Un instante.


Toda la ropa la planchabas en una preparación para el mañana mientras decías que no había necesidad de viajar a la gran manzana, pues aquí había más que de todo cuando existió tu mirada tan gratificadora para un objeto que considerabas deseable y se vivía un morirse sin morirse, con la fundamental entrega mientras te defendías en lo cotidiano con las ventas, pero fue inevitable las lágrimas de despedida en el colectivo sin querer ir conjuntamente hacia un abismo y tener hoy la imagen de un romanticismo ahuecado.

Pongo límites con mis manos, que tu no quepas incendiar con tu palabra el fuego de un organo vivo, cuando imagino un baño en soledad en pantaloneta frente a las olas de mar de una playa, y  no me ahogo como un narciso en el eco de su propia imagen; antes está recrearse en un decir poético en una estética de la existencia, donde se sigue en el presente un ardor deslumbrante y revelador para que en el futuro no existan culpas, se siga los propios pasos y el transcurrir no sea a punta de una traición del alma y el trabajo diario sólo sea una máscara social y una horca de horas extintas.


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