“cultura y democracia en América Latina”


Palabras clave: Literatura, cultura, utopía, democracia, caudillo, barbarie, civilización.

 

Este trabajo pretende construirse a partir de lo que algunos autores han considerado la identidad de América Latina. Sin embargo, si la unidad cultural de América aparece como una construcción más o menos clara, la relación que se ha establecido con la política y la economía han resultado problemática. La democracia ha demostrado como en el orden del deber ser para América Latina, pero corre con el estigma del fracaso.

Incluso para Antonio Lastra llega a demostrar la importancia de la persuasión constitucional para construir la utopía de América. El supuesto fundamental de Lastra radica que la república de las letras, a las que circunstancialmente han pertenecido algunos tiranos de la antigüedad, no es mejor que el imperio de la ley, sobre todo cuando esa ley se ha escrito para que todos puedan leerla por igual. “Un mundo de lectores- un mundo sin censura- es el verdadero contexto de la literatura” (1).

De otro lado, la visión que se construya el escritor sobre América latina corrobora el propósito del escritor latinoamericano de hallar lo universal en la situación real y concreta de América Latina, como menciona Roa Bastos en un ensayo -Imaginación y perspectiva de la literatura latinoamericana: “Para que exista una literatura, además del valor estético de sus obras, es necesario un centro de cohesión interior, una visión coherente y unitaria sobre el conjunto de la realidad. De esta coherencia interior procede la posibilidad de comunicación interhumana de una literatura, en un momento determinado, pero también el sentido de continuidad histórica a través de sus variaciones posibles” (2).

En el Facundo de Domingo Sarmiento, en el Ariel de Rodo como el insomnio de Bolívar de Jorge Volpi aparece la democracia en América de Tocqueville a partir del cual se puede construir la ansiada estabilidad política de la mayoría de los países que declararon su Independencia a partir del siglo XIX. La                   “civilización” como la entendió Sarmiento era una lucha permanente contra la tiranía: “¿Por qué no permites en tu patria la discusión que mantienes en otros pueblos? ¿Para qué, pues, tantos millares de víctimas sacrificadas por el puñal; para qué tantas batallas, si al cabo habías de concluir por la pacífica discusión de la prensa? (3). La demanda de un Tocqueville para su época en Sarmiento iba en explicar el misterio de la lucha obstinada que despedazaba la república, en establecer los distintamente elementos contrarios que se chochaban. Por un lado, en criticar a la inquisición como el absolutismo español que frente a la barbarie indígena iba contra de la civilización europea.

El americanismo en Domingo Faustino Sarmiento se consolidó como un elemento contrario a la civilización, y por ende de democracia, y por el contrario desperdigó ideas racistas donde las inmigraciones europeas enseñarían a trabajar en contraste a: “las razas americanas que viven en la ociosidad, y se muestran incapaces, aun por medio de la compulsión para dedicarse a un trabajo duro y seguido. Esto sugirió la idea de introducir negros en América. Pero no se ha mostrado mejor dotada de acción la raza española cuando se ha visto en los desiertos abandonada a sus propios instintos (4).”

La civilización no es otro que el camino del progreso que se da con la posesión permanente del suelo, de la ciudad, que es la que desenvuelve la capacidad industrial del hombre y le permite extender sus adquisiciones frente a “ El gaucho, a la par de jinete, hace alarde de valiente, y el cuchillo brilla a cada momento describiendo círculos en el aire, a la menor provocación, sin provocación alguna, sin otro interés que medirse con un desconocido; juega a las puñaladas como jugaría a los dados ( 5).”

El gaucho concluye excluido del proceso civilizatorio en Domingo Sarmiento y el destino marcado parece marcado por ser un malhechor o un caudillo necesariamente injusto ocultándose detrás la historia de Juan Manuel Rosas, que clava en la culta Buenos aires el cuchillo del gaucho y destruye la obra de los siglos, la civilización, las leyes y la libertad(6).

