El sentimiento trágico de la Vida


MIGUEL DE UNAMUNO.

DEL SENTIMIENTO TRÁGICO DE LA VIDA.

Barcelona: Editorial Orbis,1984

 

Nota aclaratoria: Gracias a la invitación del profesor Andrés Lema Hincapié, a una conferencia   en la Universidad del Valle sobre la antropología de Miguel de Unamuno y de Manuel Kant, se pudo conocer  el presente libro, que presenta una visión profunda del Cristianismo y  además ofrece una valoración de nuestra tradición hispánica, e incluso   del mismo ensayo como forma de pensar nuestra, que muchos de nuestros académicos criollos hoy  desprecian. Se realizó una síntesis de la frases que más  impactaron.

 

 

Soy hombre, a ningún hombre estimo extraño.

 

-El hombre, dicen, es un animal racional. No sé por qué no se haya dicho que es un animal afectivo y sentimental.

 

-En cada momento de nuestra vida tenemos un propósito, y a él conspira la sinergia de nuestras acciones. Aunque el momento siguiente cambiemos de propósito. Y es en cierto sentido un hombre tanto más hombre cuanto más unitaria sea su acción. Hay quien en su vida no persigue sino un solo propósito, sea el que fuere.

 

Todo individuo que en un pueblo conspire a romper la unidad y la continuidad espirituales de ese pueblo, tiende a destruirlo y a destruirse como parte de ese pueblo.

 

 

¿ Se hizo el hombre para la ciencia, o se hizo la ciencia para el hombre?

 

 

El mundo se hace para la conciencia, para cada conciencia. Un alma humana vale por todo el universo.

 

Conciencia y finalidad son la misma cosa en el fondo.

 

Hay personas, en efecto, que parecen no pensar más que con el cerebro, o con cualquier otro órgano específico para pensar; mientras otros piensan con todo el cuerpo y toda el alma, con la sangre, con el tuétano de los huesos, con el corazón, con los pulmones, con el vientre, con la vida.

 

Y el trágico problema de la filosofía es el de conciliar las necesidades intelectuales con las necesidades afectivas y las volitivas.

 

No basta curar la peste, hay que saber llorarla. ¡ sí, hay que saber llorar! Y acaso ésta es la sabiduría suprema.

 

El conocimiento se nos muestrea ligado a la necesidad de vivir y de procurarse sustento para lograrlo. Es una secuela de  aquella misma del ser, que, según Spinoza, consiste en el conato por perseverar indefinidamente en su ser mismo.

 

La vida fuerza y tuercen a la ciencia a que se ponga al servicio de ellas, y los hombres, mientras creen que buscan la verdad por ella misma, buscan de hecho la vida en la verdad. Las variaciones de la ciencia dependen de las variaciones de las necesidades humanas, y los hombres de ciencia suelen trabajar, queriéndolo o sin quererlo, a sabiendas o no, al servicio de los poderosos o al del pueblo que les pide confirmación de sus anhelos.

 

Y nadie puede negar que puedan existir y acaso existan aspectos de la realidad desconocidos, hoy al menos, de nosotros, y acaso inconocibles, porque en nada nos son necesarios para conservar nuestra propia existencia actual.

 

La razón, lo que llamamos tal, el conocimiento reflejo y reflexivo, el que distingue al hombre, es un producto social.

 

El pensamiento es lenguaje interior, y el lenguaje interior brota del exterior. De donde resulta que la razón es social y común.

 

La bondad es la mejor fuente de clarividencia espiritual.

 

De la fantasía brota la razón. Y si se toma aquélla como una facultad que fragua caprichosamente imágenes, preguntaré que es el capricho, y en todo caso también los sentidos y la razón yerran.

 

Que podamos decir que todo lo vital  es antirracional ,  no ya irracional, y todo lo racional, antiviral. Y ésta es la base del sentimiento trágico de la vida.

 

La sed de eternidad es lo que se llama amor entre los hombres, y quien a otro ama es que quiere eternizarse en él. Lo que no es eterno tampoco es real.

 

El sentimiento de la vanidad del mundo pasajero nos mete el amor, único en que se vence lo vano y transitorio, único que rellena y eterniza la vida.

 

Ese culto, no a la muerte, sino a la inmortalidad, inicia y conserva las religiones.

 

¡ queremos bulto y no sombra de inmortalidad!

 

 

Porque si tuviéramos fe como un grano de mostaza, diríamos a ese monte: “ Pásate de ahí”, y se pasaría, y nada nos sería imposible. ( Mat.,XVII,20)

 

El hombre suele entregar la vida por la bolsa, pero entrega la bolsa por la vanidad. Engriese, a falta de algo mejor, hasta de sus flaquezas y miserias, y es como el niño, que, con tal de hacerse notar, se pavonea con el dedo vendado. Y la vanidad ¡ qué es sino ansia de sobrevivirse!

