jackson. Anse consigue una nueva mujer,  el dinero para su caja de dientes y un gramófono para divertir a los muchachos. Los demás miembros de la familia, a excepción de Darl, continúan con sus ilusiones, pues como lo recuerda el Doctor Peabody: “Recuerdo que cuando yo era joven creía que la muerte era un fenómeno del cuerpo; ahora sé que no es más que una mera función de la mente- y de la mente de los que sufren la pérdida- los nihilistas dicen que es el final; los fundamentalistas, el principio. Cuando en realidad no es más que un inquilino o una familia que se muda de una casa o una ciudad”. [4]

 

En Mientras Agonizo la muerte no surge  de improviso, por el contrario, parece haber premeditación de parte del muerto como de su entorno familiar. Addie decide donde quiere ser enterrada, observa la preparación de la caja mortuoria por parte de su hijo Cash y hasta decide cuando morirse. Darl menciona: “Aguantará hasta que esté terminada. Aguantará hasta que todo esté listo, hasta el momento que ella juzgue conveniente”[5].  Como la misma Addie lo dice:”mi padre solía decir que la razón para vivir era prepararse para estar muerto durante mucho tiempo”[6]. Addie siente cumplida su misión, pues le da a Anse los dos últimos hijos como reparación, después del hijo del pecado y del amor que fue Jewel. De todas formas, el ceremonial de la muerte sufre una irregularidad cuando  Jewel y Darl salen de trabajo por exigencia de Anse, en vez de acompañarla en la inmanencia del final de su madre.  Cora, como postandarte del punto de vista moral, lo afirma:”Así que cuando llegue mi hora postrera, estaré rodeado de caras amantes, y me llevaré el beso de adiós de quienes me quieren como una forma de recompensa. No como Addie Bundren que se esta muriendo sola[7]. Así, La muerte asume un carácter inevitablemente social y enfrenta a los vivos con su finitud. De esta forma, los efectos y la conmoción que produce la muerte varía. Para los extraños, pero cercanos a  la familia es un deber social, a pesar que su presencia se haga incómoda. Así, vemos como Cora Tull vive más  preocupada  por el mercadeo de sus pasteles, que el sufrimiento de la agonizante e incluso para los extraños que presencia el viaje, no deja de ser incomodo la visita de  una carreta pobre con la hediondez de un cadáver. Dentro de la misma familia la presencia de la muerte no agota las ilusiones ni sueños de los que viven, y que en la novela revela algo de humor negro del autor  quitándole su pomposidad. Darl le dice a Dewey Dell: – quieres que se muera y así poder ir a la ciudad, no es eso?[8]  , pues para ella lo más  importante es llegar a Jefferson y encontrar las drogas abortivas que enterrar a su madre, pues quiere evitar el hijo de Lafe se convierta en una carga, como su madre también lo fue para ella y para   sus otros hijos. Anse cumple su promesa de sepultar a su mujer en Jefferson, pero le sirve para conseguir mujer y una caja de Dientes. Vandarman, aunque más traumatizado por la muerte que el niño de la Hojarasca,   en la asociación que realiza entre el pescado y la madre, en clara alusión a la alegoría cristiana resucita a su madre, pues existe la misma forma imaginaria y metafísica con la que la muerte se hace soportable, pero también en la persecución de los cuervos se hace presente lo físico de ella. La llegada a Jefferson es la ilusión de la navidad, de comer plátanos y de ver el juego de trenes en una vitrina donde se incorpora nuevamente la vida. Jewel logró cumplir su papel de redentor y logra salvar a su madre dos veces tanto del agua y del fuego. Darl también por su intuición y reflexión quería acabar la farsa de una vez, pero termina pagando un precio alto, pues su tono revelador de los secretos familiares lo convierten en indeseable para  su hermana Dewey Dell.