Sin embargo, el ataque expreso de Sarmiento contra la “barbarie” como lo manifiesta R. H. Moreno Durán encierra una coartada que no es otra que su propia nostalgia; que más que a la declaración explícita, literal de Facundo, hay que considerar con atención esa vasta relación de acontecimientos encontrados, añoranzas y recuerdos, evidentes en la forma como Sarmiento se refiere al gaucho, al payador, a la pampa y sus ritos, a todo ese mundo , que es suyo, y condena a desaparecer en aras de su propia utopía “ civilizadora” (7).

Como afirma R.H. Moreno Durán América Latina es maridaje, es síntesis, jamás dispersión o aislamiento. Esta verdad que no se inclina por uno u otro aspecto- por la ciudad o el campo divorciados, como quería ratificar Sarmiento a través de su Facundo, sino que ya ha comprendido por la importancia de esta realidad bifronte, ofrece en nuestro tiempo una buena perspectiva para la aprehensión de su identidad en la realidad de un ser total (8).

  1. El Ariel de Rodo.

Todo cambió en la América hispana con la derrota de España en 1898. La situación de Cuba y Puerto Rico aclaró para muchos el sentido de varios episodios del siglo XIX: era el capítulo más reciente de una historia ya larga que incluía la anexión de Texas, la guerra con México, las acciones filibusteras en Centroamérica de los Estados Unidos. Los círculos liberales comenzaron a converger con los antiguos conservadores, y a concebir un nacionalismo hispanoamericana de nuevo cuño, formulado en términos explícitamente antiestadounidenses. Su biblia fue Ariel, obra de un escritor uruguayo, de un país pequeño y convulso pero educado y próspero (9).

Rodo siente admiración ante los Estados Unidos, pero sin quererlos: “porque ellos han sido los primeros en hacer surgir nuestro moderno concepto de la libertad de las inseguridades del ensayo y de las imaginaciones de la utopía, para convertirla en bronce imperecedero y realidad viviente; porque han demostrado con su ejemplo la posibilidad de extender un inmenso organismo nacional la inconmovible autoridad de una república… suya es la grandeza y el poder del trabajo; esa fuerza bendita que la antigüedad abandonaba a la abyección de la esclavitud, y que hoy identificamos con la más alta expresión de la dignidad humana, fundada en la conciencia y la actividad del propio mérito. Fuertes, tenaces, teniendo la inacción por oprobio, ellos han puesto en manos del mechanic de sus talleres y el farmer de sus campos la clava hercúlea del mito, y han dado al genio una nueva e inesperada belleza ciñéndole el mandil de cuero del forjador (10).

Sin embargo, esa democracia es acusada por Rodo de utilitaria y vulgar: “la vida norteamericana describe efectivamente ese círculo vicioso que Pascal señalaba en la anhelante persecución del bienestar, cuando él no tiene su fin fuera de sí mismo. Su prosperidad es tan grande como su imposibilidad de satisfacer a una mediana concepción del destino humano. Obra titánica, por la enorme tensión de voluntad que representa y por sus triunfos inauditos en todas las esferas del engrandecimiento material, es indudable que aquella civilización produce en su conjunto una singular impresión de insuficiencia y vacío (11).” Sobre el triunfo material faltaba para Rodo la chispa eficaz que haga levantarse la llama de un ideal vivificante e inquieto, sobre el copioso combustible donde la idealidad de lo hermoso no apasiona al descendiente de los austeros puritanos (12).

La vieja virtud de los Hamilton, según Rodo, era una hoja de acero que se oxidaba, entre la telaraña de las tradiciones para estar en el absolutismo del número. La influencia política de una plutocracia representada por los todopoderosos aliados de los trusts, monopolizadores de la producción y dueños de la vida económica, se presentaba como rasgos de la democracia americana aunado a la desorientación ideal y el egoísmo utilitario (13).