 

La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual.

El descubrimiento de la muerte es que nos revela a Dios, y la muerte del hombre perfecto, del Cristo, fue la suprema revelación de la muerte, la del hombre que no debía morir y murió.

 

Y puede, a partir de esto, afirmarse que quien no crea en esa resurrección carnal de Cristo podrá ser filócristo, pero no específicamente cristiano.

 

 

Las determinaciones de valor, no sólo son nunca racionalizaciones, son antirracionales.

 

Oliveira Martins decía que  “ el catolicismo dio héroes, y el protestantismos sociedades sensatas, felices, ricas, libres, en lo que respecta a  las instituciones y a la economía externa, pero incapaces de ninguna acción grandiosa, porque la religión comenzaba por despedazar en el corazón del hombre aquello que le hace susceptible de las audacias y de los nobles sacrificios”.

 

La razón ama lo absurdo, de nuestro Donoso Cortés, que debió de aprenderlo del gran José de Maestre.

 

Y es que, en rigor, la razón es enemiga de la vida… Lo vivo, lo que es absolutamente inestable, lo absolutamente individual, es, en rigor, ininteligible.

 

La ciencia es un cementerio de ideas muertas, aunque de ellas salga la vida… es un trágico combate, es el fondo de la tragedia, el combate de la vida con la razón. ¡ Y la verdad? ¿Se vive o se comprende?

 

Todo lo vital es irracional, y todo lo racional es antiviral, porque la razón es esencialmente escéptica.

 

La verdadera ciencia enseña a dudar y a ignorar; la abogacía ni duda ni cree que ignora. Necesita de una solución.

 

¿ de qué te sirve meterte a definir la felicidad si no logra uno con ello ser feliz?

 

Ni los puros racionalistas sabrán ética nunca, ni llegarán a definir la felicidad, que es una cosa que se vive y se siente, y no una cosa que se razona y se define.

 

Sin el deseo de ver, no se ve; en una gran materialización de la vida y del pensamiento, no se cree en las cosas del espíritu. Ya veremos que creer es, en primera instancia, querer creer.

 

Como creer es querer creer, y creer en Dios ante todo y sobre todo es querer que le haya. Y así, pero quererlo con tanta fuerza que esta querencia, atropellando a la razón, pase sobre ella. Más no sin represalia.

 

Kierkegaaard. “ El suicidio es la consecuencia de existencia del pensamiento puro”

 

Y Jesús le dijo “ Si puedes creer, al que cree todo es posible . Y entonces el padre del epiléptico o endemoniado contestó con estas preñadas y eternas palabras: “ Creo, Señor; ayuda mi incredulidad. Marcos, v. 23).

 

El amor busca con furia, a través del amado, algo que está allende éste, y como no lo halla, se desespera.

 

Vivir es darse, perpetuarse, y perpetuarse y darse es morir. Acaso el supremo deleite de engendrar no es sino un anticipado gustar la muerte, el desgarramiento de la propia esencia vital. Nos unimos a otro, pero es para partirnos; ese más íntimo abrazo no es más íntimo desgarramiento. En su fondo, el deleite amoroso sexual, el espasmo genénisico, es una sensación de resurrección, de resucitar en otro, porque sólo en otros podemos resucitar para perpetuarnos.

 

Y el amor carnal que toma por fin el goce, que no es sino medio, y  la perpetuación, que es el fin, qué es sino avaricia? Y es posible que haya quien para mejor perpetuarse guarde su virginidad. Y para perpetuar algo más humano que la carne. Porque lo que perpetúan los amantes sobre la tierra es la carne del dolor, es la muerte. El amor es hermano, hijo y  a la vez padre de la muerte, que es su hermana, su madre y su hija.

 

Amar en espíritu es compadecer, y quien más compadece más ama. Los hombres encendidos en ardiente caridad hacia sus prójimos, es porque llegaron al fondo de su propia miseria, de su propia aparencialidad, de su nadería, y volviendo luego sus ojos, así abiertos, hacia sus semejantes, los vieron también miserables, aparenciales, anonadables y los compadecieron y los amaron.