 

2. La muerte en la hojarasca de Gabriel García Márquez.

 

La   novela  relata la tragedia de los habitantes de Macondo que quieren vengarse del Doctor, no sólo por no haber atendido los heridos producto de  la contienda electoral, y  cumplir así las normas mínimas de una ética , sino por lo que éste representa:  la soledad, un extranjero, un hombre incomprendido, desencantado de Dios y derrotado, que se autoexcluye del mundo, deja de leer periódicos, y ni siquiera lucha cuando  la compañía bananera le quita sus pacientes, o se inmuta para presentar  el título de médico ante la nueva exigencia del  gobierno para practicar la profesión. Prefiere encerrarse y acostarse en la hamaca y convertirse en un muerto viviente, que se alimentaba de las hierbas que comen los burros, casi un animal, lascivo y ordinario, como nos cuenta los monólogos de Isabel, y  sus pocos contactos son Meme, su concubina, quien desaparece misteriosamente cuando cierra la tienda, y el coronel, quien termina compadeciéndose  de él, pero que cumple la promesa de enterrarlo, en parte como agradecimiento por haberle salvado la vida, y ante todo como un deber moral . En este sentido, se puede crear una analogía entre La Hojarasca y la Antígona de Sófocles. El coronel tiene el mismo deber de sepultar a su amigo, como Antígona de enterrar a su hermano Polinices, que es castigado por luchar contra su mismo pueblo. Y así como su hermano Etocles es enterrado con honores por haber defendido la ciudad, en la hojarasca tenemos la figura del Cachorro, el cura del pueblo, que en la obra sugiere indicios de ser hermanos del Doctor, y que se muestra como su opuesto, muere con honores y ejerce capacidad de liderazgo del pueblo , y no precisamente a través de la prédica religiosa sino por medio de la predicción de los fenómenos atmosféricos en el almanaque Bristol, que en cierta forma refleja lo estático de las relaciones sociales y la parálisis del tiempo en Macondo. De este modo, la novela   presenta la confrontación entre un pueblo que quiere exorcizar la soledad de Macondo, y la lucha del coronel por los valores perdidos de una sociedad tradicional  debido a  la descomposición que ha dejado la Hojarasca.

 

La novela la presentan tres narradores: El niño, Isabel, y el  coronel, representando cada uno la niñez, la madurez y la vejez.  Existe una voz en plural, la de los fundadores de Macondo   frente al resentimiento de los advenedizos,  que comenta cómo la fermentación entre el tren y la hojarasca  se incorpora a los gérmenes de la tierra. El niño inicia el monólogo, y desde el comienzo siente frío y  extrañeza frente a  los acontecimientos. Es decir, enfrenta el ritual de la muerte, primero a través del olor a desperdicios. Luego, entra a percibir al Doctor, hasta que poco a poco reconoce la putrefacción: “Estarás así, estarás dentro de un ataúd lleno de moscas. Apenas vas a cumplir once años, pero algún día estarás así, abandonado a las moscas dentro de una caja cerrada”[9].   Pero, cuando el abuelo ordena  abrir una de las ventanas aparece la luz, y con ello el simbolismo de una muerte imaginaria, que  la hace soportable. Incluso  como en los rituales de la antigüedad se la simboliza como un viaje:”Y desde sus brazos veo otra vez el pueblo, como si regresara a él después de un viaje[10]. Es decir, las cosas adquieren una nueva dimensión, y se instaura un tiempo cíclico. El niño refiriéndose al doctor dice:” Ahora está de viaje otra vez. Lo más natural es que el último se lleve las cosas que lo acompañaron en el penúltimo. Por lo menos, es lo más natural”[11]. Posteriormente,  los monólogos del niño se harán más tenues en la novela  y se referirán al recuerdo de la escuela y de sus  amigos, en especial  de Abraham, quien a pesar de acompañarlo para ver desnuda a Lucrecia en el marco de una ventana, vive una atracción por su compañerito. Posiblemente, las tendencias homosexuales derivan de un padre ausente, para su misma madre su  hijo va  adquiriendo un aspecto fantasmático, pues  se parece tanto a su padre, que sólo le faltan los cuatro botones.  El  monólogo del niño cierra el libro,  cuando  se inicia la acción, pues  van a sacar el ataúd y aparecen los alcaravanes como señales de la putrefacción, pero el niño   tiene ganas de ir atrás, esconderse,  la muerte se hace soportable desde lo imaginario  y lo fantasioso. Como le   ha contado Ada: “Con los jazmines sucede lo mismo que con las personas, que salen a vagar de noche después de muertas”[12]

 