Así que en contraposición Rodo presenta Ariel, en la cual puede estar representado la América Latina, como su numen, genio del aire, representa en la obra de Shakespeare, la parte noble y alada del espíritu. Ariel es el imperio de la razón, el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresado de la acción, la espiritualidad de la cultura y la gracia de la inteligencia frente a los vestigios de Calibán, Angloamérica, símbolo de la sensualidad y de torpeza, con el cincel perseverante de la vida (14).

Si en nuestro carácter colectivo falta el contorno seguro de la “personalidad” afirma Rodo: “ que los Americanos latinos tenemos una herencia de raza, una gran tradición étnica que mantener, un vínculo sagrado que nos une a inmortales páginas de la historia, confiando a nuestro honor su continuación en lo futuro. El cosmopolitismo, que hemos de acatar como una irresistible necesidad de nuestra formación, no excluye ni ese sentimiento de fidelidad a lo pasado, ni la fuerza directriz y plasmante con que debe el genio de raza imponerse en la refundición de los elementos que constituirán al americano definitivo del futuro”. (15). Es decir, que se debe mantener la unidad cultural por encima de las divisiones políticas.

Igualmente, en el Ariel de Rodo hace un llamado a la juventud de América. La fe en el porvenir, la confianza en la eficacia del esfuerzo humano aparecen como el antecedente de toda acción enérgica y de todo propósito fecundo. Toca al espíritu juvenil la iniciativa audaz, la genialidad innovadora. Cada generación humana exige que ella se conquiste, por la actividad de su pensamiento, por su esfuerzo propio, su fe en determinada manifestación del ideal y su puesto en la evolución de la ideas (16).

Un ideal montado sobre la Grecia Antigua con una nota de esperanza mesiánica: “Cuando Grecia nació, los dioses le regalaron el secreto de la juventud inextinguible. Grecia es el alma joven. Aquel que en Delfos contempla la apiñada muchedumbre de los jonios-dice uno de los himnos homéricos se imagina que ellos no envejecen jamás. Grecia hizo grandes cosas porque tuvo la juventud, la alegría que es el ambiente de la acción, y el entusiasmo, que es la palanca omnipotente”. P. 144. Atenas además supo engrandecer a la vez el sentido de lo ideal y lo real, la razón y el instinto, las fuerzas del espíritu y las del cuerpo donde la perfección de la moralidad humana consistiría en infiltrar el espíritu de caridad en los moldes de la elegancia griega (17).

El Ariel de Rodo también le otorga el deber del Estado en colocar a todos los miembros de la sociedad en indistintas condiciones de perfeccionamiento. El deber del Estado consiste en predisponer los medios propios para provocar, uniformemente la revelación de las superioridades humanas, donde quiera que existan. Y de acuerdo al decir Tocqueville Rodo piensa que la poesía, la elocuencia, las gracias de la imaginación, la profundidad del pensamiento son colaboradores en la obra de la democracia.

Rodo igualmente toma de Ernest Renan la idea de una nación como una “una gran solidaridad” cuya existencia se ratifica por un diario plebiscito en donde “la conciencia ilustrada de sus habitantes” fungen como guía y luz para el resto de los pobladores. Este entendimiento requiere la capacidad de entendimiento entre todos sus pobladores, donde se sigue lo ya propuesto Bolívar y Martí: toda América Latina es una patria (18).

Sin embargo, concuerdo con R.H. Moreno Durán cuando afirma que el mismo proceso de transculturación de las dos Américas- tanto la sajona como la ibérica- permite apreciar los factores comunes a la gran unión de fuerzas que, de distinto orden y procedencia, han dado constitución a sus manifestaciones particulares de cultura. Valores y espíritu de racionalidad son evidentes en ambas Américas, al igual que síntomas acentuados o no- del más positivismo utilitario. En uno y otro caso coexisten las características de Ariel y Calibán. Leopoldo Zea, ante la factibilidad de una hipotética integración, afirma en su libro La esencia de lo americano que “altamente conscientes de este hecho son ya los americanos, estadounidenses y latinoamericanos, que buscan no ser expresión del práctico Calibán o del espiritual Ariel, sino de una unidad que abarque a ambos, equilibrándolos. Calibán al servicio de los fines de Ariel; Ariel dando fines a Calibán” (19).