 

Según te adentras en ti mismo y en ti mismo ahondas, vas descubriendo tu propia inanidad, que no eres todo lo que eres, que no eres lo que quisieras ser, que no eres , en fin, más que nonada. Y al tocar tu propia nadería, al no sentir tu fondo permanente, al no sentir tu fondo permanente, al no llegar a tu propia infinitud, ni menos a tu propia eternidad, te compadeces de todo corazón de ti propio, y te enciendes en doloroso amor a ti mismo, matando lo que se llama amor propio y no es sino una especie de delectactación sensual de ti mismo, algo como un gozarse a sí misma la carne de tu alma.

 

 

Porque así como antes de nacer no fuiste, así tampoco después de morir serás, pasas a comprender, esto es, amar a todos tus semejantes y hermanos en aparencialidad, miserables sombras que desfilan de su nada a su nada, chispas de conciencia que brillan un momento en las infinitas y eternas tinieblas.

 

 

El amor personaliza cuanto ama. Sólo cabe enamorarse de una idea personalizándola. Y cuando el amor es tan grande y tan vivo, y tan fuerte y desbordante que lo ama todo, entonces lo personaliza todo y descubre que el total Todo, que el universo en Persona también, que tiene una conciencia, Conciencia que a su vez sufre, compadece y ama , es decir, es conciencia. Y a esta Conciencia del Universo, que el amor descubre personalizando cuanto ama, es a lo que llamamos Dios. Y así el alma compadece a Dios y se siente por El compadecida, le ama y se siente por El amada, abrigando su miseria en el seno de la miseria eterna e infinita, que es eternizarse e infinitarse la felicidad suprema de la felicidad suprema misma.

 

Y la metafísica es siempre, en su fondo, teología, y la teología nace de la fantasía nace de la fantasía puesta al servicio de la vida, que se requiere inmortal.

 

El que no sufre tampoco goza, como no siente calor el que no siente frío.

 

La fe en Dios nace del amor a Dios, creemos que existe por querer que exista, y nace acaso también del amor de Dios a nosotros. La razón no nos prueba que Dios exista, pero tampoco que no pueda existir.

 

Dios no es sentido sino en cuanto es vivido, y no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de El. ( mateo, IV,4; Deut VIII, 3 )

 

 

Y la fe en Dios no estriba, como veremos, sino en la necesidad vital de dar finalidad a la existencia, de hacer que responda a un propósito.

 

Dios no piensa, crea; no existe, es eterno, escribió Kierkegaard

 

Cuanto más clara la conciencia de la distinción entre lo objetivo y lo subjetivo, tanto más oscuro el sentimiento de divinidad en nosotros.

 

La idea de Dios en nada nos ayuda para comprender mejor la existencia, la esencia y la finalidad del universo.

 

Y es que el Dios vivo, al Dios humano no se llega por camino de la razón, sino por el camino del amor y de sufrimiento. La razón nos aparta más bien de El. No es posible conocerle para luego amarle; hay que pensar por amarle, por anhelarle, por tener hambre de él, antes de conocerle. El conocimiento de Dios procede del amor a Dios, y es un conocimiento que poco o nada tiene de racional. Porque Dios es indefinible. Querer definir a Dios es pretender limitarlo en nuestra mente, es decir matarlo. En cuanto tratamos de definirlo, nos surge la nada.

 

Dios se hace o se revela en el hombre, y el hombre se hace en Dios; Dios se hizo a sí mismo, y podemos decir que se está haciendo, y en el hombre y por el hombre. Y si cada cual de nosotros, en el empuje de su amor, en su hambre de divinidad, se imagina a Dios en su medida, y a su medida se hace Dios para él, hay un Dios colectivo, social, humano, resultante de las imaginaciones todas humanas que le imaginan. Porque Dios es y se revela en la colectividad. Y es Dios la más rica y más personal concepción humana.

 

Mi yo vivo es un yo que es, en realidad, un nosotros ;  mi yo vivo, personal, no vive sino en los demás, de los demás y por lo demás yos ; procedo de una muchedumbre de abuelos y en mí los llevo en extracto, y llevo a la vez en mí en potencia una muchedumbre de nietos, y Dios, proyección de mi yo al infinito- o más bien yo protección de Dios a lo finito-, es también muchedumbre.

 

Porque la razón aniquila y la imaginación entera, integra o totaliza; la razón por si sola mata y la imaginación es la que da vida. Si bien es cierto que la imaginación por sí sola, al darnos vida sin límite, nos lleva a confundirnos con todo, y en cuanto a individuos, nos mata también, nos mata por exceso de vida. La razón la cabeza, nos dice ¡ nada!; la imaginación, el corazón, nos dice : ¡ Todo!, y entre nada y todo, fundiéndose el todo y la nada en nosotros, vivimos en Dios, que es todo, y vive Dios en nosotros, que sin EL , somos nada. La razón repite” ¡Vanidad de vanidades, y todo vanidad! Y así vivimos la vanidad de la plenitud, o la plenitud de la vanidad.