Isabel, en cambio, representa el principio de realidad, aunque se conforma con los principios de la sociedad patriarcal.  Está allí por su padre y trae al niño para disimular la pena. Siente que si estuviera Meme por lo menos tendrá alguna justificación de estar presente, pero   en el fondo  está de acuerdo con la venganza del pueblo, pues piensa que el Doctor no es más que un ordinario, un lascivo y un desagradecido, que no supo quiso  atenderla cuando estuvo enferma, aunque después nos enteramos por el monólogo de su padre que ella estaba embarazada y posiblemente de otro hombre. Incluso no reconoce que la guajira,  como concubina, pudo recibir algunos beneficios económicos del Doctor, producto de la bonanza inicial del él con los pacientes de Macondo,  además le da la fuerza  para desafiar la sociedad de su tiempo vistiéndose como una señora para ir a misa, sin embargo, grotescamente.   Para Isabel, Meme es la lucha contra el olvido, el recuerdo de los fundadores de Macondo y el de   su propia madre: “A todas partes llevaron su extravagante y engorroso cargamento; los baúles llenos de ropa de los muertos anteriores al nacimiento de ellos mismos, de los antepasados que no podrían encontrarse a veinte brazas bajo tierra; cajas llenas con los útiles de cocina que se dejaron usar desde tiempo atrás y que habían permanecido a los más remotos parientes de mis padres[13] . Y Así como Addíe reniega de Anse en Mientras Agonizo de William Faulkner, Isabel se queja de Martín, un esposo  irreal y  supersticioso, e incluso el matrimonio para ella es su propia muerte social, pues se observa en  el espejo de  la imagen de su madre,   el vestido de novia de la madre   le sirvió  de mortaja. Isabel,  representa el tiempo detenido de los habitantes de Macondo: “Mientras se mueva algo, puede saberse que el tiempo ha transcurrido, antes no. Antes de que algo se mueva es el tiempo del sudor, es el tiempo eterno del sudor, la camisa babeando sobre el pellejo y el muerto insobornable y helado detrás de su lengua mordida”[14].

 

El abuelo es el valor moral de los fundadores, la cúspide social de Macondo que se enfrenta a la imbecilidad, la ebriedad y la cobardía del alcalde, y en general, a la corrupción política del pueblo. En un trasfondo político de su pasado  de guerras civiles se establece en él el honor militar, el valor de la palabra y la honorabilidad, la relación  entre el coronel y el Doctor se guían por tales principios, y cuando lo saca de su casa le dice que ha incumplido esos códigos, y se siente culpable, pus sabe que se ha dejado llevar por los prejuicios de su mujer, Adelaida. El con su vejez y cojera muestra la extinción de su mundo tradicional, como él mismo afirma: “A la hojarasca la habían enseñado a ser impaciente; a no creer en el pasado ni en el futuro. Le han enseñado a creer en el momento actual y a saciar en él la voracidad de los apetitos”[15].  El Doctor le dice al coronel acerca de su manera simple de felicidad: de inventarse cosas y de mantenerse activo a través del trabajo, pues como dice Isabel: “Todo parece destruido desde cuando no volvimos a cultivar el romero y el nardo; desde cuando mi mano invisible cuarteó la loza de navidad en el armario y puso a engordar polillas en la ropa que nadie volvió a usar. Donde se afloja una puerta no hay una mano solicita a repararla.  Mi padre no tiene energías para moverse como antes…”[16].

 

3. Conclusiones

 

En las dos novelas  existe la putrefacción de los cuerpos, la alusión a las  aves negras que toca con lo insoportable de la muerte, pero en ambos también existe la metáfora del viaje y del eterno retorno. Finalmente, se puede hablar de una muerte social. En el caso de la Hojarasca, el Doctor por su postración y su soledad, y en el caso de  Isabel  cuando  se observa en el en espejo de la madre al casarse con Martín. En el caso de Mientras Agonizo, Addie , se prepara y ya esta muerta antes de su entierro, e igualmente la resignación de Anse puede tomarse de la misma forma, pues como dice Dewey Dell: “Parece un novillo al que le acaban de dar una puntilla y ya no tiene vida y sin embargo aún no sabe que está muerto”[17]. Podemos concluir, que los dos autores nos llevan  la reflexión de la muerte, para que el lector encuentre el valor de la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

[1] William Faulkner. Mientras Agonizo. Barcelona: Ediciones Anagrama, 2000. p 104.

[2] . Gabriel García Márquez. La Hojarasca. Editorial Cuerpo Médico Colombiano,   1975, p 98.

 

[3] William Faulkner. Mientras Agonizo, op cit, p 160.

[4] Ibid, pg 48.

