“Algunas consideraciones sobre la nacionalidad colombiana a partir del texto de La Vorágine de José Eustasio Rivera”.


Creo que en medio de una obra abierta con múltiples y diversas lecturas desde su aparición en 1924 lo importante es retomar una perspectiva necesariamente parcial del mundo posible creado por el autor. A la muerte de Rivera en 1929 comentaba Horacio Quiroga: “La vorágine es eso, por encima de sus grandes cualidades: un inmenso poema épico, donde la selva tropical, con su medio ambiente, sus tinieblas, sus ríos, sus industrias y sus miserias, vibra un pulso épico no alcanzado jamás en la literatura americana. Por una rara virtud-no tan rara, si bien se mira-tal vez no fue la evocación de la selva el punto esencial de mira del novelista al plantear el libro… conoció también la explotación del caucho… y se sigue conociendo todavía con el nombre de los “horrores del Putumayo” (1).

Dos lecturas opuestas y complementarias entre sí se perfilan en estos comentarios de Quiroga. La primera, supuestamente más apegada al proyecto ideológico del narrador colombiano, pone el acento en las condiciones de trabajo y explotación en los confines del territorio nacional. La segunda, más atenta al resultado literario finca el valor estético en la dimensión épica y mítica que en ella termina por asumir la selva. La integración de las dos partes resulta fundamental para la lectura que hago de la obra, con la cual se supera alguna crítica tradicional quienes al haber insistido en las inconsistencias y la endeblez de Arturo Cova resaltaron el carácter “anacrónico” de dicho proyecto.

Por ejemplo, Malva Filer anota: “el desarrollo de la novela denota sin duda, un fatalismo de inspiración romántica, pero muestra un proceso de auto-aniquilamiento causado por falta de auténtica energía y decisión. Pero las fantasías compensatorias de Cova no participan de la nobleza del ideal romántico… Cova parece justificar para sí el título de decadente, aunque no sea común hallar ese tipo de héroe literario en novelas cuyo escenario no sea el que corresponde a la vida urbana” (2). Por el contrario, cabe sostener que La Vorágine rompe el canon de la novela histórica en América Latina y permite considerar aspectos problemáticos de la nacionalidad colombiana.

Testimonios recogidos por Neale-Silva demuestran tanto la actualidad de los temas tratados por la novela como la verosimilitud de sus análisis sicológicos, además de la vigencia de las representaciones culturales, y muestran incluso cómo, según sus experiencias o sus formas de inserción en la sociedad colombiana de la época, estos mismos lectores atribuyeron un mismo valor de verdad tanto al proyecto novelesco como al proyecto ideológico de denuncia (3).

Lo primero que sorprende de la recepción de la Vorágine fue el ataque virulento de algunos de sus críticos. Luis Trigreros escribió: “Pero yo pienso que un escritor, si aspira a que sus obras sean factores de adelanto e influyan por manera decisiva en el desarrollo del progreso patrio, debe profesar el culto de nuestra señora la Lengua y ceñirse a las reglas y preceptos del buen hablar” (4). El mismo Eduardo Castillo afirmó que: “ La Vorágine es una novela que nació predestinada a un éxito ruidoso porque la novela con que nos brinda el parnásida de tierra de Tierra de promisión viene envuelta en uno como halo rojo de crimen y de sangre, muy propio para excitar la curiosidad de los lectores de folletín ” (5) .

José Eustasio Rivera ante la crítica por los hechos macabros presentados por la obra le respondió a Luis Trigreros: “¿No convienes, acaso, en que para recoger el ambiente de esa inmensa zona de dos mil leguas que va en mi libro, y que tú calificas de “monstruosa, atormentada y bravía”, era indispensable que la concepción artística, la acción, los episodios y hasta el estilo reflejaran las peculiaridades del medio que copian? ¿Olvidas que la tumultuosa independencia de la región se opone a la mesura, a la línea recta, a la ordenación, y sólo admite lo intempestivo, lo inesperado, hasta lo absurdo? ¿Ignoras que la naturaleza se les mete en el corazón para contagiarles su violencia, su crueldad, su amargura? ¿ Cómo se te ocurre que en un éxodo como el de La Vorágine, dadas las costumbre que pinto y los personajes que menciono, se me puedan pedir cosas sutiles, análisis anímicos, buena conducta, buenos modales? ¿He escrito, acaso, una novela ciudadana en un ambiente de salón? (6).