 

Y si cree en Dios, Dios cree en ti, y creyendo en ti te crea de continuo. Porque tú no eres en el fondo sino la idea que de ti tiene Dios; pero una idea viva, como Dios vivo y conciente de si, como Dios conciencia, y fuera de lo que eres en sociedad, no eres nada.

 

Lo divino es el amor, la voluntad personalizadora y eternizadora, la que siente hambre de eternidad y de infinitud.

 

Creer en un Dios vivo y personal, en una conciencia eterna y universal que nos conoce y nos quiere, es creer que el universo existe para el hombre. Para el hombre o para una conciencia en el orden de la humana, de su misma naturaleza, aunque sublimada, de una conciencia que nos conozca, y en cuyo seno viva nuestro recuerdo para siempre.

 

Y que cosa es fe?” ¡ Creer lo que no vimos, no!, sino creer lo que no vemos”. Y antes os he dicho que creer en Dios es, en primera instancia al menos, querer que le haya, anhelar la existencia de Dios.

 

La fe es la sumisión íntima a la autoridad espiritual de Dios, la obediencia inmediata. Y en cuanto esta obediencia es el medio de alcanzar un principio racional, es la fe una convicción personal.

 

Confiase en la Providencia que concebimos como algo personal y conciente, no en el hado, que es algo impersonal. La fe es el poder creador del hombre.

 

La fe es, pues, si no potencia creativa, flor de la voluntad, y su oficio, crear. La fe crea, en cierto modo, su objeto. Y la fe en Dios consiste en crear a Dios, y como es Dios el que nos da la fe en El, es Dios el que se está creando a sí mismo de continuo en nosotros.

 

El poder de crear un Dios a nuestra imagen y semejanza, de personalizar el universo, no significa otra cosa sino que llevamos a Dios dentro, como sustancia de lo que esperamos, y que Dios nos está creando a su imagen y semejanza. Y se crea a Dios, es decir, se crea Dios a sí mismo en nosotros por la compasión, por el amor. Creer en Dios es amarle y temerle con amor, y se empieza por amarle aun antes de conocerle, y amándole es como se acaba por verle y descubrirle en todo.

 

Querer que exista Dios, y conducirse y sentir como si existiera. Y por este camino de querer su existencia, y obrar conforme a tal deseo, es como creamos a Dios, esto es, como Dios se crea en nosotros, como se nos manifiesta, se abre y se revela a nosotros. Porque Dios sale al encuentro de quien le busca con amor y por amor, y se hurta de quien le inquiere por fría razón no amorosa.

 

Creo en Dios como creo en mis amigos, por sentir el aliento de su cariño y su mano intangible que me trae y me lleva y me estruja, por tener íntima conciencia de una providencia particular y de una mente universal que me traza mi propio destino. Y el concepto de la ley- ¡ concepto al cabo!- nada me dice ni me enseña-

 

Y Dios no es sino el Amor que surge del dolor universal y se hace conciencia.

 

El amor mira y tiende al porvenir, pues que su obra es la obra de nuestra perpetuación; lo propio del amor es esperar, y sólo de esperanzas se mantiene. Y así que el amor ve realizado su anhelo, se entristece y descubre al punto que no es su fin propio aquello a que tendía, y que no se lo puso Dios sino como señuelo para moverle a la obra; que su fin está más allá, y emprende de nuevo tras él su afanosa carrera de engaños y desengaños por la vida.

 

El amor espera, espera siempre sin cansarse nunca de esperar, y el amor a Dios, nuestra fe en Dios, es ante todo esperanza en El. Porque Dios no muere, y quien espera en Dios, vivirá siempre. Y es nuestra esperanza fundamental la raíz y tronco de nuestras esperanzas todas, la esperanza de la vida eterna.

 

La fe es, pues, lo repito, fe en la esperanza; creemos lo que esperamos.

 

El amor es quien nos revela lo eterno nuestro y de nuestros prójimos. ¿ Es lo bello, lo eterno de las cosas, lo que despierta y enciende nuestro amor a ellas, o es nuestro amor a los cosas lo que nos revela lo bello, lo eterno de ellas? ¡ No es acaso la belleza una creación del amor, lo mismo que el mundo sensible lo es del instinto de conservación y el suprasensible del de perpetuación en el mismo sentido? ¡ no es la belleza y la eternidad con ella una creación del amor?

 

Acongojados al sentir que todo pasa, que pasamos nosotros, que pasa lo nuestro, que pasa cuanto nos rodea, la congoja misma nos revela el consuelo de lo que no pasa, de lo eterno, de lo hermoso.