2. Calibán de Fernández Retamar.

Para Roberto Fernández Retamar el símbolo de América Latina no es Ariel como pensaba Rodo sino Caliban. El símbolo más acertado es tal vez Calibán- el americano: el indio, el negro, el mestizo. Prospero invadió las islas, mató a los ancestros de los actuales mestizos, esclavizó a Calibán y le enseñó su idioma para entenderse con él: ¿Qué otra cosa puede hace Caliban sino utilizar ese mismo idioma para maldecir, para desear que caiga la roja plaga? (20) Y aunque Rodo según Fernández equivocó los símbolos supo señalar con claridad al mayor enemigo de la cultura latina en su tiempo y en el nuestro. El verdadero enemigo, en realidad es Próspero, un usurpador que es la civilización ajena, el colonialismo que viene a imponer.

Francisco de Quevedo traducía Utopía como “no hay tal lugar”. “No hay tal hombre” puede añadirse. Que los Caribes hayan sido como los pintó Colón es tan probable como que hubieran existido los hombres de un ojo y otros con hocico de perro, o los hombres con cola, o las amazonas, que también menciona en sus páginas, donde la mitología grecolatina, el bestiario medieval, Marco Polo hacen lo suyo. Se trata de la versión degrada que ofrece el colonizador del hombre que coloniza. La versión del colonizador explica que el caribe, debido a su bestialidad sin remedio, no quedó otra alternativa que exterminarlo. (21)

Fernández Retamar afirma que en el libro de Aníbal Ponce humanismo burgués y humanismo proletario de 1935 al comentar la Tempestad de Shakespeare había dicho:” Prospero es el tirano ilustrado que el Renacimiento ama; Miranda su linaje; Caliban, las masas sufridas y Ariel, el genio del aire, sin ataduras con la vida”. Ariel no gozaría en el aire su libertad de espíritu si Calibán no llevara la leña hasta la estufa junto a la cual Próspero relee sus libros. Así, que El giro canibanesco dado por Fernández Retamar como establece Cesar Rodríguez en el prólogo implica interpretar el pasado, asumir el presente e imaginar el futuro desde la perspectiva de los dominados- el colonial, oriente, “el mundo bárbaro”, el Sur, la periferia, el tercer Mundo, el mundo subdesarrollado lo femenino, el indígena, el negro, el mestizo, etc. De acuerdo a Fernández Retamar: “asumir nuestra condición de Calibán implica repensar nuestra historia desde el otro lado, desde el otro protagonista” (22).

Al igual que en la tempestad, el intelectual puede hacerse del lado del dominador- como en efecto lo hace Ariel con Próspero. Si se pone del lado del dominado deberá nombrar las múltiples formas de dominación, y rastrear las conexiones entre las fortunas del dominado y del dominador. Contar la historia desde el Sur implica señalar las bases materiales y culturales de las diversas formas de desigualdad, desde la explotación capitalista hasta la opresión étnica, racial y de género.

Igualmente, implica que el Derecho y las Ciencias Sociales, en especial la economía neoclásica evite soslayar la relación entre el desarrollo del Norte y el subdesarrollo del Sur, la imbricación del capitalismo y el imperialismo, y la conexión entre los centros de poder económico y los centros de producción de conocimiento. La construcción de un canon crítico local en diálogo con académicos, periodistas e intelectuales que piensen el Sur, se convierte en una de las tareas del pensador canibalesco (23).