Rivera respondió en una de sus cartas al mismo crítico Eduardo Castillo: “Todo lo debo a mi esfuerzo, y tanto me place escribir como trepar una línea que quieren ser útiles a la sociedad y a la patria, mediante el trabajo y la corrección cívica. Ni paraísos, ni halagos del mundo bohemio, ni éxitos en veladas, ni laureles implorados en mi carrera (7).

Eduardo Neale Silva expresa que el patriotismo de Rivera quizás sea el menos comprendido de todos, pues el fervor y la vehemencia con que ansiaba la grandeza y la suya propia parecieron a muchos una simple monomanía de un hombre “raro”. Como ideal de juventud que ahora llega- declaró Rivera en Cali- debe primar sobre todo el sentimiento de quien mejor trabaja por la patria en obra de sabiduría y belleza, será siempre el que conquistará al fin un pedestal definitivo” ( 8).

En la representación que Rivera hace del ser colombiano en la obra, se encuentra problematizada por la respuesta de Arturo Cova da a don Clemente Silva ante la situación de explotación de los caucheros, que prefigura las condiciones del conflicto social y político que configurarían la sociedad colombiana a lo largo del siglo XX, la de la Violencia, y hará decir a Jorge Luis Borges cómo la identidad del colombiano es un acto de fe: “más no me aúpa la piedad del mártir, sino el ansia de contender con hombres de presa, a quienes venceré con armas iguales, aniquilando el mal con el mal, ya que la voz de paz y justicia sólo se pronuncia entre los rendidos. ¿Qué ha ganado usted con sentirse víctima? La mansedumbre le prepara terreno a la tiranía y la pasividad de los explotados sirve de incentivo a la explotación. Su bondad y timidez han sido cómplices de sus victimarios” (9). El mismo Clemente Silva advierte como seña de la identidad colombiana: “que los colombianos no tenemos precio en estas comarcas: dice que somos insurrectos y volvedores” (10).

La Violencia no es producto de la misma selva: “Nadie ha sabido cuál es la causa del misterio que nos trasforma cuando vagamos en la selva. Sin embargo, creo acertar en la explicación: cualquiera de estos árboles se amansaría tornándose amistoso y hasta risueño, en un parque en un camino, en una llanura, donde nadie lo sangrara ni lo persiguiera; más aquí todo son perversos o agresivos, o hipnotizantes. En estos silencios, bajo estas sombras, tienen su manera de combatirlos: algo nos asusta, algo nos crispa, algo nos oprime, y viene el mareo de las espesuras, y queremos huir y nos extraviamos, y por esta razón miles de caucheros no volvieron a salir nunca” (11).

Balbino Jacome expresa la situación: “peones que entregan kilos de goma a cinco centavos y reciben franelas a veinte pesos; indios que trabajan hace seis años, y aparecen debiendo el mañoco del primer mes; niños que heredan deudas enormes, procedentes del padre que les mataron, de la madre que les forzaron, hasta de las hermanas que les violaron, porque cuando conozcan la pubertad, los solo gastos de su niñez les darán medio siglo de esclavitud…¿ Y Arana que es el despojador, no sigue siendo prácticamente, cónsul nuestro en Iquitos? ¿Y el presidente de la República no dizque envió al general Velazco a licenciar tropas y resguardos en el Putumayo y el Caquetá, como respuesta muda a la demanda de protección que los colonizadores le hacen a diario? Paisano, paisanito, estamos perdidos! ¡Y el Putumayo y el Caquetá también! (12).