[5] Ibid, pag, 27.

[6] Ibid, pag,158

 

[7] Ibid, pag, 31

[8] ibid, pag, 44.

[9] Gabriel García Márquez. op cit, pag  22.   

[10] Ibid. pag. 28.

[11] Ibid, pg. 28.

[12] Ibid, pag, 67.

[13] Ibid, pg. 38.

[14] Ibid. Pg 63.

[15] Ibid, pg 124.

[16] Ibid,pg. 130.

[17] Faulkner.op.cit. pg 161.

 

 

 


 

 

 

 

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La Historia más bella de la Felicidad

 

Del libro la Historia Más Bella de la Felicidad. Barcelona: Editorial Anagrama, 2005

Acto I.

En los orígenes de la sabiduría

Escena uno

Una Antigüedad búsqueda.

André Comte-Sponville.

¡ Pensar mejor ayuda a vivir mejor!

Para Epicuro hay que gozar todo lo posible y sufrir lo menos posible, pero para lograrlo hay que aprender a limitar los deseos.

La ética epicúrea se presenta como un trabajo del deseo sobre sí mismo, como una voluntad de seleccionar, entre los deseos, los que pueden conducir a la felicidad y, al contrario, rechazar los que nos condenan a una búsqueda indefinida y por consiguiente a la insatisfacción y la desdicha.

Todo placer es en sí mismo un bien, afirma Epicuro, pero todos los placeres no son equivalentes, porque los hay que ocasionan más sufrimientos que satisfacciones.

Para Epicuro la filosofía es una especie de racionalización de la prudencia. El asunto es vivir de la manera más inteligente posible, con el fin de gozar todo lo posible.

Los únicos deseos absolutamente buenos son los naturales y necesarios, sean éstos necesarios para el bienestar del cuerpo ( disponer de ropa y techo) o para el bienestar del alma, es decir, para la felicidad (es el caso de la amistad y de la filosofía).

Filosofar? Vasta con que te pongas a ello y esto te procurará amigos. ¿ Comer y beber? Es raro que no se pueda hacer.

La posición de Epicuro ante la muerte se resume en una fórmula: “ La muerte no es nada para nosotros. Por qué? Porque todo lo que existe  para nosotros existe en la sensación, ahora; el que ha muerto ya no siente nada. Jamás nos encontraremos mi muerte y yo.

Según los epicúreos, la felicidad hace la virtud; según los estoicos, la virtud hace la felicidad.

Es la gran dicotomía estoica: o bien deseas lo que depende de ti o bien deseas lo que no depende de ti. Si deseas lo que no depende de ti, sometes tu felicidad al azar, eres esclavo de lo que no depende de ti, de una crisis económica, de un accidente… Si, por el contrario, sólo deseas lo que depende de ti, entonces tus deseos serán siempre satisfechos, porque satisfacerlos depende, por definición, solamente de ti.

El sabio consiente todo lo que ocurre, porque eso no depende de él. ¡ Pero de ningún modo deja de actuar! Por el contrario: su sabiduría es también una sabiduría de la acción. Si se trata de lo que él depende, el sabio sólo se abstiene de lo que está mal, de lo que parece indigno de él o incompatible con su libertad. En todo lo demás, hace en plenitud lo que él depende. Si el epicureísmo es un arte de gozar, el estoicismo es un arte de querer.

 

¡ De nosotros depende aceptar lo que no depende de nosotros!

La sabiduría es un arte de gozar y también un arte de querer. Pero ni el arte de gozar ni el de querer nos pueden garantizar la felicidad, porque la felicidad es también una buena hora. Es decir, un golpe favorable, una buena fortuna, en suma, un asunto de azar y suerte.

Siempre tendremos deseos insatisfechos y por consiguiente jamás estaremos plenamente felices. Por ello la felicidad es un ideal, escribe Kant, “ no de la razón sino de la imaginación”.

En nuestro mundo la felicidad y la virtud no marchan juntas, no porque sean incompatibles, sino porque nada garantiza su conjunción, su proporción, su armonía, nada asegura que el hombre virtuoso alcance la felicidad.

Debemos ocuparnos menos de lo que nos puede hacer felices que de lo que nos hace digno de serlo. Es el principio de la moral: “ Actúa de tal suerte que seas digno de ser feliz”.

La única manera de actuar virtuosamente es actuar bien sin esperar nada a cambio.