Fernández Retamar considera que si se pregunta ¿Existe una cultura latinoamericana? podría enunciarse también de la siguiente manera: ¿Existen ustedes? pues poner en duda la cultura es poner en duda la misma existencia y la misma realidad humana, y por tanto estar dispuestos a tomar partido en favor de una condición colonial, ya que se sospecha que sólo se es un eco desfigurado de lo que sucede en otra parte (24).

3. El Espejo Enterrado de Carlos Fuentes.

 Carlos Fuentes afirma que somos indígenas, negros, europeos, pero sobre todo, mestizos. Somos griegos e iberos, romanos y judíos, árabes, cristianos y gitanos. Es decir, España y el nuevo son centros donde múltiples culturas se encuentran, centros de incorporación y no de exclusión. Cuando incluimos nos enriquecemos y nos encontramos (25).

Como lo escribió el novelista Arturo Uslar Pietri todos somos, a través de nuestras nanas negras o indias, triculturales   en la América Española. Aun cuando seamos blancos puros, también somos negros e indios. Pero también un puro negro o un indio puro participan del mundo europeo. Es decir: el triculturalismo no es una cuestión racial. Más bien la cultura se impone al racismo (26).

Como el Aleph de Jorge Luis Borges, donde el narrador logra encontrar un instante perfecto en el tiempo y en el espacio en el que todos los lugares del mundo pueden ser vistos en el mismo momento, sin confusión desde todos los ángulos, y sin embargo en perfecta existencia simultánea encontraríamos en el Aleph hispanoamericano el sentido indígena de la sacralidad, la comunidad y la voluntad de la supervivencia; el legado mediterráneo para las Américas: el derecho, la filosofía, los perfiles cristianos, judíos y árabes de una España multicultural; veríamos el desafío del Nuevo Mundo a Europa, la continuación barroca y sincrética en este hemisferio de un mundo multicultural y multirracial, indio, europeo y negro. Veríamos la lucha por la democracia y por la revolución, descendiendo de las ciudades del medievo español y de las ideas de la ilustración europea, pero reuniendo nuestra experiencia personal de Zapata, en los llanos de Bolívar y en los altiplanos de Túpac Amaru (27).

A diferencia de Fernández Retamar que niega la utopía de Colón, Carlos Fuentes la reconoce, pero el paraíso terrenal fue destruido y los buenos salvajes fueron vistos como “buenos para les mandar y les trabajar y sembrar y hazer todo lo otro que fuera menester”. P. 12 Desde entonces, el continente americano ha vivido, según Fuentes, el divorcio entre la buena sociedad que se desea y la sociedad imperfecta que se vive. Según el escritor mexicano: “hemos persistido en la esperanza utópica porque fuimos fundados por la utopía, porque la memoria de la sociedad feliz está en el origen mismo de la América, como meta y realización de nuestras esperanzas” (28).

A pesar de los males económicos y políticos y en medio de las desgracias de América Latina ha permanecido su herencia cultural. La cultura se ha creado en los pasados quinientos años, como descendientes de indios, negros y europeos, en el nuevo mundo. Y a pesar que Hispanoamérica pueda identificarse en su cultura le resulta dramática la incapacidad para establecer una identidad política y económica comparable. Sospecha Fuentes que se ha buscado o impuesto modelos de desarrollo sin mucha relación con la realidad cultural. Acaso la misión del siglo XXI a partir del redescubrimiento de los valores culturales, sea encontrar la visión necesaria de la coincidencia entre la cultura, la economía y la política. P.15. Fuentes se pregunta ¿por qué no hemos sido capaces de darle a la política y a la economía la continuidad que existe en la cultura? (29).

