Había que romper la rutina con la presión del reloj para entrar a la viveza del día en un campus universitario con el sonido de las chicharras en un reverberar de los árboles y de dos garzas paradas en su pantano para dar espacio a una sensibilidad profunda que abre la pupila gustativa con un yogurt helado de marca, pero la llegada de una manada de cuervos con su vuelo plano creo las ganas de salir de allí, sin olvidar los tiempos de estudiante de mochila con las fichas en una biblioteca interminable en la misma ciudad gris, y el recuerdo de la lectura de las cartas persas en contra del despotismo que aparece ahora la imagen de una mujer con su baile rítmico para tirar su velo en la hoguera en contra de una policía moral.
Te observé por la playa recoger conchas y los palos de marea que trae la mar, pero sabes que ya no tenía nada por ofrecerte y por eso te fuiste, pero ya no queda lamerse las heridas por lo que podría haber sido y no fue para quedarse a cantar unas tontas canciones de despecho, pues el corazón palpita en intensidad y sabe de un ritual con la fe de los que vuelven a creer, que ya no estoy para torcer el pescuezo a la belleza y burlarse con crueldad de una ilusión cuando sé de los mensajes en visto, de almorzar solo en restaurantes y de funerales vacíos. Puse una velita para que se te diera tu deseo y afortunadamente se dio, que abrió el propio camino a la propia verdad después de un dolor y una larga ausencia.