La desgracia de la humanidad nos impide ser plenamente felices. La modernidad nos ha enseñado que felicidad y virtud no andan necesariamente a la par y que incluso a veces se pueden oponer.

Toda verdadera felicidad requiere una relación con la verdad, pues si se vive en la mentira o de las ilusiones sólo se conocen falsas felicidades, venturosas ilusorias.

La sabiduría es la felicidad en la verdad, el máximo de felicidad en el máximo de lucidez. Lo menos que se puede decir es que la moral no basta para eso.

Escena dos

El Deseo Barroco.

La ataraxia epicúrea sería la muerte. La felicidad, para Hobbes, no es un reposo. Es “ una marcha continua del deseo hacia delante, de un objeto a otro, y el apresamiento del primero sólo es la ruta que conduce al segundo. Lo que el hombre quiere por encima de todo no es el placer, es el poder. “ El poder de un hombre consiste en sus medios presentes para obtener algún bien aparente futuro”.

Es poco probable que el malvado sea verdaderamente feliz, pues el que desea el poder, la fortuna o la gloria jamás tendrá suficiente, siempre querrá más: es el tonel de las Danaides. Si ser feliz es tener lo que se desea, el hombre apasionado de Calicles nunca será feliz: apenas obtiene una cosa ya quiere más; está condenado a  la insatisfacción.

La felicidad puede residir en la satisfacción de nuestros deseos si deseamos lo que hacemos o lo que es ( lo que no falta).

Lo que hace la felicidad no es la carencia sino el placer, no la esperanza sino el amor y la acción.

La felicidad no está en el tener, pero tampoco en el ser. Está en el actuar: el hombre sólo puede disfrutar verdaderamente de lo que hace. La única felicidad humana es una felicidad en acto, una felicidad en la acción.

Quien soy? Casi nada. Qué me espera? Nada: la nada, la muerte.

Fingimos ser felices para olvidar que no lo somos y que vamos a morir.

Quien estuviera plenamente feliz, ya nada tendrá que esperar. Es lo que se llama la sabiduría.

La felicidad espinosista es, en esto una felicidad desesperada, una felicidad que nada espera. Le basta con lo real.

La sabiduría consiste en ya no esperar la felicidad, es la única manera de vivirla.

Escena 3

La paradoja de los filósofos.

¡ Que bueno es no ser desdichado! ¡ Que bueno es saber que la alegría es posible inmediatamente!

Sobre esa alegría hay que construir la dicha y no sobre una felicidad inaccesible. Si esperas, para ser feliz, que se cumplan todos tus deseos, nunca lo serás. Mejor proceder a la inversa: ¡ ser feliz es no ser desdichado!

La dicha ocurre cuando no se es desdichado, pero también, y sobre todo, cuando la alegría parece inmediatamente posible, a fortiori cuando es real. No siempre está allí, va y viene, pero nada insuperable nos separa de ella.

Saben que va a llegar en esa jornada, en esa semana, que habrá momentos de  alegría, quizá intensos, a veces difusos, que basta para justificar una existencia, para darle ese sabor, aunque a veces amargo, de la dicha.

No hay una dicha absoluta ( no hay felicidad), pero, mientras no seamos desdichados, somos más o menos dichosos, o casi felices. Ser casi feliz ya es una gran dicha.

Los que son felices ya no tienen que buscar otra cosa que no sea su vida tal cual es, tal cual ocurre, como se inventa o se trasforma de instante en instante.

La mayor felicidad es la experiencia de un instante- se diría que la eternidad- en que no se plantea la cuestión del sentido, porque la vida aquí y ahora basta para colmarnos.

El verdadero secreto de la felicidad es que sólo se obtiene si se deja de buscar, y no porque se la haya encontrado, sino porque se ha comprendido que lo que importa no es la felicidad- que en el fondo sólo es una idea, un ideal- sino la vida real tal cual es, dichosa o desdichada.

Sólo puede ser feliz quien ama la vida por encima de la felicidad. “ la felicidad es una recompensa que llega a quienes no la han buscado”.

Se trata de aprender a vivir, a gozar y a disfrutar, es decir, se trata de aprender a amar. La vida sólo vale para quien ama la vida. También lo ha expresado Alain: “ La vida es deliciosa por sí misma, más allá de sus inconvenientes”.