 

No hay verdadero amor sino en el dolor, y en este mundo hay que escoger o el amor, que es dolor, o la dicha. Y el amor nos  lleva a otra dicha que a la del amor mismo, y su trágico consuelo de esperanza incierta.

 

Y estar seguro de quien se acerque al infinito del amor, al amor infinito, se acerca al cero de la dicha, a la suprema congoja. Y en tocando a este cero, se está fuera de la miseria que mata.

 

El dolor nos dice que existimos; el dolor nos dice que existen aquellos que amamos; el dolor nos dice que existe el mundo en que vivimos, y el dolor nos dice que existe y que sufre Dios; pero es el dolor de la congoja de sobrevivir y ser eternos. La congoja nos descubre a Dios y nos hace quererle. Creer en Dios es amarle, y amarle es sentirle sufriente, compadecerle.

 

La miseria propia es tanta, que la compasión que hacia mí mismo me despierta se me desborda pronto, revelándome la miseria universal.

 

Un bienaventurado que goza plenamente de Dios no debe pensar en sí mismo, ni acordarse de sí, ni tener de sí conciencia, sino que ha de estar en perpetuo éxtasis, fuera de sí, en enajenamiento. Y un preludio de esa visión nos describen los místicos en el éxtasis.

 

El que se mata, se mata por no esperar a morirse.

 

Esa tremenda tragedia de la Etica (de Spinoza), nos dice que la felicidad no es premio de la virtud, sino la virtud misma, y que no gozamos en ella por comprimir los apetitos, sino que por gozar de ella podemos comprimirlos.

 

Y después de todo ¿ qué es la locura y cómo distinguirla de la razón no poniéndose fuera de una y de otra, lo cual nos es imposible?

 

Obra de tal modo que merezcas a tu propio juicio y a juicio de los demás la eternidad, que te hagas insustituible, que no merezcas morir. O tal vez así: obra como si hubieses de morirte mañana, pero para sobrevivir y eternizarte. El fin de la moral es dar finalidad humana, personal, al universo; descubrir la que tenga- si es que la tiene- y descubrirla obrando.

 

Y no sólo se pelea anhelando lo irracional, sino obrando de modo que nos hagamos insustituibles, acuñando en los demás nuestra marca y cifra, obrando sobre nuestros prójimos para dominarlos; dándoles a ellos , para eternizarnos en lo posible.

 

El trabajar cada uno en su propio oficio civil, puesta la vista en Dios, por amor a Dios, lo que vale decir por amor a nuestra eternización, es hacer de ese trabajo una obra religiosa.

 

Amar al prójimo es querer que sea como yo, que sea otro yo, es decir, es querer yo ser él; es querer borrar la da divisoria entre él y yo, suprimir el mal. Mi esfuerzo por imponerme a otro, por ser y vivir yo en él y de él, por hacerle mío- que es lo mismo que hacerme suyo- , es lo que da sentido religioso a la colectividad, a la solidaridad humana.

 

Quien bien te quiera, te hará llorar, y la caridad suele hacer llorar. El amor que no mortifica, no merece tan divino nombre. Decía Fray Thomé de Jesús, el de esta jaculatoria: ¡ oh, fuego infinito! ¡ oh, amor eterno que si no tienes donde abraces y te alargues muchos corazones a que quemes, lloras!. El que ama al prójimo le quema el corazón, y el corazón, como la leña fresca, cuando se quema, gime y destila lágrimas.

 

La libertad hay que buscarla en medio del mundo, que es donde vive la ley, y con la ley la culpa, su hija. De lo que hay que liberarse es de la culpa , que es colectiva.

 

No buscar la pobreza y la sumisión, sino buscar la riqueza para emplearla en acrecentar la conciencia humana, y buscar el poder para servirse de él con el mismo fin.

 

El que la sociedad sea culpable agrava la culpa de cada uno. “ alguien tiene que hacerlo, pero ¡ por qué he de ser yo?; es la frase que repiten los débiles bienintencionados. Alguien tiene que hacerlo, ¡ por qué no yo?, es el grito de un serio servidor del hombre que afronta cara acara un serio peligro.

 

Pues fue poniéndose en ridículo como alcanzó su inmortalidad Don Quijote.

 

El más alto heroísmo para un individuo, como para un pueblo, es saber afrontar el ridículo, saber ponerse en ridículo y no acobardarse en él…Porque son los burladores los que mueren cómicamente, y Dios se rie luego de ellos, y es para los burlados la tragedia, la parte noble.

 

 

 

 

 

 

          

 

 

 

 

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