Según Carlos Fuentes, Bolívar permaneció y luchó arduamente con el problema ¿Cómo gobernarnos después de ganarnos la independencia? El libertador agotó su alma buscando una solución. En el Congreso de Angostura, Bolívar trató de evitar los extremos que padecería la América española durante todo el siglo XIX Y bien entrado el siglo XX. ¿Tiranía o Anarquía? Para alcanzar el equilibrio propuso un Ejecutivo fuerte, capaz de imponer la igualdad jurídica ahí donde predomina la desigualdad y un despotismo ilustrado. Bolívar advirtió contra “una aristocracia de rango”, de empleos y de riqueza que aunque: “hablen de libertad y de garantías, es para ellos solos para lo que las quieren y no para el pueblo… quieren la igualdad para elevarse… pero no para nivelarse ellos con los individuos de las clases inferiores¨ (30).

Pero si Bolívar dice Fuentes es discípulo de Montesquieu por la insistencia que las instituciones se adapten a la cultura, no lo es de lo de los federalistas norteamericanos, a los que explícitamente rechaza por su nombre: ¨consultaremos el Espíritu de las Leyes, y no el de Washington”. Pero otra influencia más honda, la de Rousseau y su visión de la Virtud política, le lleva a proponer un cuarto poder, Moral, cómo apéndice a la constitución y terna de reflexión para el porvenir. Sin embargo, entre el poder moral “impracticable” en los tiempos presentes, y el ¨sol” presidencial Bolívar no halló lo que Montesquieu presuponía: una sociedad civil (31).

Como lo repite Carlos Fuentes: “en realidad, nuestra necesidad primera y continua fue siempre la de una sociedad civil independiente, un pluralismo autónomo de actividades sociales, intelectuales y económicas sobre las cuales construir instituciones democráticas flexibles y duraderas”. (32) Sin embargo, si la sociedad civil pluralista como las instituciones democráticas brillaban por su ausencia, Bolívar afirma Fuentes concibió “una ¨nación liberal¨ creada por el Estado, el cual, a su vez, educaría una ciudadanía democrática. ¿Podría esto lograrse sin fuerza?, ¿entonces no correspondería al ejército gobernar a la nación? ¿Y una nación gobernada por un ejército, podía ser liberal y democrática? (33)

Quizá Bolívar menciona Carlos Fuentes temía el poder de los caciques, cuyas ambiciones en muchas ocasiones balcanizaron las repúblicas nacientes. También, Bolívar jamás consideró los modelos alternativos de autogobierno mediante la identificación cultural, pero al mismo tiempo, promovió una magnifica visión de la unidad latinoamericana, prematura, pero duradera, abierta a las promesas del futuro y a las realidades cambiantes de la política internacional. En su llamado al Congreso Anfictiónico en 1824, Bolívar le pidió a la América Latina instrumentos de unidad y consejo. Significativamente, no invitó a los Estados Unidos de América. Acaso afirma Carlos Fuentes conocía ya la carta de Thomas Jefferson a James Monroe, fechada en 1823, en la cual el estadista predice una rápida expansión de los Estados Unidos más allá de sus fronteras, a fin de cubrir, “todo el continente norte, y acaso el sur” (34).

Las guerras de Independencia liberaron a múltiples y novedosas fuerzas sociales. Heterogéneas y crudas, sintieron poca necesidad de compartir la angustia de Bolívar. Eran las mayorías indias, negras y mulatas, ni siquiera representada en el Congreso de Angostura. Eran los terratenientes criollos, quienes no habían apoyado la independencia a fin de perder sus propiedades o darle el poder a los “pardos”. Y, sobre todo, eran los nuevos caudillos militares, como Páez, que después de la guerra entraron en posesión de las extensiones territoriales otorgadas por Bolívar para pagarles sus servicios en tiempos de guerra, pero todos ellos le dieron la espalda a Bolívar en su larga y solitaria peregrinación hacia la muerte. No sin antes pasar por la dictadura y el fracaso (35).