Sólo te aburres cuando dejas de prestar atención y pasas a esperar. Si deseas la riqueza, mientras no la tienes, constatas el vacío de la fortuna que te falta; si esperas una determinada historia de amor que no vives, tu vida estará vacía de aquel amor y te vas a aburrir. No es que la vida esté vacía; se vacía cada vez que deseamos algo diferente de ella misma.

Amar  verdaderamente la vida no es sólo amarla cuando es feliz, a condición de que sea feliz, sino amarla en su totalidad, dicha o desdicha, placer y sufrimiento, tristeza y alegría. Continuamente vivimos en los momentos desdichados, porque hay en nosotros algo que resiste, que insiste, algo que ama, por lo tanto  también algo que amamos.

No hay más alegría que amar, no hay amor que no sea de alegría ( incluso en las penas de amor: lo que nos tortura es la alegría que se marcha  o se niega). Ahora bien, hemos visto que el contenido verdadero de la felicidad es la alegría real o posible. Lo que equivale a decir que sólo existe la felicidad de amar.  ¿Cómo podría ser feliz el que no  amara nada ni a nadie, el que ni siquiera se amara a sí mismo? “ sin amigos”, decía Aristóteles, nadie elegiría vivir.

Acto II.

La Invención del Paraíso.

Jean Delameau.

Cuando se la piensa como eterna, la felicidad es un acto de fe: exige creer en un Dios que reconciliará a la humanidad consigo misma en torno de su persona y en su amor. Esa felicidad pertenece al orden del misterio; no se describe, se espera. Está más allá de toda localización o imaginación, describirla ya sería perderla.

La última mística que nos queda a nosotros, modernos, es justamente esa esperanza en un paraíso interior y en una felicidad por descubrir en uno mismo.

Pues quien cree en el cielo y quien no cree se reúnen en torno a las tumbas para sacar a los muertos de su silencio y para salir ellos mismos de un presente donde ya no están aquellos a los que se han amado. Pero el Cristianismo no es una religión de élite: propone  a todos esta esperanza del reencuentro e incluso especialmente a los más desheredados y que menos han conocido la felicidad en la tierra.

La promesa de la felicidad no se funda en una nostalgia del pasado, sino que indica un camino en medio del cual se encuentra la llegada de Jesús y su resurrección. La muerte y la resurrección de Cristo nos hace comprender que también nosotros estamos llamados a esta divinización futura.

Entre el combate entre lo pasajero y lo eterno, no es difícil adivinar qué felicidad importa más al cristiano.

Todos los elegidos estarían inmersos en un estado paradísiaco que no conoce límites de tiempo y espacio. Está felicidad será, desde luego, personal, realización de uno mismo. Pero también resultaría de la comunión con todos los demás elegidos y con Dios, que entonces se vería cara a cara.

Ver a  Dios hace feliz porque equivale a ver el amor cara a cara. La fómula “ Dio es es amor” se encuentra en la primera epístola de San Juan. Me parece que sería deseable redactar un Credo  para nuestros contemporáneos, que comenzara con la formulación: “ Dios es amor”.

Acto III

El sueño de los modernos.

Arlette Farge.

Saint Hyacinthe escribe es su Recueil de divers écrits de 1736: La voluptuosidad es el arte de utilizar los placeres con delicadeza y de saborearlos con sentimiento”.

El libertinaje es la búsqueda del poder por los caminos de la seducción. Eso no impide recurrir al placer; por el contrario. Pero ya es una forma de felicidad el lograr la atención de aquella a quien se seduce y la adquisición de poder sobre su espíritu.

La felicidad tiene entonces olor a rastrojo y a campo: “ Tengo pocas cosas, pero estoy en paz”.

En términos generales, la felicidad está vinculada al placer de los sentidos y al de descubrimiento.

La felicidad no reside en casa. La calle, el vecindario y el barrio aportan dicha y desdicha.

Excitarse, rebelarse y coquetear hace feliz. Complacer, reír, mirar el rostro del otro y concederse algunos favores siempre es garantía de placer.

El hecho de haber depuesto al rey perfila para hombres y mujeres una felicidad posible, que se puede inscribir en la vida de todos los días.

La felicidad está ante todo en esta voluntad de existir y de pensar, e incluso de pensar contra el rey y las leyes, lo que antes era blasfematorio y sacrílego.

La felicidad es así cierta noción de la libertad y de la igualdad.