Creo que Arturo Cova codifica las dificultades en la representación de la nación colombiana porque por un lado, por un código de honor lleva a cabo la venganza (el rapto de Alicia y Griselda) que pone fin a Narciso Barrera, representante de las multinacionales del caucho, quien paradójicamente había reconocido en los poetas el privilegio de encadenar al corazón de la patria los hijos dispersos. En un acto, donde la violencia privada hace efectivo la justicia frente a un Estado cómplice, pero por el otro, lleva a su propio auto sacrificio en un instinto de muerte que lo lleva al vórtice de la nada. Tal como menciona Randolph D. Pope: “La destrucción del poeta ha sido concreta, y no es sólo simbólica. Esto le permite emerger de su obsesión privada y descubrir que Barrera no es solamente su enemigo sino el de todos los colombianos, que Funes no es un hombre sino un sistema” (13).

La patria misma deriva su significado del padre. Si bien la tierra es femenina, su legitimidad procede del padre y de su nombre. En el caso de la novela de Rivera revela un lugar de tensión entre lo masculino y femenino, incluso el mito de la India Mapiripana muestra la naturaleza de la Selva. La Mapiripana es una deidad fluvial, protectora de lagunas y torrentes y gracias a la cual –afirma la leyenda-tiene tributarios el Orinoco y el Amazonas. Pero el mito de esa deidad se puede asumir también como un trasunto de la historia de Arturo Cova y Alicia. Un misionero, pertinaz desflorador de indiecitas, queda prendado de la belleza y ésta, condescendiente, hace que el misionero la siga hasta las más hondas espesuras, donde lo mantuvo en una cueva. Allí debilitó su lascivia bebiéndole la sangre de sus labios y, tras quedar embarazada, da a luz un vampiro y una lechuza, con los que fustiga al misionero que, arrepentido, por fin muere, convirtiéndose su alma en una mariposa. (14) El mito también puede interpretarse como la violación de la naturaleza de la selva por un hombre civilizado en su plan de conquista y destrucción y la venganza de ésta.

De otro lado, Clemente Silva ocupa un lugar especial como padre, el “Brújulo,” se hace esclavizar de los empresarios caucheros en búsqueda de su hijo y luego estará en el rescate de sus huesos, inquiría por luz en medio de la Selva. Precisamente al respetarla sin contagiarse de la Violencia sobrevive, más bien es una víctima, incluso invita infructuosamente a Cova a abandonar su proyecto de venganza, y por el otro será el encargado de rescatar la memoria del relato, los manuscritos del poeta Cova.

Cabe resaltar que Cova se vuelve doméstico al final de la novela y asuma su rol de padre: “¡Tantos en el mundo se resignan a convivir con una mujer que no es la soñada, y sin embargo, es la consentida, porque la maternidad la santificó! Piensa que Alicia no ha delinquido, y que yo, despechado, la denigré! ¡Ven, sobre el cadáver de mi rival habrás de vernos reconciliados! Vamos a buscarla a Yaguanarí. Nadie la compra porque está encinta. ¡Desde el vientre materno mi hijo la ampara! “(15). Además, resulta sintomático que en los últimos párrafos de la novela Arturo Cova esté en la lucha contra los apestados ocupado de la joven madre y buscando un refugio donde sea fácil encontrar leche de seje para el niño.

Como advierte Doris Sommer: “si el padre es enteramente incapaz de imponerse sobre la patria y ocupar su lugar, su aspiración a conquistarla sigue siendo heroica. … José Eustasio Rivera parece querer revelarnos la pretensión y la búsqueda de una ilusoria masculinidad por parte de Cova. Quizá la mayor virtud de La Vorágine es que permite que las contradicciones o aporías del diálogo en cuestión fluyan sin tratar de incorporarlas por la fuerza en un cierto discurso totalizador y omnisciente acerca de la identidad y discursos nacionales. Anteriores “novelas” históricas son aparentemente más insistentes y programáticas” (16).