Nadie aprende a nadar asegura Fuentes si no se arroja al agua y lo que la América española habría de aprender, sólo podía hacerlo mediante la independencia. Se aprendió que la Corona y la iglesia eran nuestras más viejas instituciones, se expulsó aquélla y se tenía que poner está en su sitio justo. Se aprendió que nuestra realidad más novedosa y endeble era la sociedad civil; se aprendió la necesidad de una vigorosa clase media, pero no a expensas de los talentos creativos de las comunidades rurales. Los círculos intelectuales y los partidos comenzaron a manifestarse, pero entre la ausencia de la monarquía y la debilidad de la sociedad civil, entre la fachada de la nación legal y la sustancia de nación real, se abrió un vació que sólo fue llenado por el soldado afortunado, el hombre fuerte, el tirano (36).

 4. El insomnio de Bolívar de Jorge Volpi.

Jorge Volpi afirma que quizá la única manera de llevar a cabo el sueño de Bolívar sea dejando de lado a América Latina. La región no ha dejado de estar sometida a la imagen que los europeos le han impuesto, en una lógica que la convirtió en objeto de un proceso simultáneo de colonialismo y modernización. América Latina, según Volpi, no es una realidad ontológica, sino una invención geopolítica. La región ha sido vista como una porción indispensable de Occidente- el lugar donde su imaginación fue puesta en práctica- y como un territorio perdido para Occidente. (37) Para rematar sostiene Volpi nunca como hoy América Latina había sabido tan poco de América Latina y el mundo parece también haberse olvidado de nosotros (38).

Igualmente para el autor existe de una profunda decepción con la democracia en América Latina que aquí no es una simiente que ha florecido poco a poco, un modo de vida o una costumbre, unas reglas de vida comúnmente aceptadas o una forma de inmunizar a los particulares contra los abusos de poder, sino un dios esquivo y voluble, un salvador a quien se puede volver a crucificar (39). P. 91

La democracia en América Latina para Volpi ha sido un incómodo aguijón y un anhelo siempre propuesto, una promesa y una fuente de angustia, una calamidad y un sueño que, inclusos en los periodos que se ha puesto en práctica, ha provocado tanta insatisfacción como esperanzas. P. 92 Todos proclaman su fe democrática y su apego a la legalidad, pero al mismo tiempo conducen a la democracia hasta sus límites, esquivan los preceptos que les incomodan y, en casos extremos, sabotean a la democracia por medio de procedimientos falsamente democráticos (40).

América Latina perfeccionó, así, la democracia imaginaria: un sistema que prescribe el libre sufragio, la división de poderes y una lista de derechos elementales, pero que en realidad se encuentra por la voluntad de un caudillo, de un partido o un grupo; un sistema, pese a figurar la ley, las garantías individuales son sistemáticamente olvidadas o violadas, donde los estados de excepción se convierten en regla y donde las votaciones se llevan a cabo como farsas cívicas destinadas a constituir un poder constituido de antemano( 41).

Sin embargo a pesar de toda su desesperanza Volpi propone que la solución a sus problemas no proviene en la vía revolucionaria del pasado sino en acentuar las reformas institucionales del presente: entre estos dos extremos dice radica la verdadera “lucha por el alma de América Latina”. P. 57 De alguna forma, creo que los planteamientos de Volpi de hecho generan un diagnóstico de la situación y una prescripción de lo que hay que hacer. Por ejemplo Volpi   cita a Norberto Bobbio y prescribe que sin protección de los derechos humanos no puede existir democracia, así como  la desigualdad de la región genera un caldo de cultivo contra las mismas instituciones libres. Igualmente, cuando considera que los partidos políticos son verdaderos negocios no deja ver la necesidad de partidos políticos acomodados a los intereses de la ciudadanía.

Por otro lado, Volpi crítica que la única expresión legitima de América Latina sea la del realismo mágico.   En primer lugar ha borrado de un plumazo la relevancia de todas las expresiones previas en literatura, desde los balbuceos del siglo XIX hasta las vanguardias del siglo XX, Borges y Onneti, la novela realista comprometida posterior- en especial la de la Revolución Mexicana, las búsquedas formales de los cincuenta y el contagio de la cultura popular de los sesenta. En América Latina los niños ya no nacen con cola de cerdo aunque miles sigan habitando pueblos y barriadas semejantes a porquerizas. Pero el fin de un apotegma que enaltecía esta vertiente como única expresión de nuestros países al fin se ha desvanecido. Gracias a lo anterior, la ficción en América vive un momento inédito, por primera vez no es víctima de un ser novelístico.

Para terminar, Volpi afirma que si Estados Unidos no quiere tener un “Estado Fallido” al sur de su frontera, y si México no quiere verse excluido del desarrollo, será necesario abortar la anacrónica noción de identidad nacional y aventurarse a explorar nuevos modelos de vecindad. Estados Unidos necesita un México seguro y próspero tanto como México necesita una economía saludable. Es decir, acabar la frontera.

Sin embargo, el presente debate del candidato republica Donald Trump contra la emigración mexicana y sus claras ideas racistas, al igual que el conflicto generado en la opinión pública en los Estados Unidos por la emigración de niños centroamericanos implica que el debate cultural América Sajona y América hispana debe realizarse con un mayor calado, más allá de las mariposas amarillas o los niños con cola de cerdo. Posiblemente tendrá que aprender la lección que deja el Ariel de Rodo o retomar el espíritu canibalesco de Fernández Retomar y desenterrar el Espejo Enterrado de Carlos Fuentes para hallar los dilemas políticos que enfrentaron las repúblicas latinoamericanas después de su independencia.

NOTAS DE PIE DE PÁGINA.

 

  1. Antonio Lastra “el pretexto de América en Cervera, Vicente et al. El ensayo como género literario. Murcia: Universidad de Murcia, 2005.
  2. H. Moreno-Durán. De la barbarie a la imaginación. Bogotá: Ariel, 1995.p. 81.
  3. Domingo Faustino Sarmiento. Facundo. Bogotá: Ediciones Universales (sin más datos). P. 16
  4. Ibídem, p 27.
  5. Ibídem, p. 55.
  6. Ibídem, p. 60.
  7. H. Moreno Durán. Op. cit. P. 66.
  8. Ibídem, p. 62.
  9. Enrique Krauze. Redentores Ideas y poder en América Latina. Bogotá: Mondadori, 2011. P 48.
  10. José Enrique Rodo. Ariel. Madrid: Editorial Cátedra, 2000. P. 200.
  11. Ibídem, p. 205.
  12. Ibídem, p 205-208.
  13. Ibídem, p 212.
  14. Enrique krauze, op. cit. P 139.
  15. José Enrique Rodo. Op cit, p. 198.
  16. Ibídem, p. 142.
  17. Ibídem, p. 156 y 168.
  18. Enrique krauze, op cit, p.52.
  19. H. Moreno Durán, op. cit. P. 53.
  20. Roberto Fernández Retamar. Todo Caliban. Bogotá: Ediciones Ilsa, 2005, p 48 y 49.
  21. Ibídem, p 39.
  22. Ibídem, p. 14.
  23. Ibídem, p. 16 y 17.
  24. Ibídem, p. 33.
  25. Carlos Fuentes. EL espejo Enterrado. Madrid: Editorial Taurus, 1997. P. 526.
  26. Ibídem, p. 360.
  27. Ibídem, p. 527.
  28. Ibídem, p. 12.
  29. Ibídem, p 469.
  30. Ibídem, p. 363.
  31. Ibídem, p 373.
  32. Ibídem. P. 374.
  33. Ibídem, p. 375.
  34. Ibídem, p. 374.
  35. Ibídem. P. 376.
  36. Ibídem, p. 380.
  37. Jorge Volpi. El insomnio de Bolívar. Bogotá: editorial Mondadori, 2009.p. 54.
  38. Ibídem, p. 82.
  39. Ibídem, p. 91.
  40. Ibídem. P. 62.
  41. Ibídem. P. 93.

 

 

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