Una diferencia con las novelas históricas del siglo XIX está en el tratamiento de Rivera hace que los obstáculos sean más internos que externos: Alicia se entrega a Arturo Cova, y la familia de la joven denuncia a éste ante las autoridades por la presión de casarla con un viejo rico, y Arturo Cova queda entre la opción de aceptar un matrimonio forzado o ir a la cárcel. En esta situación la pareja decide huir hacia los llanos. Estando en los llanos descubren que Alicia está embarazada, pero ni Arturo ama a Alicia ni ésta a él (17). En cuanto a la intromisión de Barrera, hay que decir que ella no se habría presentado si los amantes hubieran permanecido fieles el uno del otro.

En conclusión, como en el mito de la india Mapiripana existe una transformación en el personaje de Cova sin garantizar que el proyecto patriarcal haya desaparecido del todo, pero tal como afirma Sommer Arturo Cova finalmente aprende que ser hombre es no negar aspectos de sí mismo que desbordan una masculinidad ideal definida por oposición a la feminidad. El se da cuenta que el otro es el mismo” (18). Sin embargo, el mismo hecho que la familia de Cova haya sido devorados por la selva muestra que era necesario para vivir como el poeta lo había dicho: “ ¡ volver a las regiones donde el secreto no aterra a nadie, donde es imposible la esclavitud, donde la vista no tiene obstáculos y se encumbra el espíritu en la luz libre! (19) .

 

REFERENCIAS.

  1. Horacio Quiroga. La selva de José Eustasio Rivera. En: Monserrat Ordoñez Vila: La Vorágine: Textos Críticos, Bogotá: Alianza Editorial Colombiana, 1987. p. 79.
  2. Malva E. Filer. Agonía y desaparición del héroe. En: Monserrat Ordoñez Vila: La Vorágine: Textos Críticos, Bogotá: Alianza Editorial Colombiana, 1987. p. 394.
  3. Ver Françoise Perus. De Selvas y Selváticos. Bogotá: Plaza y Janés, 1998. Pp.117-220.
  4. Luis Trigueros. José Eustasio Rivera, novelista y poeta. En: Monserrat Ordoñez Vila: La Vorágine: Textos Críticos, Bogotá: Alianza Editorial Colombiana, 1987.p. 55.
  5. Eduardo Neale Silva. Minucias y chilindrinas. En: Monserrat Ordoñez Vila: La Vorágine: Textos Críticos, Bogotá: Alianza Editorial Colombiana, 1987.
  6. Vicente Pérez Silva, compilador. José Eustasio Rivera, Polemista. Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1989, p. 322.
  7. Ibídem, p 99.
  8. Eduardo Neale Silva. Op cit. P. 96.
  9. José Eustasio Rivera. La Vorágine. Bogotá: círculo de lectores, 1984.p. 211-212.
  10. Ibídem, p. 168.
  11. Ibídem, p. 216.
  12. Ibídem, p. 196.
  13. Randolph D. Pope. La Vorágine: autobiografía de un intelectual. . En: Monserrat Ordoñez Vila: La Vorágine: Textos Críticos, Bogotá: Alianza Editorial Colombiana, 1987. P 406.
  14. H. Duran. Las voces de la polifonía telúrica. En: Monserrat Ordoñez Vila: La Vorágine: Textos Críticos, Bogotá: Alianza Editorial Colombiana, 1987. P 442.
  15. José Eustasio Rivera. Op cit. P. 300.
  16. Doris Sommer. El género deconstruido: Cómo releer el canon a partir de La Vorágine. En: Monserrat Ordoñez Vila: La Vorágine: Textos Críticos, Bogotá: Alianza Editorial Colombiana, 1987. P 466.
  17. Ver Fabio Gómez Cardona. Capítulo 1 de la Tesis Doctoral: Interculturalidad y Violencia étnica en la Literatura Colombiana siglo XX.
  18. Doris Sommer. Op cit. p. 466.
  19. José Eustasio Rivera. OP cit. P. 116.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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